– Podría ser cualquiera -dijo Rebus.
Wylie asintió con la cabeza. Publicar en los periódicos una foto robot tan anodina como aquélla era el último recurso.
– Llama a Devlin -ordenó Rebus.
– Sí, señor.
Wylie cogió el periódico, se sentó a una mesa y negó ligeramente con la cabeza como sacudiéndose las telarañas, y cogió el teléfono para hacer la primera llamada de otra larga jornada.
Rebus siguió repasando la documentación hasta que atrajo su atención el nombre de uno de los agentes que habían intervenido en la investigación de Nairn: el inspector Watson.
¡El Granjero!
– Perdone que lo moleste, señor.
Watson sonrió y dio una palmada a Rebus en la espalda.
– Ahora ya no tiene que llamarme señor, John.
Lo invitó a entrar al cuarto de estar con un gesto. Watson vivía en una granja rehabilitada no lejos de la salida de la circunvalación. Las paredes estaban pintadas de verde claro y los muebles eran de los años cincuenta y sesenta. Habían suprimido un tabique para que la cocina quedara unida al cuarto de estar, separada únicamente por una barra para desayunar y un espacio de comedor. La mesa relucía y las encimeras de la cocina estaban igualmente limpias, el fogón impoluto y no había ni una cazuela ni un plato sucio a la vista.
– ¿Le apetece una taza de té? -preguntó Watson.
– Pues sí.
Watson contuvo la risa.
– A mi café le tenía terror, ¿verdad?
– Últimamente le salía mejor.
– Siéntese. Es un momento.
Pero Rebus dio una vuelta por el cuarto de estar. Watson tenía vitrinas con porcelana y objetos de adorno detrás; fotos familiares enmarcadas entre las que reconoció dos que recientemente su ex jefe había tenido en el despacho. Acababa de pasar la aspiradora por la alfombra y ni en el espejo ni en el televisor se apreciaba una sola mota de polvo. Se acercó a los ventanales y contempló un jardincillo que terminaba en un bancal escarpado cubierto de césped.
– Hoy ha venido la asistenta, ¿verdad? -preguntó Rebus.
Watson volvió a contener la risa mientras dejaba la bandeja con el té en la encimera.
– Me divierte hacer algo del trabajo de la casa desde que murió Arlene -dijo.
Rebus se volvió a mirar las fotos enmarcadas. Watson y su esposa en una boda, en una playa en el extranjero y en una fiesta familiar con sus nietos. Watson sonriendo, siempre con la boca levemente abierta; su mujer algo más reservada, más baja que él y con la mitad de su peso. Había muerto hacía unos años.
– Quizá sea una manera de conservar su recuerdo -añadió Watson.
Rebus asintió con la cabeza comprendiendo que se acordaba de ella, y se preguntó si guardaría su ropa en el armario, si aún conservaría sus joyas dentro de alguna cajita en el tocador.
– ¿Qué tal le va a Gill?
Rebus se acercó a la cocina.
– No para -contestó Rebus-. Me ordenó que fuese al médico y se le ha atravesado Ellen Wylie.
– Vi la conferencia de prensa -dijo Watson mirando la bandeja para asegurarse de que no faltaba nada-. Gill no le dio tiempo a ponerse al corriente.
– Aposta -añadió Rebus.
– Tal vez.
– Se hace raro no verlo a usted por allí, señor -confesó Rebus recalcando expresamente la última palabra y haciendo sonreír a Watson.
– Se agradece, John -dijo yendo hacia la tetera, que comenzaba a silbar-. Pero supongo que no ha venido a hacerme una visita puramente nostálgica.
– No. Se trata de un caso en el que intervino usted en Nairn.
– ¿En Nairn? -repitió Watson enarcando una ceja-. Hará veintitantos años. Entonces estaba en Lothian oeste, en Inverness.
– Sí, pero fue a Nairn a investigar el caso de una mujer ahogada.
Watson reflexionó un instante.
– Ah, sí -dijo al fin-. ¿Cómo se llamaba?
– Paula Gearing.
– Gearing. Exacto -asintió chasqueando los dedos, satisfecho de su buena memoria-. Pero quedó claramente determinado, ¿no?
– No estoy muy seguro, señor -respondió Rebus mirando cómo echaba el agua en la tetera.
– Bueno, vamos al salón con esto y me lo explica.
Rebus le expuso la historia de la muñeca de Los Saltos y el misterio de los ataúdes de Arthur's Seat, así como la serie de ahogadas y desaparecidas entre 1972 y 1995, enseñándole los recortes de prensa, que Watson examinó.
– Ignoraba esa historia de una muñeca hallada en Nairn -dijo-. Yo estaba ya de vuelta en Inverness, pues había concluido mi intervención allí por ser caso cerrado la muerte de Gearing.
– No se estableció ninguna relación en aquel entonces porque el cadáver de Paula Gearing apareció en la playa a seis kilómetros de la ciudad. Si alguien pensó algo al respecto, sería que lo atribuiría a una especie de gesto en memoria suya. Gill no está convencida de que haya relación -añadió Rebus.
Watson asintió con la cabeza.
– Porque piensa en la dificultad de demostrarlo ante un tribunal. Todo lo que me dice es puramente circunstancial.
– Lo sé -dijo Rebus.
– En cualquier caso… -añadió Watson recostándose-, son muchas coincidencias.
Rebus relajó la tensión de hombros y Watson pareció percatarse sonriendo.
– Llega un poco a destiempo, ¿verdad, John? Por una vez que logra convencerme de que seguramente ha encontrado algo, ya estoy jubilado.
– Podría usted hablar con Gill para convencerla.
Watson negó con la cabeza.
– No creo que me hiciera caso. Quien manda ahora es ella y sabe perfectamente que mi intervención ya no cuenta.
– Suena un poco duro.
– Pero usted sabe que es verdad -replicó Watson mirándolo-. Es a ella a quien tiene que convencer, no a un viejo jubilado.
– Apenas tiene usted diez años más que yo.
– Como usted mismo comprobará, los sesenta son muy distintos de los cincuenta. Tal vez esa visita al médico no sea tan mala idea.
– ¿Aun sabiendo de antemano lo que va a decirme? -replicó Rebus apurando el té.
Watson había vuelto a coger el recorte del caso de Nairn.
– ¿Qué es lo que quiere que haga yo?
– Usted dice que el caso estaba claro, pero quiero que lo piense bien, a ver si recuerda algo que en su momento le chocó…, cualquier cosa por nimia que fuese… -Hizo una pausa-. Quería también preguntarle si sabe usted qué fue de la muñeca.
– Ya le digo que ha sido ahora cuando me he enterado de que hubiera una muñeca.
Rebus asintió con la cabeza.
– Considera las cinco muñecas, ¿no es así? -inquirió Watson.
– Sería la única manera de demostrar que hay una relación.
– Es decir, que quien dejó la primera en 1972 ¿ha dejado esa otra en el caso de Philippa Balfour?
Rebus asintió en silencio.
– Si hay alguien capaz de hacerlo, John, ése es usted. Siempre he confiado en su tozudez y firme disposición a no hacer caso de sus superiores.
Rebus dejó la taza en el platillo.
– Se lo acepto como un cumplido -dijo echando de nuevo un vistazo al cuarto dispuesto a levantarse y despedirse, pero le llamó la atención el detalle de que aquella casa era el único lugar en que mandaba ahora Watson, poniendo orden allí del mismo modo que lo hacía en Saint Leonard, y que si perdía la voluntad y la capacidad de hacerlo se moriría.
– Es inútil -dijo Siobhan Clarke.
Habían pasado casi tres horas en la Biblioteca Central y se habían gastado unas cincuenta libras en una tienda en la compra de mapas y guías turísticas de Escocia. Se encontraban en la cafetería Elephant House, en una mesa para seis junto al ventanal del fondo, y Grant Hood miraba distraído hacia el cementerio de Greyfriars y el castillo.
– ¿Te has desconectado? -preguntó ella mirándolo.
– Hay que hacerlo de vez en cuando -respondió él sin apartar los ojos de la panorámica.