– Vaya, gracias por tu ayuda -replicó ella más enfadada de lo que habría querido.
– Es lo mejor que puede hacer uno -prosiguió él sin hacer caso-. A veces, cuando me quedo atascado en el crucigrama no me estrujo el cerebro; lo dejo a un lado y sigo más tarde, y no es raro que se me ocurran inmediatamente una o dos palabras. ¿Sabes lo que sucede? -añadió volviéndose hacia ella-. Que centras la mente en determinada pista y llegas a perder la perspectiva de otras alternativas. -Se levantó, fue hacia donde estaban los periódicos del café y volvió con el Scotsman-Éste es de Peter Bee -dijo doblándolo por la página del crucigrama-, que es críptico pero no recurre tanto como los demás a los anagramas.
Siobhan cogió el periódico y vio que Peter Bee era el autor del crucigrama.
– En la doce horizontal -añadió Grant- me hizo perder el tiempo pensando en el nombre de un arma romana antigua, y al final resultó que era un anagrama.
– Muy interesante -dijo Siobhan dejando el periódico en la mesa encima de media docena de mapas desplegables.
– Sólo trato de explicarte que a veces hay que despejar la cabeza un rato y volver a empezar.
– ¿Quieres decir que hemos perdido medio día? -replicó ella mirándolo furiosa.
Él se encogió de hombros.
– ¡Vaya, pues qué bien! -exclamó ella levantándose como impulsada por un muelle y dirigiéndose a los servicios.
Se apoyó en el lavabo mirando la reluciente superficie blanca. Lo malo era que Grant tenía razón; pero ella no podía distanciarse como él, pues había optado por jugar aquel juego y ahora estaba enganchada. Pensó si Flip Balfour se había obsesionado del mismo modo y al ver que no avanzaba habría pedido ayuda, y eso le hizo recordar que tenía pendiente preguntar a los amigos y familiares de la joven a propósito del juego. Nadie había dicho nada de él en las docenas de interrogatorios, pero tampoco había razón para que lo mencionaran pues quizás únicamente les había parecido un juego interactivo divertido, nada preocupante.
Gill Templer le había ofrecido el puesto de enlace de prensa, pero sólo después de hacer pasar por aquel rito humillante a Ellen Wylie. No habría estado mal sentir que había rehusado la oferta por un gesto de solidaridad con Wylie, pero no había sido por eso; ella misma se temía que era más bien por influencia de John Rebus, con quien trabajaba hacía varios años, por lo que entendía sus virtudes y defectos. En el fondo, como tantos otros policías, ella prefería su enfoque inconformista y le gustaría poder ser así, pero en el cuerpo imperaban otras ideas y sólo había sitio para un Rebus; si quería ascender, ya sabía a qué atenerse. Eso la situaba sin remedio y sin equívoco en el terreno de Gill Templer: cumpliría sus órdenes y la apoyaría sin arriesgarse más. Así estaría tranquila y subiría en el escalafón; llegaría a inspectora y quizás a comisaria después de los cuarenta. Comprendía ahora que Gill Templer la hubiera invitado a copas y a cenar para que viera en qué consistía el proceso: cultivas las amistades adecuadas, te portas bien sin prisas y obtienes tu recompensa. Una lección para Ellen Wylie y otra muy distinta para ella.
Al volver a la mesa vio que Grant Hood, resuelto el crucigrama, dejaba el periódico en la mesa y se recostaba en el asiento guardándose el bolígrafo como si nada, pero esforzándose a ojos vistas por no mirar a la mesa de al lado, donde una mujer que tomaba un café no se había perdido detalle de su rapidez, escudriñándolo por encima del libro que leía.
Siobhan llegó a la mesa y señaló el periódico.
– Creí que lo habías terminado.
– Es más fácil la segunda vez -contestó él con voz de falsete-. ¿De qué te ríes?
La mujer de la otra mesa había vuelto a enfrascarse en la lectura de un libro de Muriel Spark.
– Es que me he acordado de una antigua canción -respondió Siobhan.
Grant la miró, pero como ella no soltaba prenda estiró el brazo señalando el crucigrama.
– ¿Sabes qué es un homónimo?
– No, pero suena feo.
– Es una palabra que suena igual que otra que tiene distinto significado. En los crucigramas las utilizan mucho. En éste hay una que me ha hecho pensar.
– ¿En qué?
– En nuestra última clave, eso de «suena dear». Nosotros pensamos en la acepción de «caro» o «querido», ¿cierto?
Ella asintió con la cabeza.
– Pero puede ser un homónimo con otro significado.
– No te sigo -dijo ella sentándose sobre una pierna doblada e inclinándose interesada.
– A lo mejor quiere indicarnos que no es d-e-a-r sino d-e-e-r, «ciervo».
Siobhan frunció el entrecejo.
– Y entonces quedaría «B4 Law escocés deer». ¿Me lo parece, o ahora tiene aún menos sentido?
– Si tú lo dices… -replicó él encogiéndose de hombros y mirando de nuevo hacia fuera.
– No seas así -exclamó ella dándole una palmada en la pierna.
– ¿Es que eres tú la única que puede enfadarse?
– Perdona.
Grant la miró y vio que sonreía.
– Así está mejor -dijo-. ¿No había una historia sobre el origen del nombre de Holyrood? ¿Un rey de la Antigüedad que asaeteó a un ciervo?
– No tengo ni idea.
– Perdonen que haya escuchado lo que estaban diciendo -interrumpió la mujer de la mesa contigua dejando el libro-. Fue David el Primero en el siglo doce -añadió.
– ¿Ah, sí? -dijo Siobhan.
– Estaba cazando -continuó la mujer sin hacer caso de su tono hiriente- cuando un ciervo lo derribó en el suelo atrapándolo entre la cornamenta; él se agarró a ella y vio que se transformaba en una cruz y el venado desaparecía. Holyrood significa «santa cruz». El rey vio en ello un signo del cielo y mandó construir la abadía.
– Gracias -dijo Grant Hood. La mujer le dirigió una inclinación de cabeza y volvió a su lectura-. Es agradable dar con personas cultas -añadió dirigiéndose a Siobhan, quien entornó los ojos y arrugó la nariz-. A lo mejor es una clave que tiene algo que ver con el palacio de Holyrood.
– Y una de las habitaciones sería la B 4, como un aula de colegio -añadió Siobhan.
Grant se percató de que hablaba en broma.
– O podría formar parte de una ley escocesa relacionada con Holyrood, podría ser otra conexión con la realeza, como lo de Victoria.
– Tal vez -dijo Siobhan.
– Tendríamos que consultar a algún amigo abogado.
– ¿Podría servir uno de la fiscalía? -preguntó ella-. Yo conozco a alguien.
Los juzgados estaban en un nuevo edificio en Chambers Street frente al complejo del museo de Escocia. Grant volvió corriendo a Grassmarket para echar monedas en el parquímetro, a pesar de las protestas de Siobhan, que aseguraba que les saldría más barato pagar una multa, mientras ella entraba en los juzgados a preguntar hasta que localizó a Harriet Brough. La abogada llevaba también aquel día un traje sastre de tweed con medias grises y zapatos negros planos. Siobhan advirtió que tenía unos bonitos tobillos.
– Qué grata sorpresa, querida -dijo Brough estrechándole afectuosamente la mano un buen rato-. De verdad que es muy grato verla.
Siobhan reparó en que el maquillaje acentuaba aún más sus arrugas y le daba un aspecto chabacano.
– Espero no molestarla -dijo.
– En absoluto. ¿Ha venido a algún juicio?
Se hallaban en el espacioso vestíbulo por el que discurrían bedeles y letrados, guardias de seguridad y parejas con cara de aflicción. Allí se juzgaba a inocentes y culpables y se dictaminaban sentencias.
– No, es que tengo un problema y he pensado que tal vez podría ayudarme.
– Con mucho gusto.
– Se trata de una nota que he encontrado, que quizás esté relacionada con un caso, pero parece ser una especie de código.