– ¡Qué apasionante! -dijo la abogada abriendo animada los ojos-. Vamos a buscar sitio para sentarnos y me lo explica.
Encontraron un banco libre y Brough leyó la nota a través del plástico de la bolsita mientras Siobhan la miraba vocalizar las palabras.
– Se trata de una investigación sobre una persona desaparecida, que creemos que participaba en un juego -dijo Siobhan.
– ¿Y hay que resolver este acertijo para seguir adelante? Sí que es curioso.
En ese momento llegó Grant casi sin aliento y Siobhan los presentó.
– ¿Hay alguna solución? -preguntó Hood. Siobhan negó con la cabeza y él miró a la abogada-. ¿Tiene algún sentido B4 en la ley escocesa? ¿Algo así como un párrafo o una sección?
– Querido joven -respondió ella riendo-, podría haber cientos de referencias, aunque más probable en la forma 4B que B4. Por regla general, el numeral precede a la letra.
Hood asintió con la cabeza.
– ¿Sería, entonces, párrafo cuatro, sección b?
– Exacto.
– La primera clave -terció Siobhan- tenía una conexión monárquica y la solución era Victoria, y ahora nos preguntamos si ésta no tendrá algo que ver con Holyrood -añadió explicándole su hipótesis.
Brough volvió a mirar la nota.
– Bueno, ustedes son más inteligentes que yo -dijo la letrada-. Tal vez mi mentalidad de jurista sea muy literal -añadió devolviendo la nota a Siobhan, aunque la cogió de nuevo-. A lo mejor, la referencia a la ley escocesa es para despistar.
– ¿Qué quiere usted decir? -preguntó Siobhan.
– Que si han querido hacer enrevesada la clave, lo habrán puesto para desviar la atención.
Siobhan miró a Hood, quien se encogió de hombros. Brough señaló la nota.
– Algo que aprendí cuando hacía excursionismo es que law en escocés significa «monte» -dijo.
Rebus llamó al director del hotel Huntingtower.
– Entonces, ¿lo conservan ustedes?
– No podría asegurárselo -contestó el director.
– ¿Puede comprobarlo o preguntar por si alguien recuerda algo?
– Puede que lo tiraran al hacer alguna reforma.
– No sabe cuánto aprecio su constructiva actitud, señor Ballantine.
– Quizás el que lo encontró…
– El que lo encontró dice que lo entregó en el hotel.
Rebus había llamado al Courier para hablar con el periodista que había cubierto el caso y, ante la curiosidad de éste, él le había informado del hallazgo de otro ataúd en Edimburgo, haciendo hincapié en que no tenía la menor relación porque no quería que la prensa metiera la nariz. El periodista le había facilitado el nombre del cazador que lo había encontrado y éste informó a su vez a Rebus que lo había entregado en el hotel.
– Bien, no le prometo nada… -añadió el director.
– Llámeme tan pronto como sepa algo -dijo Rebus repitiéndole su nombre y número de teléfono-. Es urgente, señor Ballantine.
– Haré lo que pueda -respondió el director con un suspiro.
Rebus colgó y miró hacia la otra mesa, en donde Ellen Wylie estaba sentada con Donald Devlin. El anciano llevaba otra chaqueta de punto, ésta con casi todos los botones. Recopilaban los dos buscando las notas de la autopsia sobre el caso de la ahogada de Glasgow y por la expresión de Wylie comprendió que no los acompañaba la suerte. Devlin había arrimado su silla a la de Wylie y permanecía inclinado a muy poca distancia mientras ella hablaba por teléfono; quizá sólo trataba de escuchar, pero Rebus advirtió que a Wylie no le gustaba y trataba de apartarse torciendo el cuerpo y dando la espalda al patólogo. De momento no había cruzado ninguna mirada con Rebus.
Hizo una anotación sobre Huntingtower y volvió al teléfono. El caso del ataúd de Glasgow era más enredado porque la periodista que cubrió la noticia había cambiado de periódico y en la redacción nadie recordaba el caso. Finalmente consiguió el número del pastor protestante de la iglesia en cuestión y habló con el reverendo Martine.
– ¿Tiene usted idea de dónde fue a parar el ataúd?
– Creo que se lo llevó la periodista -contestó el cura.
Rebus le dio las gracias, volvió a llamar al periódico y pudo finalmente hablar con el jefe de redacción, a quien tuvo que explicarle el hallazgo del «ataúd de Edimburgo», siempre precisando que no creía que existiese relación alguna.
– Ese ataúd de Edimburgo, ¿dónde lo encontraron exactamente?
– Cerca del castillo -respondió Rebus como quitándole importancia, aunque imaginándoselo tomando nota, tal vez con intención de dar seguimiento a la noticia.
Transcurridos un par de minutos, le pasaron con la sección de personal y al fin le facilitaron la dirección de la periodista en cuestión, Jenny Gabriel, en Londres, explicándole que se había marchado a trabajar a un diario de gran formato, que es lo que siempre había deseado.
Rebus salió a comprar café y bollos y cuatro periódicos: el Times, el Telegraph, el Guardian y el Independent, de los que repasó los pies de artículo sin encontrar el nombre de Jenny Gabriel, pero no se desanimó y se dispuso a llamar a los cuatro rotativos preguntando por ella. Al tercer intento, la telefonista le dijo que aguardase. Mientras le pasaba la comunicación vio cómo Devlin dejaba caer migas de bollo en la mesa de Wylie.
– Le paso.
Era la palabra más alentadora que había oído en todo el día.
– Noticias.
– Con Jenny Gabriel, por favor.
– Al habla.
Volvió a repetir la historia.
– ¡Dios mío, de eso hace veinte años! -exclamó la periodista.
– Más o menos -dijo Rebus-. Supongo que no conservará la muñeca.
– Pues no.
A Rebus se le cayó el alma a los pies en cierto modo.
– Cuando me vine al sur se la di a un amigo a quien siempre le había fascinado.
– ¿Podría tal vez ponerme en contacto con él?
– Un momento; le daré el número… -Se hizo una pausa y Rebus se entretuvo en desmontar el mecanismo de su bolígrafo, comprobando que no tenía la menor idea sobre su funcionamiento: el muelle, la funda, el recambio… Sabía montarlo pero no lo entendía-. Precisamente ahora vive en Edimburgo -añadió Jenny Gabriel, y le dio el teléfono de su amigo Dominic Mann.
– Muchas gracias -dijo Rebus, y colgó.
Dominic Mann no estaba en casa, pero el contestador automático le facilitó el número de un móvil, en el que sí obtuvo respuesta.
– Diga.
– ¿Dominic Mann?
Rebus volvió a contar su historia y esta vez tuvo suerte. Mann conservaba el ataúd y podía llevárselo a Saint Leonard más tarde.
– Se lo agradezco de veras -dijo Rebus-. Es curioso que lo haya conservado tantos años…
– Pensaba utilizarlo en una de mis instalaciones.
– ¿Qué instalaciones?
– Yo soy pintor. Bueno, lo era. Ahora dirijo una galería.
– ¿Ya no pinta?
– Poca cosa. Menos mal que no lo utilicé porque ahora formaría parte de algún cuadro y a lo mejor lo habría vendido.
Rebus le dio las gracias y colgó. Devlin había terminado el bollo mientras que Wylie había dejado a un lado el suyo, del que el anciano no apartaba los ojos. El caso del ataúd de Nairn resultó más fácil y con dos llamadas obtuvo lo que quería. Un periodista le dijo que aguardase mientras iba a mirarlo y no tardó en llamarle y darle un número de teléfono de Nairn cuyo propietario pudo al fin averiguar que lo guardaba un vecino en su cobertizo.