Costello dijo que no.
– Bueno, ese Programador, ¿quién es?
– No lo sabemos -contestó Siobhan acercándose al libro.
– Acabará poniéndose en contacto con ustedes, supongo.
– Sí que nos gustaría -añadió Siobhan cogiendo de la estantería un soldadito de plomo-. Esto es de un juego, ¿no?
– ¿Ah, sí? -dijo Costello mirándolo.
– ¿No es de un juego tuyo?
– No sé ni de dónde ha salido.
– Desde luego, en la guerra ha estado -añadió ella examinando el fusil roto.
Rebus miró al ordenador portátil de Costello, que esperaba encendido junto a unos libros de texto, sobre la encimera; había una impresora en el suelo.
– Supongo que estarás conectado a la red, David -dijo.
– Como todo el mundo.
Siobhan esbozó una sonrisa y dejó el soldadito de plomo.
– El inspector Rebus sigue peleándose con la máquina de escribir eléctrica.
Rebus comprendió que trataba de ablandar al joven ridiculizándolo a él.
– Para mí, la red es lo que intenta defender el portero en el fútbol -dijo Rebus.
La frase suscitó una sonrisa de Costello. «Por ser quien es…» Pero ¿quién era realmente Costello? A Rebus comenzaba a intrigarle.
– Si Flip no te dijo nada al respecto, David -añadió Siobhan-, ¿no habrá más cosas sobre las que guardó el secreto?
Costello asintió con la cabeza de nuevo. Seguía rebulléndose en el futón como si no acabara de encontrar la postura.
– A lo mejor, en el fondo, yo no la conocía -dijo, volviendo a leer la clave-. ¿Saben lo que quiere decir esto?
– Siobhan lo ha resuelto -contestó Rebus-, pero simplemente llevaba a otro acertijo.
Siobhan le tendió la copia de la segunda nota.
– Es aún menos comprensible que la primera -dijo Costello-. La verdad es que no puedo creer que Flip estuviera en ello. No me la imagino con algo así -añadió devolviéndole la nota.
– ¿Y sus amigos? -preguntó Siobhan-. ¿Sabes de alguno a quien le gusten los juegos y los acertijos?
– ¿Cree que alguno ha podido…? -inquirió él mirándola.
– Únicamente me planteo si Flip recurriría a otra persona en busca de ayuda.
Costello reflexionó un instante.
– A nadie -dijo al fin-. No se me ocurre nadie.
Siobhan retiró de su mano la segunda nota.
– ¿Y ésa? -preguntó él-. ¿Sabe lo que significa?
Ella miró la clave, quizá por enésima vez.
– No -contestó-. Aún no.
Después de la visita a Costello, Siobhan llevó a Rebus de vuelta a Saint Leonard; durante el trayecto fueron callados los primeros minutos. El tráfico era horroroso; parecía que a medida que pasaban las semanas se anticipara la hora punta.
– ¿Tú qué crees? -preguntó ella rompiendo el silencio.
– Creo que habríamos llegado antes a pie.
Era más o menos la respuesta que ella esperaba.
– En tus ataúdes con muñecas también hay algo de juego, ¿no?
– Un juego bien raro, en mi opinión.
– Tan raro como hacer un concurso por Internet.
Rebus asintió con la cabeza sin hacer más observaciones.
– Es que no quiero ser la única que ve una relación entre las dos cosas -añadió ella.
– ¿Tengo que ser yo? -replicó Rebus-. De todos modos, la posibilidad existe, ¿no crees?
Siobhan hizo un gesto afirmativo.
– Siempre que haya un vínculo entre todas las muñecas -añadió.
– Sí, ya -dijo él-. Mientras tanto, convendría averiguar los antecedentes del señor Costello.
– A mí me pareció bastante sincero. Cuando nos abrió la puerta puso cara de temerse lo peor. Además, ya se han comprobado sus antecedentes, ¿no?
– Eso no quiere decir que no hayamos pasado algo por alto. Si no recuerdo mal, le asignaron la investigación a Hi-Ho Silvers, que es tan gandul que piensa que la pereza es un deporte olímpico. ¿Y tú qué haces? -añadió medio vuelto hacia ella.
– Yo trato de aparentar que hago algo.
– Quiero decir que qué haces ahora.
– Creo que me marcharé a casa y lo dejaré ya por hoy.
– Ve con cuidado, que a la jefa Templer le gusta que sus policías cumplan el turno de ocho horas.
– En ese caso, ella me debe bastantes… y a ti no digamos. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste un turno sólo de ocho horas?
– En septiembre de 1986 -contestó Rebus, haciéndola sonreír.
– ¿Qué tal va lo del piso?
– Ya casi han acabado de cambiar la instalación eléctrica y ahora van a venir los pintores.
– ¿Ya has encontrado algo para comprar?
Él negó con un gesto.
– Te pica el gusanillo, ¿verdad?
– Si quieres venderlo, allá tú.
– Ya sabes a lo que me refiero -replicó él mirándola serio.
– ¿A Programador? -inquirió ella pensándolo-. Casi me divertiría si…
– ¿Si qué?
– Si no tuviera la impresión de que él también se divierte.
– ¿Manipulándote?
Siobhan asintió con la cabeza.
– Lo mismo que hizo con Philippa Balfour.
– Sigues pensando que es un hombre -dijo Rebus.
– Por pura comodidad -añadió ella. Se oyó sonar un móvil-. Es el mío -aclaró al ver que Rebus echaba mano al bolsillo. Ella lo llevaba conectado al pequeño cargador junto al casete; pulsó un botón y se oyó la comunicación a través de un altavoz incorporado.
– ¡Un manoslibres! -exclamó Rebus admirado.
– Diga.
– ¿La agente Clarke?
Siobhan reconoció la voz.
– ¿Señor Costello? ¿Qué desea?
– Es que he estado pensando en lo que dijo sobre juegos y cosas similares…
– ¿Y?
– Pues que conozco a alguien que es aficionado a esas cosas. Mejor dicho, lo conoce Flip…
– ¿Cómo se llama?
Siobhan miró a Rebus, que ya tenía el bloc y el bolígrafo preparados.
David Costello dijo el nombre, pero no se le oyó bien.
– Perdón -dijo Siobhan-, ¿podrías repetirlo? Esta vez lo oyeron los dos perfectamente: «Ranald Marr». Siobhan frunció el entrecejo y Rebus asintió con la cabeza. Sabía muy bien quién era Ranald Marr: el socio de John Balfour, el director del banco en Edimburgo.
La comisaría estaba tranquila. Los policías habían terminado su turno o estaban en Gayfield Square, aparte de los que andarían completando la indagación puerta por puerta, pero habían reducido los equipos porque casi no quedaba nadie por interrogar. Era una jornada más sin rastro de Philippa Balfour y con la incógnita de si estaba viva. No se detectaba ningún movimiento en sus tarjetas de crédito ni en sus cuentas bancarias, ni nadie se había puesto en contacto con los padres. En la comisaría se dijo que Bill Pryde perdió en un momento dado los estribos, haciendo volar la carpeta portapapeles por todo el departamento, y que todos tuvieron que agacharse para que no los golpease.
John Balfour presionaba y concedía entrevistas a la prensa criticando la falta de eficacia policial, y el jefe de policía había exigido un informe a su ayudante, lo que, en consecuencia, significaba que Carswell no dejaba en paz a nadie. A falta de nuevas pistas se repetían los interrogatorios por segunda y tercera vez, y en el cuerpo todos andaban nerviosos y crispados. Rebus trató inútilmente de hablar con Bill Pryde en Gayfield y llamó a la Central para hablar con Claverhouse u Ormiston, de la sección segunda de la Brigada Criminal. Fue Claverhouse quien cogió el teléfono.
– Soy Rebus. Necesito un favor.
– ¿Y qué te hace pensar que esté dispuesto a hacértelo?
– ¿Eres siempre tan amable?
– ¡Rebus, vete a la mierda!
– No es que no quiera, pero está llena de gente que enviaste allí, incluida tu mamá, que dice que te quiere mucho.
Era el modo de tratar con Claverhouse, exagerando el sarcasmo.