– Hizo bien, porque sabe que soy un cabrón, lo que me hace volver a la primera pregunta.
– ¿La de tono amable? Bien, digamos entonces que cuanto antes me ayudes antes puedo irme al pub a emborracharme.
– Hostia, hombre, ¿por qué no lo has dicho antes? A ver, dime.
– Necesito una información.
– ¿De quién?
– De la policía irlandesa de Dublín.
– ¿Sobre qué?
– Sobre el novio de Philippa Balfour. Quiero sus antecedentes.
– Yo he apostado diez libras a dos contra uno a que es culpable.
– Razón de más para que me ayudes.
Claverhouse reflexionó un instante.
– Dame un cuarto de hora, pero no te muevas de ese teléfono.
– Aquí estaré.
Rebus colgó y se recostó en la silla, pero advirtió algo al fondo de la sala; era el viejo sillón de Watson. Seguro que Gill Templer lo había dejado allí por si alguien lo quería. Lo llevó rodando hasta su mesa y se sentó cómodamente en él. Pensó en lo que le había dicho a Claverhouse: «… antes puedo irme al pub a emborracharme». Era pura broma, pero una parte de su ser lo ansiaba realmente, tenía necesidad de ese estado de olvido que sólo la bebida procura. Olvido era el nombre de uno de los grupos de Brian Auger, Oblivion Express, y él tenía su primer disco, A Better Land, que para su gusto era excesivamente jazzístico. Sonó el teléfono y lo cogió, pero no dejaba de sonar. Era su móvil. Lo sacó del bolsillo y lo arrimó a su oreja.
– Diga.
– ¿John?
– Hola, Jean. Iba a llamarle.
– ¿No le interrumpo?
– En absoluto. ¿Le ha estado dando mucho la lata ese periodista?
Sonó el teléfono de la mesa. Probablemente, Claverhouse. Se levantó de la poltrona de Watson, cruzó el departamento y salió al pasillo.
– No se preocupe -dijo Jean-. He estado haciendo averiguaciones tal como me pidió, pero me temo que no be descubierto gran cosa.
– No tiene importancia.
– Pues me ha ocupado todo el día…
– Si le parece, mañana me lo explica.
– ¿Mañana? Muy bien.
– A menos que esté libre esta noche…
– Ah. -Se hizo una pausa-. Es que prometí a una amiga pasar a verla porque acaba de tener un niño.
– Me alegro.
– Lo siento.
– No se preocupe. Nos vemos mañana. ¿Le parece bien venir a la comisaría?
– De acuerdo.
Convinieron la hora y Rebus volvió al departamento de Investigación Criminal. Le daba la impresión de que a ella le complacía que le hubiera propuesto verse aquella noche. Seguro que era lo que esperaba; indicio de que seguía interesada y de que no se trataba exclusivamente de trabajo.
O a lo mejor se estaba haciendo ilusiones.
En la mesa llamó a Claverhouse.
– Me has decepcionado, tío -dijo Claverhouse.
– Te dije que no me apartaba de la mesa y así ha sido.
– Pues ¿cómo es que no cogías el teléfono?
– Es que he tenido una llamada en el móvil.
– ¿De alguien que significa para ti más que yo? Estoy muy dolido.
– Era mi corredor de apuestas, a quien debo más de doscientas libras.
Claverhouse guardó silencio un instante.
– De eso sí que me alegro -dijo-. Bueno, pide hablar con Declan Macmanus.
– ¿No era ése el verdadero nombre? -dijo Rebus frunciendo el ceño.
– Bueno, es evidente que se lo pasó a alguien que lo necesitaba. -Claverhouse le dio el número de Dublín, incluido el código internacional-. Aunque no creo que esos tacaños de Saint Leonard te permitan poner una conferencia internacional -añadió.
– Hay que rellenar formularios -dijo Rebus-. Gracias por tu ayuda, Claverhouse.
– ¿Vas ahora a tomarte esa copa?
– Creo que es lo mejor. No quiero estar consciente cuando dé conmigo mi corredor de apuestas.
– Haces muy bien. Un brindis por los caballos perdedores y el buen whisky.
– Lo mismo digo -añadió Rebus colgando.
Claverhouse tenía razón; en Saint Leonard estaba prohibido hacer llamadas internacionales desde los teléfonos con línea exterior, pero Rebus decidió hacerla desde el del despacho de la jefa. El único problema era que Gill Templer había cerrado con llave. Reflexionó un instante y recordó que Watson tenía una llave de repuesto para casos urgentes, y se agachó para buscarla debajo del felpudo. Efectivamente, la llave seguía allí. Abrió y cerró con llave una vez dentro.
Miró el nuevo sillón, pero decidió permanecer de pie, recostado en el borde de la mesa, sin poder evitar pensar en el cuento de los tres osos. ¿Quién se ha sentado en mi sillón? ¿Quién ha llamado con mi teléfono?
Respondieron a su llamada al cabo de seis timbrazos.
– ¿Puedo hablar con… -de pronto se percató de que no sabía el rango de Macmanus- Declan Macmanus, por favor.
– ¿De parte de quién?
La voz de la mujer tenía ese tono seductor irlandés. Rebus se la imaginó con pelo negro y entrada en carnes.
– El inspector John Rebus, de la policía de Lothian y Borders, en Escocia.
– Un momento, por favor.
Mientras aguardaba, la imagen de un cuerpo carnoso se transformó en una jarra de Guinness servida hasta el borde lentamente.
– ¿Inspector Rebus?
Era una voz nítida y categórica.
– Me ha dado su número el inspector Claverhouse, de la Brigada Criminal escocesa.
– Una amabilidad por su parte.
– A veces no lo puede evitar.
– Bien, ¿qué es lo que desea?
– No sé si tendrá noticia de un caso nuestro sobre una desaparecida: Philippa Balfour.
– ¿La hija del banquero? La noticia aparece en todos los periódicos locales.
– ¿Debido a la relación con David Costello?
– Los Costello son muy conocidos, inspector. Forman parte de la élite social dublinense.
– Usted estará mejor informado que yo; por eso le llamo.
– Ah, ya.
– Quisiera saber más detalles sobre los padres de David -añadió Rebus comenzando a garabatear en una hoja-. Sin duda serán personas sin tacha, pero me quedaría más tranquilo con una confirmación oficial.
– No sé si puedo garantizarle que su reputación sea impecable.
– ¿Ah, no?
– En todas las familias hay trapos sucios, ¿no es cierto?
– Supongo que sí.
– Quizá pueda enviarle una lista de la lavandería de los Costello. ¿Qué le parece?
– Estupendo.
– ¿Tiene ahí número de fax?
Rebus se lo dictó.
– Tendrá que poner el prefijo internacional -añadió.
– Sí, claro. ¿Cuán confidencial va a ser esta información?
– Todo lo confidencial que yo pueda hacerla.
– Bien, en ese caso confío en su palabra. ¿Le gusta el rugby, inspector?
Rebus sintió que debía decir que sí.
– Sólo como simple espectador -contestó.
– Quiero ir a Edimburgo para la final de las Seis Naciones. A ver si nos vemos y tomamos una copa.
– Con mucho gusto. Le daré un par de números -dijo, y le pasó el de la comisaría y el de su móvil.
– No dejaré de llamarle.