– Hágalo. Lo invitaré a un buen whisky.
– Le tomo la palabra. -Una pausa-. En realidad no le gusta nada el rugby, ¿verdad?
– No -contestó Rebus, y oyó que el irlandés se echaba a reír.
Colgó pensando en que se había quedado sin saber qué rango tenía Macmanus ni ningún detalle sobre él. Miró los garabatos que había hecho en la hoja durante la conversación y vio que eran media docena de ataúdes. Aguardó veinte minutos a ver si llegaba el fax de Irlanda, pero la máquina no salió de su mutismo.
Fue primero al Maltings y después al Royal Oak y luego entró en el Swany's. Se tomó la habitual Guinness para empezar. Hacía mucho que no probaba aquella cerveza; estaba buena pero llenaba y sabía que no podía tomarse muchas. Cambió a una Indian Pale y finalmente pidió un Laphroaig con un pelín de agua. A continuación cogió un taxi para ir al Oxford, donde dio cuenta del último panecillo de buey con remolacha de la bandeja del mostrador, seguido de un plato de huevos a la escocesa. Allí pidió otra Indian Palé para acompañar la colación. Vio a clientes conocidos, pero el salón de atrás estaba lleno de estudiantes y en el de la entrada la gente apenas hablaba, como si lo que se oía arriba fuera de algún modo blasfemo. Atendía la barra Harry y se notaba que estaba deseando que se fueran los juerguistas. Cuando uno de ellos se acercó a pedir otra ronda, el camarero le hizo una serie de observaciones en la línea de «pronto os marcharéis a una discoteca, la noche es joven…», pero el joven barbilampiño se limitó a sonreír como lelo sin decir nada. Harry negó con la cabeza, disgustado, y una vez que el joven se hubo alejado con la bandeja cargada de jarras de cerveza en precario equilibrio, uno de los clientes dijo que estaba perdiendo facultades, pero la sarta de blasfemias que profirió el interesado fue para los presentes prueba de todo lo contrario.
Rebus había ido al Oxford con la vana esperanza de apartar de su mente los ataúdes de juguete, pero no se le iba de la cabeza que tenían que ser obra de una misma persona: un asesino; y se preguntaba si no habría más ejemplares pudriéndose quizás en algún monte perdido, ocultos en grietas o guardados en cobertizos como una macabra decoración por quienes los habían encontrado. De momento tenía los de Arthur's Seat, el de Los Saltos y los cuatro de Jean. En su opinión, había en todo ello una continuidad que lo espantaba. «A mí que me incineren o que me cuelguen de un árbol como hacen los aborígenes -pensó-. Cualquier cosa menos meterme en un estrecho ataúd; lo que sea.»
Se abrió la puerta y todos se volvieron a mirar. Rebus se irguió tratando de no delatar su sorpresa. Era Gill Templer, quien inmediatamente reparó en él y sonrió y procedió a desabrocharse el abrigo y quitarse la bufanda.
– Me imaginé que te encontraría aquí -dijo-. Te telefoneé a casa pero me salió el contestador.
– ¿Qué quieres tomar?
– Un gin-tonic.
Harry lo había oído y se acercó con un vaso en la mano.
– ¿Con hielo y limón? -preguntó.
– Sí, por favor.
Rebus advirtió que los de la barra se habían apartado un poco para procurarles algo de intimidad en el estrecho espacio. Pagó la consumición y contempló a Gill, que se la bebió de un trago.
– Me hacía falta -dijo ella.
– Salud -repuso Rebus alzando su vaso y brindando con ella. Después echó un trago.
Gill sonrió.
– Perdona -dijo-, ha sido una descortesía por mi parte.
– ¿Has tenido un día agitado?
– Un poco.
– ¿Qué te trae por aquí?
– Un par de cosas. Primero, que, como de costumbre, no te has preocupado de tenerme al corriente de la investigación.
– No hay mucho de lo que informar.
– ¿Es un callejón sin salida, entonces?
– No he dicho eso. Necesito unos días más -dijo Rebus alzando el vaso.
– Y después está lo de la cita con el médico.
– Sí, ya. Iré; te lo prometo -respondió asintiendo con la cabeza por encima de la cerveza-. Por cierto, ésta es la primera que tomo esta noche.
– Sí, cómo no -musitó Harry sin dejar de secar vasos.
Gill sonrió sin apartar la mirada de Rebus.
– ¿Cómo van las cosas con Jean? -preguntó.
Rebus se encogió de hombros.
– Bien. Ella está analizando la faceta histórica.
– ¿Te gusta?
Rebus la miró.
– ¿Es gratis el servicio de casamentera?
– Era simple curiosidad.
– ¿Y has venido hasta aquí para preguntármelo?
– Jean ya sufrió lo suyo por culpa de un alcohólico. Su ex marido.
– Me lo ha contado. No te preocupes.
Gill bajó la mirada hacia su copa.
– ¿Qué tal va Ellen Wylie?
– No tengo ninguna queja.
– ¿Te ha dicho algo de mí?
– Pues no.
Rebus había terminado su cerveza y alzó el vaso para indicarle a Harry que le sirviera otra. El camarero dejó el paño de secar y se la puso. Rebus se sentía incómodo con Gill allí de improviso; no le agradaba que los clientes habituales estuvieran oyendo lo que hablaban, y ella pareció advertirlo.
– ¿Preferirías hablar en la oficina?
Él se encogió de hombros.
– ¿Y tú, qué tal estás? ¿Te gusta el nuevo trabajo? -preguntó.
– Creo que me adaptaré.
– Seguro que sí -dijo él señalando el vaso con el dedo, ofreciéndole otra ginebra con tónica, pero ella rehusó.
– Tengo que irme. Simplemente quería beber algo antes de volver a casa.
– Yo también -dijo Rebus haciendo ademán evidente de consultar el reloj.
– Tengo el coche…
Rebus negó con la cabeza.
– Prefiero andar para estar en forma.
Harry lanzó un resoplido mientras Gill se arropaba con la bufanda.
– Bueno, entonces tal vez nos vemos mañana -dijo ella.
– Ya sabes dónde tengo la mesa.
Gill miró el local, las paredes del color del filtro de un cigarrillo usado, los grabados polvorientos de Robert Burns, y asintió con la cabeza.
– Sí, lo sé -respondió, luego dijo adiós con la mano como para todos los presentes y salió.
– ¿Es su jefa? -preguntó Harry. Rebus hizo un gesto afirmativo-. Se la cambio -añadió.
Los habituales se echaron a reír mientras llegaba otro estudiante del salón de atrás con una lista de consumiciones para una nueva ronda escrita en el reverso de un sobre.
– Tres Indian Palé, dos claras, una ginebra con lima y soda, dos Becks y un vino blanco seco -recitó Harry sin mirarla.
El estudiante miró la nota y asintió admirado. Harry dirigió un guiño a su público.
– A ver si creéis que los estudiantes son los únicos inteligentes que hay aquí.
Siobhan, sentada en su cuarto de estar, leía en la pantalla del portátil la respuesta al mensaje que había enviado a Programador diciéndole que estaba trabajando en la segunda clave.
«Olvidé decirte que de ahora en adelante actúas contrarreloj. Dentro de veinticuatro horas, la clave se anula.»
Siobhan tecleó: «Creo que deberíamos vernos. Tengo algunas preguntas que hacer». Hizo clic en enviar y aguardó. La respuesta no se hizo esperar.
«El juego contestará a tus preguntas.»
Siobhan volvió a teclear: «¿Tenía Flip alguien que la ayudara? ¿Participa alguien más en el juego?».
Aguardó unos minutos, pero no contestaba. Estaba en la cocina sirviéndose otro medio vaso de vino tinto chileno cuando sonó el portátil avisándole que tenía un mensaje. Se salpicó de vino las manos por volver corriendo al cuarto de estar.
«Hola, Siobhan.»
Miró la pantalla y vio que la dirección de quien se lo enviaba era una serie de cifras. Antes de que pudiera responder, el ordenador le avisó que tenía otro mensaje.
«¿Sigues ahí? Tienes las luces encendidas.»