– ¿Por qué no iba a estarlo?
Había tomado algunas copas, de acuerdo; pero no estaba incapacitado y tenía fuera un taxi esperando. Cinco minutos más tarde subía la escalera de su casa y otros cinco después estaba con un cigarrillo y un té abriendo el primer expediente. Se sentó en el sillón junto a la ventana, su pequeño oasis en medio del caos. Oyó una sirena a lo lejos por Melville Drive que le pareció de ambulancia. Tenía fotos de prensa de las cuatro víctimas, retratos sonrientes en blanco y negro. Le vino a la mente el verso del poema y pensó que las cuatro compartían la misma característica: habían muerto porque estaban disponibles.
Comenzó a pinchar las fotos con chinchetas en un gran tablero de corcho en el que tenía también una postal adquirida en la tienda del museo de un primer plano de tres de los ataúdes de Arthur's Seat sobre fondo negro. Dio la vuelta a la postal y leyó: «Figuras talladas, con vestimenta de tela, en ataúdes miniatura de pino, pertenecientes a un grupo hallado en un nicho rocoso en la vertiente nordeste de Arthur's Seat en junio de 1836». Pensó que si había intervenido la policía de la época seguramente existiría un expediente. Pero ¿cuán organizado estaría el cuerpo en aquella época? No se parecería en lo más remoto al moderno departamento de Investigación Criminal. A saber si en aquel entonces no recurrían al examen del globo ocular de las víctimas para obtener una imagen del asesino; un método nada alejado de la tesis de brujería, que fue una de las hipótesis del caso de las muñecas. ¿Habría habido brujas en Arthur's Seat? Sospechaba que en la época actual ya debían de tener hasta subvención oficial.
Se levantó y puso música: The Night Tripper de Dr John. Volvió a la mesa y encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior. El humo le entró en los ojos y los cerró. Cuando los abrió tardó un instante en ajustar la visión. Era como si una muselina cubriera las fotos de las cuatro mujeres. Parpadeó un par de veces y sacudió la cabeza para despejar el cansancio.
Cuando se despertó dos horas más tarde, continuaba sentado a la mesa con la cabeza apoyada en los brazos. Allí seguían las fotos: unos rostros inquietantes habían invadido sus sueños.
– Ojalá pudiera ayudaros -dijo.
Se levantó, fue a la cocina y volvió con un té que se llevó hasta el sillón junto a la ventana. Tenía una noche por delante pero, extrañamente, no se alegraba.
Capítulo 8
Rebus y Jean Burchill paseaban por Arthur's Seat. Era una mañana espléndida, pero soplaba un viento frío. Decían de Arthur's Seat que era como un león preparándose para saltar, pero a Rebus más bien le parecía un elefante o un mamut con un cabezón protuberante y una depresión en el cuello que se prolongaba formando el lomo.
– En sus tiempos fue un volcán -explicó Jean-, igual que el peñasco del castillo. Después hubo granjas, canteras e iglesias.
– La gente venía aquí en peregrinación, ¿no es cierto? -dijo Rebus deseoso de mostrar sus conocimientos.
Ella asintió con la cabeza.
– Y aquí desterraban a quienes tenían deudas hasta que las pagaban. Hay mucha gente que cree que el nombre procede del rey Arturo.
– ¿Y no es así?
Ella dijo que no.
– Lo más probable es que sea gaélico: Ardna-Said, o Alto de los Pesares.
– Un nombre muy alegre.
Ella sonrió.
– El parque está lleno de nombres por el estilo: peña del Púlpito, rincón del Polvorín -dijo mirándolo-. Por no citar acre del Crimen y risco del Ahorcado.
– ¿Eso dónde está?
– Cerca del estanque de Duddingston y del ferrocarril de los Inocentes.
– Al que llamaban así porque utilizaban caballos a falta de tren, ¿no es cierto?
– Puede ser -respondió ella sonriendo-, pero hay otras teorías. Las Costillas de Sansón -añadió señalando hacia el estanque-. Ahí hubo un fuerte romano. ¿No sabía tal vez que habían llegado tan al norte? -añadió dirigiéndole una mirada picara.
Rebus se encogió de hombros.
– La historia nunca ha sido mi fuerte. ¿Hay constancia de dónde encontraron los féretros?
– La documentación de la época es algo ambigua. «En la vertiente nordeste de Arthur's Seat», dice el Scotsman, en una pequeña abertura de un afloramiento apartado -dijo ella encogiéndose de hombros-. Yo me he recorrido todo el monte y no he dado con el lugar. Otro detalle que mencionaba el periódico es que los féretros estaban dispuestos en dos gradas, ocho en cada una, y que había una tercera grada recién empezada.
– ¿Como si alguien pensara añadir más?
Ella se envolvió en la chaqueta, pero a Rebus le pareció que no era sólo el viento lo que la hacía temblar. Pensó en el ferrocarril de los Inocentes, que en la actualidad era una senda y camino de bicicletas en la que hacía un mes se había cometido un atraco, pero consideró que no era el momento más apropiado para hablar de ello. También podía hablarle de los suicidios y las jeringuillas a un lado del camino, pero vivían en mundos muy diferentes.
– Me temo que lo único que yo puedo aportar es historia -dijo ella de pronto-. He indagado en todos los departamentos pero no recuerdan a nadie que mostrara interés por los ataúdes, con excepción de algún estudiante o turista. Esos ataúdes formaron parte de una colección privada y después pasaron a la Sociedad de Anticuarios, que los donó al museo. -Se encogió de hombros-. No le he sido de mucha ayuda, ¿verdad?
– Jean, en un caso como éste todo es útil; cualquier dato, aunque no aporte nada, sirve para descartar otros.
– Me da la impresión de que no es la primera vez que dice eso.
Rebus sonrió.
– Tal vez no, pero no lo digo por decir. ¿Está libre después?
– ¿Por qué? -replicó ella jugueteando con la pulsera que le había comprado a Bev Dodds.
– Voy a llevar los ataúdes a un experto y un poco de historia no vendría mal. -Hizo una pausa y contempló Edimburgo-. Dios, qué ciudad tan preciosa, ¿verdad?
– ¿Lo dice por complacerme? -preguntó ella mirándolo.
– ¿Cómo dice?
– La otra tarde, cuando nos paramos en el puente North, me pareció que no le impresionaba la vista.
– La miro, pero no siempre la veo. Ahora sí que la veo.
Estaban en la cara oeste del monte y desde allí apenas se dominaba la mitad de la urbe; Rebus sabía que desde más arriba la vista era completa, pero desde aquel lugar se apreciaban bien agujas, chimeneas y hastiales escalonados con el telón de fondo de los montes Pentland al sur y el Firth of Forth al norte y, más allá, la costa de Fife.
– Puede ser cierto -reconoció ella y, sonriendo, se puso de puntillas inclinándose hacia él y dándole un beso en la mejilla-. Mejor será irse -añadió.
Rebus asintió con la cabeza sin saber qué decir hasta que ella volvió a tiritar y vio que realmente tenía frío.
– Detrás de Saint Leonard hay un café -dijo él-. Invito yo. Pero no vaya a creer que es por altruismo, sino porque tengo que pedirle un gran favor.
Ella se echó a reír, llevándose la mano a la boca y disculpándose.
– ¿Qué he dicho? -preguntó Rebus.
– Nada; es que Gill me previno al respecto diciéndome que si seguíamos viéndonos estuviese preparada para «el gran favor».
– ¿Ah, sí?
– Y tenía razón, ¿verdad?
– No del todo, porque lo que le pido no es un gran favor, sino un favor enorme.
Siobhan llevaba camiseta de cuello vuelto y un suéter de cuello de pico de lana; unos viejos pantalones de pana gruesa remetidos en dos pares de calcetines. Había limpiado sus viejas botas de excursión con betún y le habían quedado bien. El anorak no se lo había puesto hacía años, pero para aquella ocasión le venía que ni pintado. Se había provisto, además, de un gorro con borla y de una mochila con un paraguas, el móvil, una cantimplora y un termo de té con azúcar.