– ¿Seguro que no te falta nada? -preguntó Hood riendo.
Él iba con vaqueros y chándal, y llevaba un chubasquero amarillo nuevo; al mirar al sol, los rayos destellaron en sus gafas. Aparcaron en un área de estacionamiento. Había que saltar una valla tras la cual arrancaba una pendiente suave que más arriba se hacía abrupta. La empinada cuesta estaba yerma, con excepción de algunas piedras y matas de tojo.
– ¿Tú qué crees? ¿Habrá una hora hasta la cumbre? -preguntó Hood.
– Con un poco de suerte -contestó Siobhan cargándose la mochila.
Las ovejas los miraron saltar la cerca con alambre de espino en el que había prendidos mechones de lana gris. Hood ayudó a Siobhan y después él salvó el obstáculo de un salto apoyándose con una mano en uno de los postes.
– No hace mal día -dijo cuando atacaron la subida-. ¿Crees que Flip lo habría hecho sola?
– No lo sé -contestó Siobhan.
– Yo no creo que fuera de ésas. Seguro que al ver esta pendiente habría vuelto a su Golf GTi.
– Lo malo es que no tenía coche.
– Oportuna puntualización. ¿Cómo habría llegado aquí, entonces?
Lo que también era un dato importante, porque por aquellos alrededores no había ningún pueblo y sólo se veía alguna granja aquí y allá. El paraje estaba a sesenta kilómetros escasos de Edimburgo, pero la ciudad, desde allí, parecía un recuerdo lejano. Siobhan pensó que por aquel lugar no pasarían muchos autobuses. Si Flip había estado allí, habría necesitado ayuda.
– A lo mejor vino en taxi -dijo.
– No es un servicio fácil de olvidar.
– No. -Cierto que, a pesar del llamamiento público y de las fotos en la prensa, ningún taxista había informado de una carrera semejante-. Tal vez la acompañó una amiga, o alguien que aún no hemos localizado.
– Puede ser -dijo Hood no muy convencido.
Siobhan advirtió que iba ya sin aliento y que un minuto después se quitaba el chubasquero y se lo ponía debajo del brazo.
– No sé cómo tú puedes llevar tanta ropa -repuso, y ella entonces se quitó el gorro y abrió la cremallera del anorak.
– ¿Satisfecho?
Hood se encogió de hombros.
Llegados al tramo más abrupto, se vieron obligados a trepar con pies y manos con cuidado pues aquel terreno pedregoso cedía bajo su peso. Siobhan se detuvo a descansar sentada con las rodillas hacia arriba y bien apoyada en los talones; dio un sorbo de agua.
– ¿Ya te desfondas? -preguntó Hood, que la precedía unos tres metros.
Ella le ofreció la cantimplora, pero él negó con la cabeza y continuó ascendiendo. Siobhan advirtió que tenía el pelo bañado en sudor.
– Grant, no se trata de una carrera -gritó, pero él no respondió.
Reemprendió el ascenso medio minuto después y vio que Hood se había adelantado bastante. «Esto es trabajo en equipo», pensó. Grant era como tantos otros que había conocido: obcecado y seguramente incapaz de razonar las cosas. Se guiaba más bien por una especie de instinto, un impulso básico irracional.
En un tramo en que la pendiente era más suave, Hood hizo un alto para descansar, estirándose con las manos en la cadera y contemplando la vista. Siobhan vio que agachaba la cabeza para escupir, pero la saliva era excesivamente viscosa y le quedó colgando de la boca como un hilo; sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió. Ella, al llegar a su altura, le tendió la cantimplora.
– Toma -dijo, y él, algo remiso, aceptó dar un trago-. Empieza a nublarse -añadió Siobhan, que prestaba más interés al cielo que a la panorámica. Habían aparecido unas nubes espesas y negras. Era curioso cómo cambiaba el tiempo de un momento a otro en Escocia y, además, la temperatura había descendido tres o cuatro grados, tal vez más-. A ver si nos cae un chaparrón -dijo, mientras Hood asentía con la cabeza y le devolvía la cantimplora.
Siobhan consultó el reloj y vio que llevaban veinte minutos de subida, lo que significaba que seguramente estaban a quince minutos del coche, teniendo en cuenta que el descenso sería más rápido. Miró hacia arriba y calculó que les faltarían otros quince o veinte minutos para la cumbre. Hood jadeaba ruidosamente.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó Siobhan.
– Es un buen ejercicio -respondió él con voz ronca reanudando la escalada.
Vio que el sudor bañaba su sudadera azul oscuro. Seguro que no tardaría un minuto en quitársela para quedarse en camiseta justo cuando empezara a empeorar el tiempo. Efectivamente, ella vio que se detenía a quitársela.
– Comienza a hacer frío -dijo Siobhan.
– Pero yo tengo calor -repuso él atándose las mangas de la sudadera a la cintura.
– Ponte el chubasquero, por lo menos.
– Me asaría.
– Qué va.
Le pareció que iba a replicar, pero no lo hizo. Ella había vuelto a subirse la cremallera del anorak. Las nubes bajas y la niebla comenzaban a impedir la visibilidad del paisaje. O tal vez ya estaba lloviendo.
Cinco minutos más tarde empezó la lluvia. Al principio era fina, pero poco después comenzaron a caer gotas gruesas. Siobhan se puso el gorro y vio que Hood se enfundaba el chubasquero. Empezaron a soplar rachas de viento; Hood perdió pie y cayó sobre una rodilla, lanzando una maldición, pero siguió adelante cojeando y agarrándose la pierna.
– ¿Hacemos un alto? -preguntó ella, a sabiendas de que no respondería.
La lluvia arreciaba a pesar de que a lo lejos se veía ya el cielo azul. No duraría mucho. De todos modos, Siobhan tenía las piernas mojadas y los pantalones pegados a la piel. Oyó el ruido de chapoteo de las deportivas de Hood, pero él había puesto el piloto automático y miraba al vacío con la mente fija en llegar a la cima a toda costa.
Superaron un último repecho, la pendiente disminuyó notablemente y pronto alcanzaron la cumbre. La lluvia amainaba. A unos siete metros vieron un mojón de piedras. Siobhan sabía que los montañeros añadían a veces una piedra al llegar a la cima; ése sería seguramente su origen.
– Vaya, no hay bar -dijo Hood poniéndose en cuclillas a recobrar el aliento.
Había dejado de llover y un rayo de sol atravesó las nubes y bañó las colinas circundantes con un amarillo misterioso. Estaba temblando pero, como el agua había escurrido por el chubasquero empapándole la sudadera, no era cuestión de ponérsela. Sus vaqueros habían adquirido un color azul oscuro.
– Hay té caliente, si quieres -dijo Siobhan.
Él hizo un gesto afirmativo y ella le sirvió una taza. Hood lo tomó mirando el mojón.
– ¿Encontraremos algo terrorífico? -preguntó.
– Tal vez no encontremos nada.
Él asintió con la cabeza.
– Mira a ver -añadió.
Siobhan cerró el termo y se acercó al mojón. Dio la vuelta a su alrededor y comprobó que era un simple montón de piedras.
– Aquí no hay nada -dijo poniéndose en cuclillas para examinarlo mejor.
– Tiene que haber algo -repuso Hood levantándose y acercándose-. Tiene que haberlo.
– Pues si lo hay está bien escondido.
Hood tocó el mojón con el pie, lo derribó de una patada y se puso de rodillas a escarbar entre las piedras con cara de rabia y apretando los dientes. Enseguida, la pila de piedras había desaparecido. Siobhan, que había dejado de interesarse, miró a su alrededor por si había alguna otra posibilidad, pero no vio nada. Hood metió la mano en el bolsillo del chubasquero y sacó las dos bolsitas de plástico para pruebas que había llevado. Siobhan lo vio meterlas debajo de las piedras más grandes y ponerse a rehacer el monolito, que a media altura volvió a desmoronarse.
– Déjalo, Grant.
– ¡Qué mierda! -exclamó él.
– Grant -dijo ella con voz queda-, vuelve a nublarse. Vámonos.
Él no parecía muy dispuesto; se sentó con las piernas estiradas apoyado en los brazos hacia atrás.