– Ha sido un error -reconoció casi llorando.
Siobhan lo miró y comprendió que tendría que engatusarlo para iniciar el descenso. Estaba mojado, tiritando y como enajenado. Se agachó frente a él.
– Grant, tienes que sobreponerte -dijo apoyando las manos en sus rodillas-. Si me fallas, estamos perdidos. Formamos equipo, ¿recuerdas?
– Equipo -repitió él, mientras ella asentía con la cabeza.
– Así que vamos a actuar como un equipo marchándonos de aquí ahora mismo.
Hood le miró las manos y alargó las suyas cogiéndoselas, pero ella se puso en pie haciéndolo levantarse.
– Vamos, Grant.
Estaban de pie y él la miraba fijamente.
– ¿Recuerdas lo que dijiste cuando buscábamos aparcamiento cerca de Victoria Street? -preguntó.
– ¿Qué?
– Me preguntaste si siempre me atenía a las normas…
– Grant… -replicó ella tratando de mirarlo con simpatía en vez de con compasión-. No lo estropees -añadió en voz baja intentando soltarse de sus manos.
– ¿Estropear, qué? -inquirió él con voz de falsete.
– Formamos equipo -repitió Siobhan.
– ¿Ah, sí?
Él no dejaba de mirarla mientras ella asentía con la cabeza. Siguió haciendo aquel gesto y él le soltó poco a poco las manos. Siobhan echó a andar para iniciar el descenso y no había dado cinco pasos cuando él la adelantó a la carrera ladera abajo como un poseso, perdiendo pie un par de veces, pero recuperándose de un salto.
– No es granizo, ¿verdad? -lo oyó gritar finalmente.
Pero sí que lo era. Siobhan notaba las punzadas en la cara mientras seguía cuesta abajo tratando de alcanzarlo. Al saltar la cerca, a Hood se le enganchó el chubasquero en el alambre de espino y se le abrió una costura. La ayudó a saltar ruborizado y balbuciendo maldiciones.
Dentro del coche se quedaron sentados un minuto para recobrar el aliento, y comenzó a condensarse vaho en el cristal del parabrisas, así que Siobhan bajó su ventanilla. Había dejado de granizar y volvía a salir el sol.
– Maldito tiempo escocés -espetó Hood-. No es de extrañar que seamos unos resentidos.
– No me digas. Ni lo había notado.
Él lanzó un resoplido, pero sonrió. Siobhan lo miró esperando que todo hubiera pasado. Así lo parecía por su modo de actuar. Se quitó el anorak y lo echó en el asiento de atrás mientras él se quitaba el chubasquero. Su camiseta desprendía vapor. Siobhan sacó el portátil de debajo del asiento y conectó el móvil; la señal era débil, pero bastaría.
– Dile que es un cabrón -dijo Hood.
– Seguro que le encantaría -replicó ella comenzando a teclear un mensaje mientras él se inclinaba para leerlo.
«Acabo de subir al cerro del Cervato y no hay rastro de la siguiente clave. ¿Me he equivocado?»
Hizo clic en enviar y, mientras aguardaba, se sirvió un té. Hood trataba de despegar los vaqueros de las piernas.
– En cuanto arranquemos pondré la calefacción -dijo. Siobhan asintió con la cabeza y le ofreció otro té-. ¿A qué hora es la entrevista con el banquero?
Ella consultó el reloj.
– Tenemos dos horas por delante; nos da tiempo de ir a casa a cambiarnos.
– No debe de estar -dijo él mirando la pantalla.
Siobhan se encogió de hombros y él le dio a la llave de contacto. Rodaron en silencio a medida que el cielo iba despejándose, y enseguida vieron que había sido un aguacero local. Al llegar a Innerleithen, la carretera estaba seca.
– No sé si no habría sido mejor haber ido por la A 701 hasta la vertiente oeste. Habría sido más fácil subir.
– Ahora ya da igual -dijo Siobhan, consciente de que él seguía pensando en la montaña. El portátil anunció de pronto la recepción de un mensaje. Hizo clic en entrada, pero resultó ser un anuncio para un sitio porno-. No es el primero que recibo -explicó-. Qué harás tú con el ordenador…
– Los envían al azar -dijo él ruborizándose-. Deben de disponer de un programa que les señala cuándo estás en la red.
– Sí, claro.
– ¡Es verdad! -exclamó Hood.
– De acuerdo, de acuerdo. Te creo.
– Yo no haría eso nunca, Siobhan.
Ella asintió con la cabeza sin decir nada más. Estaban en las afueras de Edimburgo cuando llegó el anuncio de otro mensaje. Éste sí era de Programador. Hood detuvo el coche en el arcén.
– ¿Qué dice?
– Lee -dijo Siobhan volviendo hacia él la pantalla. Después de todo, eran un equipo…
«Del cerro del Cervato sólo quería el nombre. No había que escalarlo.»
– ¡Cabrón! -musitó Hood.
Siobhan tecleó la respuesta. «¿Lo sabía Flip?» La contestación tardó dos minutos. «Faltan dos pasos para Hellbank. Siguen claves en aproximadamente diez minutos. Tienes veinticuatro horas para resolverlas. ¿Quieres continuar?»
Ella miró a Hood.
– Dile que sí.
– Todavía no -replicó ella sosteniéndole la mirada-. Creo que ahora él depende tanto de nosotros como nosotros de él.
– ¿Podemos correr ese riesgo?
Pero Siobhan ya estaba tecleando: «Necesito saber si a Flip la ayudaba alguien. ¿Quién más jugaba?».
La respuesta fue inmediata: «Por última vez, ¿quieres seguir jugando?».
– No lo perdamos -dijo Hood.
– Sabía que iba a subir a esa montaña, seguramente del mismo modo que sabía que Flip no lo haría -explicó ella mordiéndose el labio inferior-. Creo que podemos apretarle un poco.
– Nos faltan dos claves para Hellbank, que es hasta donde Flip llegó.
Siobhan asintió con la cabeza despacio y comenzó a teclear: «Continúo hasta el siguiente nivel, pero, por favor, dime si a Flip la ayudaba alguien».
Hood se recostó en el asiento conteniendo la respiración. No contestaban y Siobhan consultó el reloj.
– Ha dicho diez minutos.
– Te gusta el juego, ¿verdad?
– ¿Qué es la vida sin un poco de riesgo?
– Una experiencia más tranquila y placentera.
– Habla el corredor de fondo -replicó ella.
Hood limpió el vaho del parabrisas.
– Si Flip no tuvo que subir al cerro del Cervato, a lo mejor no hizo ningún viaje. Quiero decir que tal vez resolviera el juego desde casa.
– ¿Con lo cual…?
– Con lo cual no habría ido a ningún lugar difícil.
– Quizá lo sepamos por la próxima clave.
– Si es que la hay.
– Hay que tener fe -dijo ella cantando.
– La fe para mí es eso: una canción de George Michael.
El portátil volvió a anunciar la entrada de otro mensaje, y Hood se inclinó para leerlo.
«El maíz aparece donde acabó el sueño del masón.»
Cuando aún estaban pensando en ello, llegó otro mensaje: «No creo que a Flip la ayudase nadie. ¿Te ayuda a ti alguien, Siobhan?».
Ella tecleó «No» e hizo clic en enviar.
– ¿Por qué no quieres que lo sepa? -preguntó Hood.
– Porque puede cambiar las reglas o enfadarse. Dice que Flip jugaba sola y quiero que piense lo mismo de mí -respondió Siobhan mirándolo-. ¿Hay algún problema?
Hood reflexionó un instante y negó con la cabeza.
– ¿Qué querrá decir esta clave?
– No tengo la menor idea. Supongo que tú no eres masón.
Hood volvió a negar con un gesto.
– No aprobé el ingreso. ¿Tienes tú idea de dónde podemos encontrar a un masón?
– ¿En la policía de Lothian y Borders? -replicó Siobhan sonriendo-. No creo que sea muy difícil.
Los ataúdes estaban en Saint Leonard, así como los informes de las autopsias, pero había un pequeño problema: el de Los Saltos lo tenía Steve Holly porque Bev Dodds se lo había entregado para hacer la foto. Así que Rebus decidió ir a ver al periodista; cogió la chaqueta y se acercó a la mesa de Ellen Wylie, donde ella miraba con cara de aburrimiento a Donald Devlin, que examinaba la documentación de una fina carpeta de papel Manila.