– No estoy muy seguro de entenderlo -dijo Devlin como perdido.
– Yo fui la encargada de organizar la exposición de ataúdes de Arthur's Seat.
Devlin enarcó las cejas.
– ¡Ah, qué interesante! ¿Existe alguna relación con la avalancha actual?
– No creo que se pueda denominar «avalancha» a la aparición de cinco ataúdes en treinta años -respondió Ellen Wylie.
Devlin quedó un tanto desconcertado, quizá porque nadie objetaba nunca su modo de hablar. Miró a Wylie y se volvió hacia Rebus.
– ¿Es que existe una conexión histórica?
– No lo sabemos. Es lo que intentamos averiguar.
Se abrió la puerta del fondo dando paso a un hombre de unos cincuenta años con traje oscuro, camisa blanca impecable y corbata gris brillante. Llevaba el cabello corto y canoso y su rostro era alargado y pálido.
– ¿Señor Hodges? -preguntó Rebus. El interpelado asintió con la cabeza casi haciendo una reverencia y Rebus estrechó su mano-. Hablé con usted por teléfono. Soy el inspector Rebus.
A continuación hizo el resto de presentaciones.
– Esta es una de las peticiones más curiosas que he recibido en mi vida, inspector -dijo casi en un susurro-. En cualquier caso, el señor Patullo los espera en su despacho. ¿Les apetece tomar un té?
Rebus aceptó complacido y Hodges los invitó a pasar.
– Como le expliqué por teléfono, inspector, en la actualidad la fabricación de féretros se basa prácticamente en lo que podríamos denominar producción en cadena. El señor Patullo es uno de esos artesanos excepcionales que aún los realiza por encargo. Nosotros utilizamos sus servicios hace muchos años, todos los que yo llevo en la empresa, desde luego.
El pasillo por donde Hodges los conducía estaba también forrado de madera, aunque sin luz natural, y terminaba ante una puerta. El hombre la abrió y los hizo pasar a un despacho espacioso, en el que todo estaba recogido y no había nada a la vista. Rebus se esperaba, si acaso, muestrarios de tarjetas de condolencia o catálogos de ataúdes, pero el único indicio de que formaba parte de una funeraria era la ausencia de detalle alguno. Era de lo más discreto. Quizá para que los clientes que entrasen allí olvidasen el objeto de la visita, porque, indudablemente, dedujo, no convendría en absoluto a los intereses de la funeraria que rompieran a llorar cada dos minutos.
– Los dejo con él -dijo Hodges cerrando la puerta.
Había sillas para todos, pero Patullo estaba de pie junto a una ventana de cristal esmerilado. Llevaba una gorra de tweed que sujetaba por el borde con unas manos de dedos nudosos y piel apergaminada. Rebus calculó que tendría más de setenta años. Conservaba un abundante cabello blanco y unos ojos límpidos aunque recelosos. Se mantenía erguido, si bien algo encorvado, y su mano tembló al estrechársela Rebus.
– Señor Patullo -dijo-, le agradezco enormemente su presencia.
El anciano se encogió de hombros y Rebus pasó a presentarles a todos antes de tomar asiento. Llevaba los ataúdes en una bolsa de supermercado, y los fue sacando y colocando sobre la impoluta superficie del escritorio del señor Hodges. Eran cuatro: el de Perth, el de Nairn, el de Glasgow y el más reciente de Los Saltos.
– Le agradecería que los examinara y nos dijera lo que observa en ellos -pidió Rebus.
– Observo que son ataúdes en miniatura -contestó Patullo con voz seca.
– Me refiero a su opinión como artesano.
Patullo se sacó unas gafas del bolsillo y se situó delante de los ataúdes.
– Cójalos si quiere -dijo Rebus, y el hombre lo hizo para examinar las tapas y las muñecas, estudiando los clavos.
– Son tachuelas de alfombra y clavos pequeños de carpintero -explicó-. Los machihembrados son muy toscos pero, claro, en un trabajo a esta escala…
– ¿Qué?
– Pues que no es de esperar que haya colas de milano perfectas. -Volvió a examinarlos-. ¿Quieren saber si los hizo un especialista en ataúdes? -Rebus asintió con la cabeza-. No creo. Se advierte cierta habilidad, pero falla algo. Las proporciones no son adecuadas. Son muy romboidales -añadió dándoles la vuelta para examinarlos por debajo-. ¿Ven ustedes aquí, donde marcó el contorno con lápiz?
– Rebus asintió con la cabeza.
– Los marcó y los cortó con una sierra, pero sin pasar la máquina de aplanar, sólo los lijó. ¿Desea saber si son obra de la misma persona? -añadió, mirando por encima de las gafas a Rebus, quien volvió a asentir-. Éste es algo más basto -dijo el hombre alzando el ataúd de Glasgow- y la madera es distinta, porque es de balsa y en los otros es de pino, pero los machihembrados son iguales y las medidas también.
– Entonces, ¿cree que son obra de la misma persona?
– No me jugaría la cabeza -replicó Patullo cogiendo otro de los ataúdes-. Mire, en éste las proporciones son distintas y la ensambladura es algo más tosca. O está hecho más de prisa o yo diría que es obra de otra persona.
Rebus miró el ataúd y vio que era el de Los Saltos.
– Entonces, ¿serían obra de dos personas? -preguntó Wylie y, como el anciano asintió, expulsó aire y puso los ojos en blanco. Dos culpables representaban el doble de trabajo y la mitad de posibilidades de llegar a una solución.
– ¿Serían imitación de un modelo? -aventuró Rebus.
– No podría asegurarlo -respondió el hombre.
– Con lo cual… -añadió Jean Burchill sacando de su bolsa de bandolera una caja de la que extrajo envuelto en papel de seda uno de los ataúdes de Arthur's Seat.
Rebus le había pedido que lo llevase y ella lo miró para darle a entender lo que le había dicho en el café, que estaba arriesgando su empleo, porque si descubrían que sacaba objetos del museo o si ocurría algún percance tendría que dimitir. Rebus hizo un gesto afirmativo, y ella se levantó y puso el ataúd en la mesa.
– Éste es bastante delicado -previno al anciano.
Devlin también se había levantado y Wylie se acercó para verlo mejor.
– ¡Dios mío! -exclamó Devlin con voz entrecortada-. ¿Es uno de los de…?
Jean Burchill asintió con la cabeza. Patullo, sin tocar el ataúd, se inclinó a mirarlo a la altura de la superficie de la mesa.
– Quisiéramos saber -dijo Rebus- si cree usted que ése podría ser el que ha servido de modelo a los demás.
Patullo se frotó una mejilla.
– Éste es un diseño mucho más sencillo, pero bien hecho; aunque los lados son excesivamente rectos. No es la forma de féretro que se lleva hoy. Han adornado la tapa con tachones. -Volvió a restregarse la mejilla y se incorporó apoyándose en la mesa-. No están copiados de él. Es cuanto puedo decir.
– Nunca había visto ninguno fuera del museo -dijo Devlin acercándose para ocupar el lugar de Patullo y sonriendo a Jean Burchill-. ¿Sabe que yo tengo una teoría sobre su autor?
– ¿Quién sería? -preguntó Burchill enarcando una ceja.
Devlin miró de nuevo a Rebus.
– ¿Recuerda el retrato del doctor Kennet Lovell que le mostré? -Rebus asintió con la cabeza y Devlin se volvió hacia Burchill-. Fue el anatomista que realizó la autopsia de Burke y sobre quien posteriormente recayó gran parte de culpabilidad en el caso.
– ¿Compraba cadáveres a Burke? -preguntó ella con interés.
Devlin negó con un gesto.
– No existen datos históricos que lo demuestren pero, como tantos anatomistas de la época, probablemente compraría los cadáveres sin hacer muchas preguntas sobre su procedencia. Lo curioso es -añadió pasándose la lengua por los labios- que el doctor Lovell se interesaba igualmente por la ebanistería.
– El profesor Devlin tiene una mesa hecha por él -dijo Rebus a Burchill.
– Lovell era un buen hombre y un buen cristiano -añadió Devlin.
– ¿Los haría como memorial mortuorio? -inquirió Burchill.
Devlin se encogió de hombros y miró a su alrededor.
– Yo no tengo pruebas, desde luego…