– Se refiere usted al señor Balfour -aventuró Siobhan.
Había una estantería llena de libros sobre construcción de maquetas y batallas y otras con cajas de plástico transparente llenas de tropas a la espera de entrar en combate.
– ¿Modifica usted alguna vez el resultado? -preguntó Siobhan.
– Eso forma parte de la estrategia -contestó Marr-. Se estudian los errores del vencido y así se intenta alterar la historia.
Siobhan advirtió un tono de entusiasmo en su voz y se acercó a un maniquí con uniforme. Había más uniformes, unos mejor conservados que otros, enmarcados con cristal en las paredes, pero no vio armas de ninguna clase.
– Éste es de la guerra de Crimea -dijo Marr señalando uno de los uniformes.
– ¿Juega usted contra otras personas? -preguntó Hood.
– A veces.
– ¿Acuden aquí?
– No, aquí nunca. Tengo un campo de batalla más grande en el garaje de casa.
– Entonces, ¿qué necesidad hay de tener otro aquí?
Marr sonrió.
– Me sirve para relajarme y me ayuda a pensar, las pocas veces que puedo hacer una pausa en el trabajo. ¿Cree que es algo infantil? -espetó.
– En absoluto -contestó Siobhan, no del todo sincera, pues a ella le parecía una afición algo machista y pueril, y advirtió que Grant Hood miraba aquellos soldaditos como un niño-. ¿Juega alguna vez de otra manera? -preguntó.
– ¿Qué quiere decir?
Ella se encogió de hombros como si lo hubiese dicho sin intención, por mantener la conversación.
– No sé -respondió-. Efectuando movimientos según instrucciones recibidas por correo. Me han dicho que hay ajedrecistas que juegan así. O bien por Internet.
Hood la miró captando lo que insinuaba.
– Conozco algunos sitios de Internet en los que se juega con una especie de cámara -dijo Marr.
– ¿Una cámara en la red? -aventuró Hood.
– Eso es. De ese modo es posible jugar de un continente a otro.
– ¿Lo ha hecho alguna vez?
– La tecnología no es mi fuerte.
Siobhan dirigió de nuevo su atención a la librería.
– ¿Ha oído hablar de un personaje llamado Gandalf?
– ¿Cuál de ellos?
Ella lo miró sin decir nada.
– Conozco dos: el mago de El señor de los anillos y un tipo bastante raro que tiene una tienda de juegos en Leith Walk.
– ¿Así que ha estado en esa tienda?
– He comprado algunas piezas durante años, pero generalmente las compro por correo.
– ¿Y por Internet?
Marr asintió con la cabeza.
– Un par de veces. Díganme: ¿quién les habló de esto?
– ¿De que le gustaban los juegos? -inquirió Hood.
– Sí.
– Ha tardado usted bastante en preguntarlo -dijo Siobhan.
– Se lo pregunto ahora -replicó Marr fulminándola con la mirada.
– Me temo no estar autorizada a decírselo.
Marr se mostró claramente contrariado, pero no hizo ninguna observación.
– ¿Acaso me equivoco si digo que el juego en que participaba Flip no tenía nada que ver con esto? -preguntó.
– Nada en absoluto, señor -contestó Siobhan.
Marr hizo un evidente gesto de alivio.
– ¿Se encuentra bien, señor? -inquirió Hood.
– Perfectamente. Es que… estamos todos bastante tensos por la desaparición.
– Lo comprendemos -dijo Siobhan y, tras echar un último vistazo al cuarto, añadió-: Bien, señor Marr, gracias por enseñarnos sus juguetes. No lo entretenemos más… Estoy segura de haber visto soldados igual que éstos en alguna parte. ¿No sería en el piso de David Costello? -preguntó casi a punto de dar media vuelta.
– Sí, creo que le di uno a David -repuso Marr-. ¿Fue él quien…? -comenzó a preguntar, pero se interrumpió negando con la cabeza-. Olvidaba que no están autorizados a contestar.
– Así es, señor -añadió Hood.
Cuando salían, Hood contuvo la risa.
– No le ha gustado nada que le dijeras «sus juguetes».
– Lo sé; por eso lo dije.
– No te molestes en abrir aquí una cuenta; seguro que te lo niegan.
– Conoce Internet, Grant -dijo ella sonriendo-. Y si le gusta esa clase de juegos tendrá una mente analítica.
– ¿Será Programador?
– No estoy segura. -Siobhan arrugó la nariz-. No veo qué interés podría tener para ello.
– Sí, quizá no mucho… -dijo Hood encogiéndose de hombros-, salvo el de hacerse con el control del banco.
– Sí, claro, siempre está ese móvil -admitió ella, pensando en el soldadito sin fusil y con la cabeza retorcida del piso de Costello. Un regalito de Ranald Marr…, pero el joven había afirmado que no tenía ni idea de dónde había salido. Sin embargo, después había llamado para mencionar la afición del banquero…
– Bueno -dijo Hood-, no hemos avanzado nada en la resolución de la clave.
Siobhan interrumpió por un instante sus pensamientos y se volvió hacia él.
– Grant, prométeme una cosa.
– ¿Qué?
– Que no vas a presentarte en mi apartamento a medianoche.
– No puedo prometértelo -replicó él-. Recuerda que trabajamos contrarreloj.
Ella lo miró, pensando en su reacción en lo alto del monte al cogerle las manos, pero ahora lo veía entregado, apasionado por la investigación.
– Prométemelo -repitió.
– De acuerdo. Te lo prometo -contestó él; después se volvió y le hizo un guiño.
En la comisaría, Siobhan se sentó en un váter y se miró la mano levantándola a la altura de los ojos. Le temblaba un poco. Era curioso cómo puede uno ser presa de estremecimiento interior sin que se note; pero sabía que su cuerpo lo manifestaba también de otro modo: sarpullidos o granos en el cuello y las mejillas, o aquel eczema que a veces le salía entre el pulgar y el índice de la mano izquierda.
Temblaba porque le costaba centrarse en lo fundamental. Era importante hacer bien el trabajo y también no cabrear a Gill Templer, pero ella no estaba tan endurecida como John Rebus. Aquel caso era importante y lo que le molestaba era no saber con certeza si Programador también lo era, aunque de una cosa estaba segura: el juego se estaba convirtiendo en una obsesión para ella. No hacía más que tratar de ponerse en el lugar de Flip Balfour y pensar como ella, pero era imposible saber si lo hacía bien. Además, estaba Grant, que cada vez le estorbaba más. Cierto que sin él no habría llegado muy lejos, por lo que también tenía su importancia contemporizar con él. No sabía con certeza si Programador era un hombre, aunque tenía la corazonada de que sí. Pero era un riesgo fiarse de las corazonadas; había visto a Rebus fastidiar más de un caso al fiarse de una corazonada respecto a la inocencia o la culpabilidad de una persona.
No dejaba de pensar en el cargo de enlace de prensa, diciéndose si no había quemado sus puentes. Gill debía su éxito al hecho de haber actuado como los jefes del cuerpo, hombres como Carswell, y aunque probablemente creyera habérsela jugado al sistema, a Siobhan le daba la impresión de que más bien el sistema se la había jugado a ella, moldeándola, cambiándola, amoldándola a su estructura de levantar barreras y guardar distancias, haciendo escarmentar a personas como Ellen Wylie.
Oyó la puerta y poco después llamaban discretamente con los nudillos en el cubículo.
– Siobhan, ¿estás ahí?
Era la voz de Dilys Gemmill, una agente de uniforme.
– ¿Qué sucede, Dilys?
– Es por lo de esta noche. ¿Vas a venir?
Era algo habitual. Cuatro o cinco agentes de uniforme y ella iban a un bar con música desenfrenada para hacer su tertulia tomando Moscow Mules, y ella era el único miembro honorífico de la policía secreta.
– No creo que pueda ir, Dilys.