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– Vamos, mujer.

– La próxima vez, seguro. ¿De acuerdo?

– Tú te lo pierdes -dijo Dilys saliendo de los servicios.

– No es para tanto -musitó Siobhan levantándose y abriendo la cabina.

* * *

Rebus permaneció delante de la iglesia, en la acera de enfrente. Después de ir a casa a cambiarse, ahora no se decidía a entrar. Era una iglesia modesta, como era el deseo de Leary, quien se lo había reiterado en sus conversaciones: «Quiero un funeral modesto, rápido y sencillo». Llegó un taxi, del que se bajó el doctor Curt, quien reparó en él al detenerse para abrocharse la chaqueta.

Aunque el templo era pequeño, la asistencia era numerosa. Oficiaba el arzobispo que había estudiado en el colegio escocés de Roma con Leary y habían acudido decenas de sacerdotes y miembros del clero. El público sería modesto, pero Rebus dudaba mucho que fuera rápido y sencillo.

Curt cruzó la calle y Rebus tiró la colilla al suelo y, al meterse las manos en los bolsillos, advirtió que tenía ceniza en la manga, pero no se molestó en sacudirla.

– Hace un día muy a tono -dijo Curt mirando el gris cárdeno del cielo nublado, que incluso en la calle producía una sensación de claustrofobia.

Rebus se pasó la mano por la nuca y notó que sudaba. En tardes como aquélla, Edimburgo era como una ciudad-prisión, amurallada.

Curt se estiró unos centímetros la manga de la camisa para que se vieran los gemelos de plata antiguos. Llevaba un traje azul oscuro con camisa blanca y corbata negra, y había lustrado sus zapatos negros. El patólogo iba siempre impecablemente vestido, y Rebus se dijo que su traje, pese a ser el mejor y más serio de su vestuario, era andrajoso comparado con el de Curt. Lo había comprado hacía seis o siete años en Austin Reed, y se había visto obligado a meter barriga para abrocharse los pantalones, sin pasársele por la imaginación abrocharse la chaqueta. Quizás era ya hora de reemplazarlo. Ya no lo invitaban a muchas bodas y bautizos, pero sí a funerales de colegas y clientes de los bares que él frecuentaba, que iban cayendo. Tan sólo tres semanas antes había asistido a la cremación de un agente uniformado de Saint Leonard que había muerto apenas un año después de jubilarse; concluida la ceremonia, había puesto en una percha la camisa, la misma que llevaba ahora previa comprobación de que el cuello estaba presentable.

– ¿Entramos? -preguntó Curt.

Rebus asintió con la cabeza.

– Sí, ahora entraré -dijo.

– ¿Qué sucede?

– Nada -respondió Rebus-. Es que no sé… -añadió sacando las manos de los bolsillos para coger el paquete de cigarrillos, del que ofreció uno a Curt, quien lo aceptó.

– ¿No sabes, qué? -preguntó el forense dándole fuego.

Rebus aguardó a encender el suyo, dio un par de caladas y expulsó humo con profusión.

– Es que quiero recordarle tal como lo conocí -dijo-. Y si entro ahí tendré que oír discursos y recuerdos de otras personas; no será el Conor que tengo en mi cabeza.

– Sí, fuisteis muy amigos en otra época -repuso Curt-, pero yo no lo conocía tanto.

– ¿Va a venir Gates? -preguntó Rebus.

– Tenía un compromiso -respondió Curt.

– La autopsia, ¿la habéis hecho vosotros?

– Murió de una hemorragia cerebral.

Seguía llegando gente a pie y en coche, y se paró otro taxi, del que bajó Donald Devlin. A Rebus le pareció atisbar una chaqueta de punto debajo de la del traje. El viejo profesor subió a buen paso la escalinata de la iglesia y cruzó la puerta.

– ¿Te ha servido de ayuda? -preguntó Curt.

– ¿Quién?

– El veterano -dijo Curt señalando con la cabeza el taxi.

– No mucho, pero ha hecho cuanto ha podido.

– Pues ha cumplido igual que Gates o yo hubiéramos hecho.

– Supongo -dijo Rebus pensando en Devlin inclinado sobre la mesa, examinando los informes, y en Ellen Wylie manteniendo las distancias.

– Estuvo casado, ¿verdad? -preguntó.

Curt asintió con la cabeza.

– Sí, es viudo. ¿Por qué lo dices?

– Realmente, por nada.

Curt consultó el reloj.

– Yo voy a entrar. ¿Vienes? -preguntó tirando el cigarrillo.

– No, creo que no.

– ¿Vendrás al cementerio?

– Creo que tampoco -contestó Rebus mirando las nubes-. Ya veremos.

– Hasta luego, pues -dijo Curt.

– Hasta la próxima vez que haya un homicidio -replicó Rebus dando media vuelta y alejándose.

En su mente se agolpaban imágenes de la sala de disección y de las autopsias; del bloque de madera que colocaban bajo la cabeza de los muertos; de los canalillos de la mesa para el drenaje de los líquidos corporales; del instrumental y de los especímenes en tarros; lo que le hizo pensar en los que había visto en el museo del Colegio de Médicos entre el horror y la fascinación. Sabía que algún día, tal vez no muy lejano, él también acabaría en la mesa de disección, quizá para que lo examinaran Curt y Gates: sería uno de sus cadáveres rutinarios, una rutina igual que la que en aquel momento tenía lugar en la iglesia de la que se alejaba. Imaginaba que parte de la misma se desarrollaría en latín: a Leary le gustaba mucho la misa en latín y solía recitarle trozos enteros porque sabía que él no lo entendía.

«¿Cuando tú eras niño no enseñaban latín?», preguntó en una ocasión a Rebus.

«Tal vez en los colegios de ricos -contestó él-. Al que yo fui sólo enseñaban carpintería y metalistería.»

«¿Formaban trabajadores para la religión de la industria?», había replicado Leary conteniendo la risa que pugnaba por salir de su pecho. Aquel era el sonido que Rebus recordaba, igual que aquel chasquido de la lengua cuando el cura consideraba que le decía alguna sandez, o el gruñido exagerado cuando se levantaba para coger otra Guinness de la nevera.

«Ah, Conor», exclamó agachando la cabeza para que los que pasaban por su lado no vieran las lágrimas que afloraban a sus ojos.

* * *

Siobhan hablaba por teléfono con Watson.

– Me alegro de oírla, Siobhan.

– Bueno, señor, llamo para pedirle un favor, y perdone que turbe su paz y tranquilidad.

– No crea que viene bien tanta paz y tranquilidad -replicó Watson riendo, aunque ella notó algo tras sus palabras.

– Es bueno seguir activo -añadió Siobhan, y enseguida hizo una mueca porque le sonó a respuesta de consultorio sentimental.

– Sí, eso dicen -dijo él riendo de nuevo, ahora con menos naturalidad-. ¿Qué nueva ocupación me sugiere?

– No lo sé -respondió ella rebulléndose en la silla al advertir el rumbo que tomaba la conversación. Grant Hood estaba sentado frente a ella en aquel sillón de Rebus, que le parecía recuperado del despacho de Watson-. ¿El golf, quizá?

Hood frunció el entrecejo preguntándose de qué diablos hablaba.

– Yo siempre he sostenido que donde esté un buen paseo… -dijo Watson.

– Ah, sí, pasear es bueno.

– ¿Verdad? Gracias por recordármelo.

Notaba el tono picajoso de Watson y no acababa de entender qué nervio sensible había tocado.

– En cuanto al favor… -empezó Siobhan.

– Sí, mejor será que me lo pida rápido antes de que me ponga las zapatillas de deporte.

– Es una especie de clave para un acertijo.

– ¿De un revoltigrama?

– No, señor. Es algo relacionado con el caso de una desaparecida, Philippa Balfour; ella trataba de resolver ciertas claves y nosotros intentamos hacer lo mismo.

– ¿Y en qué puedo yo ayudarlos? -preguntó Watson, más calmado, con cierto interés.

– Pues bien, señor, la clave dice: «El maíz aparece donde acaba el sueño del masón», y pensamos que se refiere a alguien que pertenece a la logia masónica.