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– También averigüé otra cosa -dijo casi con un estremecimiento y moviéndose ligeramente.

– ¿Qué?

Sacó una hoja de papel del bolsillo de atrás del pantalón y se la dio a Siobhan, que la desdobló. Era un recorte de prensa de hacía tres años relativo a un estudiante que había desaparecido de su casa, en Alemania. En un monte del norte de Escocia apareció un cadáver que llevaba allí varias semanas o meses, mutilado por los animales. Había sido una identificación difícil, pues no quedaban más que la piel y los huesos, y sólo concluyó cuando los padres del estudiante alemán ampliaron la búsqueda y fueron ellos quienes aseguraron que era su hijo Jürgen. Una sola bala había atravesado la cabeza del joven y a siete metros del cadáver se halló un revólver. La policía lo consideró suicidio, argumentando que el arma podía haber sido desplazada por una oveja o cualquier otro animal. Siobhan pensó que era plausible. Los padres, no obstante, no quedaron convencidos de que no hubieran asesinado a su hijo, pues el revólver no era suyo; nunca se descubrió de dónde procedía y la principal incógnita era cómo había ido a parar a las montañas de Escocia. Siobhan frunció el entrecejo y releyó el último párrafo:

«A Jürgen le gustaban los juegos de rol y pasaba horas seguidas navegando por Internet. Sus padres creen que es posible que participase en algún juego con trágicas consecuencias».

– ¿Esto es todo? -preguntó alzando el recorte.

Gandalf asintió con la cabeza.

– ¿De dónde lo sacó?

– Me lo dejó un conocido y tengo que devolvérselo -dijo estirando el brazo.

– ¿Por qué?

– Porque está escribiendo un libro sobre los peligros del correo electrónico. Por cierto, que quiere hacerle a usted una entrevista un día de éstos.

– Tal vez más adelante -dijo Siobhan doblando el recorte sin intención de devolvérselo-. Gandalf, necesito esto. Cuando termine se lo devolveré a su amigo.

Gandalf puso cara de decepción, como si Siobhan no hubiese cumplido su palabra en un trato.

– Le prometo que se lo devolveré cuando concluya la investigación.

– ¿No puede hacer una fotocopia?

Siobhan lanzó un suspiro. Esperaba poder darse el ansiado baño al cabo de una hora, tal vez con una ginebra con tónica en vez del vino.

– De acuerdo -contestó-. Vamos a la comisaría y…

– Aquí tiene fotocopiadora -dijo él señalando hacia el rincón donde estaba el dueño.

– De acuerdo, como quiera.

A Gandalf se le iluminó el rostro como si le hubieran dado la mayor de las alegrías.

El hombre se quedó en la tienda y ella volvió a la comisaría, donde encontró a Grant Hood, que acababa de hacer una pelota con otra hoja y la lanzaba a la papelera.

– ¿Algo nuevo? -preguntó ella.

– He estado dándoles vueltas a diversos anagramas.

– ¿Y qué?

– Nada. ¿Y si le decimos a Programador que estamos atascados?

– Casi se nos ha agotado el plazo -dijo Siobhan mirando otra hoja por encima de su hombro y viendo que había combinado diversos anagramas con las letras de «el sueño del masón».

– ¿Lo dejamos? -preguntó Hood.

– No sé…

Hood notó algo en su tono de voz.

– ¿Tienes algún dato?

– Gandalf me ha dado esto -respondió ella tendiéndole el artículo. Observó que lo leía moviendo despacio los labios y pensó si sería una costumbre.

– Interesante. ¿Indagamos?

– Yo creo que debemos hacerlo, ¿tú no?

Hood negó con la cabeza.

– Lo pasamos al expediente de la investigación del caso. Nosotros tenemos centrado el trabajo en esa maldita clave.

– ¿Pasarlo…? -exclamó ella pasmada-. Esto es nuestro, Grant. ¿Y si resulta crucial?

– Dios, Siobhan, recapacita. Es una investigación en la que intervienen muchas personas. No es algo «nuestro», no seas egoísta.

– No quiero que nadie se aproveche de nuestro esfuerzo.

– ¿Aunque ello signifique encontrar con vida a Flip Balfour?

– No seas idiota -dijo ella tras una pausa y torciendo el gesto.

– Todo eso es influencia de John Rebus, ¿verdad?

– ¿Cómo dices? -replicó ella encendida.

– Eso de querer quedártelo tú, como si la investigación fuese algo personal e intransferible.

– Gilipolleces.

– Sabes que sí. Lo leo en tu cara.

– No puedo creerme lo que estoy oyendo.

El se levantó y arrimó su cara a la de ella. Estaban solos en el departamento.

– Sabes perfectamente que es verdad -repitió Hood despacio.

– Oye, yo lo único que pretendía…

– … es que no quieres compartirlo y, si ése no es el estilo de Rebus, ya me dirás.

– ¿Sabes lo que te pasa a ti?

– Me da la impresión de que estoy a punto de saberlo.

– Que eres un cobarde y siempre actúas según las normas.

– Siobhan, eres una policía; no un detective privado.

– Y tú eres un cobarde con anteojeras que sólo mira al frente.

– ¡Los cobardes no llevan anteojeras! -replicó él entre dientes.

– ¡Tú sí las llevas! -vociferó ella.

– Vale -dijo él, algo más calmado-. Vale. Yo siempre cumplo las normas, ¿no es eso?

– Mira, yo sólo quería…

Hood la cogió por los brazos y la atrajo hacia sí para besarla. Siobhan se puso tensa y apartó la cara, pero como él no la soltaba optó por recostarse en la mesa.

– Me encanta ver tan buena compenetración en el trabajo -retumbó una voz desde la puerta.

Hood la soltó y Rebus entró en el cuarto.

– Por mí no os reprimáis -añadió-. Aunque yo no incurra en esos innovadores métodos policiales, no quiere decir que los censure.

– Estábamos… -empezó Hood.

Siobhan había rodeado la mesa y se dejó caer temblorosa en su sillón. Rebus se acercó.

– ¿Puedo cogerlo? -dijo señalando el sillón de Watson. Hood asintió con la cabeza y Rebus se lo llevó rodando hasta su mesa; advirtió que en la de Ellen Wylie estaban los informes de las autopsias atados de nuevo con cuerda y pensó que era para devolverlos-. ¿Os dio Watson alguna solución? -preguntó.

– Aún no ha llamado -respondió ella, tratando de dominar su voz-. Estaba a punto de hacerlo yo.

– Sí, acabo de verlo.

– Creo -replicó ella sin alzar la voz aunque el corazón le latía aceleradamente- que ha habido un malentendido sobre lo que sucedía…

Rebus alzó una mano.

– Efectivamente, Siobhan. Yo no quiero saber nada. No se hable más.

– Pero yo creo que sí que hay que explicarlo -replicó ella alzando la voz y dirigiendo la vista hacia donde estaba Hood, que ya se había acoquinado y desviaba la mirada.

Siobhan comprendió que estaba avergonzado y atemorizado: el jovencito ingenioso, con un coche rápido, aficionado a los aparatitos de última generación… Casi le daban ganas de beberse una botella entera de ginebra sin baño ni nada.

– ¿Sí? -dijo Rebus, ahora realmente intrigado.

«Podría hundir tu carrera ahora mismo, Grant», pensó Siobhan, pero dijo:

– No, nada.

Rebus la miró, pero ella no alzó la vista de los papeles que tenía en la mesa.

– ¿Y tú dices algo, Grant? -inquirió Rebus en tono de guasa, sentándose.

– ¿Cómo? -dijo Hood ruborizándose.

– Que si has resuelto algo de la última clave.

– No mucho, señor -respondió él agarrado con fuerza al borde de una de las mesas.

– ¿Y tú? -preguntó Siobhan moviéndose en su asiento.

– ¿Yo? -respondió Rebus dándose unos golpecitos en los nudillos con el bolígrafo-. Creo que hoy he extraído la raíz cuadrada de cero -añadió dejando el bolígrafo-. Por eso os invito.

– ¿Ya has tomado un par de copas? -preguntó Siobhan.

– Unas cuantas -dijo él entornando los ojos-. Han enterrado a un amigo y estoy pensando en mi velatorio particular esta noche. Si queréis acompañarme, estupendo.