– ¿No le explicó qué significaba?
– Ya le digo que…
– Me refiero a si era la clave de un concurso.
Claire Benzie negó con la cabeza.
– Yo pensé…, bueno, no sé lo que pensé.
– ¿Había alguien más?
– No, en el bar no. Yo estaba tomando unas copas cuando entró ella corriendo.
– ¿Cree que se lo contó a alguien más?
– Que yo sepa, no.
– ¿No le explicó nada sobre las otras claves? -inquirió Siobhan señalando la hoja y sintiendo un enorme desahogo por haber descubierto las mismas soluciones que Flip, pues temía que Programador le estuviera planteando a ella acertijos distintos, preguntas específicas para ella. Se sentía más solidaria con la fallecida.
– ¿Tiene algo que ver este juego con su muerte? -preguntó la joven.
– Aún no lo sabemos -contestó Rebus.
– ¿Y no hay sospechosos o alguna pista?
– Pistas, muchas -respondió Rebus sin vacilación-. Ha dicho que piensa que David Costello era arrogante. ¿Alguna vez se excedió en arrogancia?
– ¿A qué se refiere?
– Hemos sabido que hubo sonadas rupturas entre Flip y él.
– Eran tal para cual -respondió la joven; calló de pronto y miró al vacío. Rebus lamentó una vez más no ser capaz de leerle el pensamiento-. La estrangularon, ¿verdad?
– Sí.
– Por lo que he aprendido en las clases de medicina forense, las víctimas se resisten, arañando, mordiendo y dando patadas.
– Siempre que no hayan perdido el conocimiento -dijo Rebus.
Claire cerró un instante los ojos y al abrirlos vieron que los tenía bañados en lágrimas.
– Por presión sobre la carótida -añadió Rebus.
– ¿Que causó un hematoma ante mórtem? -preguntó la joven como si leyera un libro de texto.
Siobhan asintió con la cabeza.
– Me parece que fue ayer cuando íbamos juntas al colegio.
– ¿En Edimburgo? -inquirió Rebus, y aguardó a que ella respondiera afirmativamente. En el primer interrogatorio sólo habían tratado de su pasado en lo estrictamente relacionado con Flip-. ¿Es donde viven sus padres?
– Ahora. Antes vivíamos en Causland.
– ¿En Causland? -dijo Rebus pensativo porque le sonaba el nombre.
– Es un pueblo, bueno…, más bien una aldea a unos dos kilómetros de Los Saltos.
Rebus se aferró a los brazos del sillón del doctor Curt.
– Ah. ¿Ha estado usted en Los Saltos? -preguntó.
– Hace tiempo.
– ¿Y en Los Enebros, la casa de los Balfour?
– Alguna vez; más como invitada que como visitante asidua.
– ¿Su familia se marchó después de allí?
– Sí.
– ¿Por qué?
– Porque mi padre… -No acabó la frase-. Tuvimos que mudarnos a causa de su trabajo.
Siobhan y Rebus cruzaron una mirada. No era lo que había estado a punto de contestar.
– ¿Fue alguna vez con Flip a ver la cascada? -preguntó Rebus sin darle importancia.
– ¿La conoce usted?
– He estado allí un par de veces -respondió Rebus asintiendo con un gesto.
– Nosotras solíamos ir a jugar a aquel lugar. -La chica sonrió con la mirada perdida-. Decíamos que era nuestro reino encantado y lo llamábamos la vida eterna. Si hubiésemos sabido…
Dejó otra vez la frase inconclusa y Siobhan se acercó a consolarla mientras Rebus salía al despacho exterior para pedir un vaso de agua a la secretaria. Cuando entró de nuevo, vio que Siobhan estaba agachada a su lado con una mano en el hombro de Claire y que la joven se sobreponía. Rebus le ofreció el vaso de agua y ella se enjugó la nariz con un pañuelo de papel.
– Gracias -dijo.
– Creo que, de momento, eso es todo -explicó Siobhan, y Rebus hizo un gesto afirmativo, aunque en su interior disentía-. Nos ha sido de gran ayuda, Claire.
– ¿De verdad?
Fue Siobhan quien esta vez dijo que sí.
– Tal vez volvamos a hablar con usted, si no tiene inconveniente.
– Muy bien, cuando quieran.
– Si no estoy en el despacho -añadió Siobhan tendiéndole su tarjeta-, puede localizarme por el busca.
– De acuerdo -dijo la joven apuntando el número en una de las carpetas.
– ¿Se encuentra bien?
Claire asintió con un gesto y apretó las carpetas contra el pecho.
– Tengo una clase que no quiero perderme -dijo.
– Nos ha contado el doctor Curt que es usted pariente de Kennet Lovell -terció Rebus.
La joven lo miró.
– Por parte de madre -explicó haciendo una pausa como si esperase otra pregunta de él.
– Gracias, de nuevo -repitió Siobhan.
La vieron ponerse en pie para marcharse mientras Rebus sostenía el picaporte.
– Una cosa, Claire -dijo.
– ¿Sí? -La joven se detuvo frente a él.
– Nos ha dicho que había estado en Los Saltos alguna vez. ¿Quiere eso decir que no ha estado allí hace poco? -preguntó Rebus.
– Quizá de paso.
Rebus movió la cabeza asintiendo y ella dio un nuevo paso para irse.
– Pero conoce a Beverly Dodds -añadió Rebus.
– ¿Quién?
– Creo que es la autora de esa pulsera que lleva.
La joven alzó el antebrazo.
– ¿Esto? -Era una pulsera muy parecida a la que Jean Burchill había comprado, con piedras pulimentadas ensartadas-. Es un regalo de Flip. Me dijo que tenía no sé qué cualidades «mágicas» -añadió encogiéndose de hombros-. No es que yo crea en ello, desde luego…
Rebus la miró por un instante mientras se alejaba y cerró después la puerta.
– ¿Tú qué crees? -dijo volviendo al despacho.
– No lo sé -respondió Siobhan.
– Un poco teatrera, ¿no?
– Las lágrimas parecían auténticas.
– Normal en una buena actriz.
– Si realmente es la asesina, lo disimula muy bien -dijo Siobhan sentándose en la silla que había ocupado la joven.
– «Seven fins high». Supongamos que Flip no se lo dijo en ningún bar y que Claire conocía el significado.
– ¿Porque es Programador? -preguntó Siobhan negando con la cabeza.
– U otra participante del juego -añadió Rebus.
– ¿Y por qué iba a arriesgarse a decírnoslo?
– Porque… -Pero Rebus no encontraba una respuesta.
– ¿Sabes en qué estoy pensando?
– En lo del padre -dijo Rebus.
– Algo se calló -añadió Siobhan asintiendo con la cabeza.
– ¿Por qué se marcharían de allí?
Siobhan reflexionó un instante sin encontrarle una explicación concreta.
– Quizá lo averigüemos en su colegio -dijo Rebus.
Mientras ella iba a pedir a la secretaria el listín telefónico, él aprovechó para llamar a Bev Dodds, que contestó al sexto timbrazo.
– Soy el inspector Rebus -dijo.
– Inspector, en este momento estoy algo ocupada…
Rebus oyó voces, y pensó que serían turistas que miraban las cerámicas.
– Creo que no le pregunté si conocía a Philippa Balfour -dijo.
– ¿Ah, no?
– ¿Le importa que se lo pregunte ahora?
– En absoluto. -Una pausa-. La respuesta es no.
– ¿No la había visto nunca?
– Nunca. ¿Por qué lo pregunta?
– Porque una amiga suya lleva una pulsera, dice que es un regalo de Philippa, y yo creo que es una de las suyas.
– Es posible.
– ¿No se la vendió usted a Philippa Balfour?
– Si es de las que yo hago, probablemente la compraría en alguna tienda. En Haddington hay una de artesanía que vende cosas mías, y en Edimburgo hay otra.
– ¿Cómo se llama la de Edimburgo?
– Wiccan. Está en Jeffrey Street. Bien, ahora si no le importa…
Pero Rebus ya había colgado. Siobhan regresó con el número del antiguo colegio de Flip y fue él quien hizo la llamada, conectando el altavoz para que ella escuchara. La directora había sido profesora en la época en que Claire y Flip eran alumnas.