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Una vez que hubo salido, Bain volvió a arrimar la silla al lado de Siobhan y se sentó.

– Crees que es él, ¿verdad? -preguntó Bain pausadamente.

Ella asintió mirando a la puerta por la que había salido el banquero. Luego hundió los hombros, cerró los ojos y se los restregó.

– La verdad es que no tengo el menor indicio.

– Ni pruebas.

Ella hizo un gesto afirmativo sin abrir los ojos.

– ¿Es una corazonada? -insistió él.

– Pero no voy a dejarme llevar por ella -respondió Siobhan abriendo los ojos.

– Me alegro de que lo digas -añadió Bain sonriendo-. No estaría nada mal tener alguna prueba, ¿verdad?

Sonó el teléfono, pero ella seguía como en un sueño y fue Bain quien contestó. Era un agente de la Brigada Especial llamado Black que le preguntó si hablaba con la persona indicada; Bain le aseguró que sí y el de la Especial le preguntó si sabía mucho de ordenadores.

– Un poco.

– Estupendo. ¿Tiene la máquina delante?

Bain contestó que efectivamente y el otro le fue dictando explicaciones. Al colgar, al cabo de cinco minutos, Bain espiró ruidosamente.

– No sé qué tendrán los de la Brigada Especial, pero siempre hacen que me sienta como un niño de cinco años el primer día de clase -dijo.

– A mí me ha parecido que le contestabas muy bien -opinó Siobhan-. ¿Qué querían?

– Una copia de todos los mensajes entre Programador y tú, además de los datos sobre el servidor de Philippa Balfour con nombres de usuario, y lo mismo en tu caso.

– Con la salvedad de que la máquina es de Grant Hood -dijo Siobhan tocando el portátil.

– Bueno, pues los datos de su cuenta. -Hizo una pausa-. Black me ha preguntado si había algún sospechoso.

– ¿Le has dicho algo?

Bain negó con la cabeza.

– Pero podemos darle el nombre de Marr, e incluso su dirección de correo electrónico.

– ¿Serviría de algo?

– Tal vez. ¿Sabes que los norteamericanos pueden leer los mensajes electrónicos a través de satélite? Cualquier mensaje en cualquier parte del mundo… -Ella lo miró y Bain se echó a reír-. No te aseguro que la Brigada Especial disponga de esa tecnología, pero nunca se sabe, ¿no crees?

Siobhan reflexionó un instante.

– Pues dales lo que tenemos, más el nombre de Ranald Marr.

El portátil les avisó de que había un mensaje. Siobhan lo abrió y era de Programador.

«Buscadora. Nos vemos cuando completes Oclusión. ¿Aceptable?»

– Vaya, vaya. Te lo está pidiendo -dijo Bain.

«Entonces, ¿no está cerrado el juego?», tecleó Siobhan como respuesta.

«Dispensa especial.»

Siobhan volvió a teclear:

«Hay preguntas que requieren respuesta inmediata».

«Pregunta, buscadora.»

«¿Había alguien más en el juego aparte de Flip?»

Aguardaron un minuto a que respondiera.

«Sí.»

– Antes dijo que no había nadie -recordó Siobhan mirando a Bain.

– Pues mentía, o miente ahora. Que tú vuelvas a preguntarlo me hace pensar que no te lo habías creído.

Siobhan tecleó:

«¿Cuántos más?»

«Tres.»

«¿Unos contra otros? ¿Lo sabían?»

«Lo sabían.»

«¿Sabían contra quién jugaban?»

Hubo una pausa de medio minuto.

«Ni mucho menos.»

– ¿Verdadero o falso? -preguntó Siobhan a Bain.

– En lo único en que estaba pensando es en si al señor Marr le habrá dado tiempo de volver a su despacho.

– No me extrañaría que una persona como él tuviera portátil y móvil en el coche sólo para tener ventaja en el juego -opinó Siobhan.

– Puedo llamar al banco… -dijo Bain estirando el brazo hacia el teléfono mientras ella le dictaba el número-. Con el despacho del señor Marr, por favor -pidió Bain-. ¿Es la secretaria del señor Marr? Aquí el agente Bain de la Policía de Lothian. ¿Podría hablar con el señor Marr? -añadió mirando a Siobhan-. ¿Que está a punto de regresar? Ah, ¿no sería posible comunicar con él en el coche? Allí no tendrá acceso al correo electrónico, ¿verdad? -Una pausa-. No, no se moleste, gracias. Volveré a llamar más tarde.

– En el coche no tiene correo electrónico -dijo.

– Que la secretaria sepa -replicó Siobhan.

Bain asintió con la cabeza.

– Ahora basta con un teléfono -prosiguió ella, que estaba pensando en un WAP como el de Grant, y sin saber cómo, su mente voló a aquella mañana en Elephant House… Grant atareado terminando el crucigrama para impresionar a la mujer de la mesa de al lado… Siobhan se puso a teclear otro mensaje:

«¿Puedes decirme quiénes eran? ¿Sabes quiénes eran?»

La respuesta fue inmediata:

«No».

«¿No puedes o no sabes?»

«Las dos cosas. Espera a Oclusión.»

«Una cosa más, Programador. ¿Por qué elegiste a Flip?»

«Fue ella quien vino a mí. Igual que tú.»

«Pero ¿cómo te encontró?»

«Dentro de poco recibirás la clave para Oclusión.»

– Me parece que se ha hartado -dijo Bain-. Probablemente no está acostumbrado a objeciones de sus esclavos.

Siobhan pensó en reanudar el diálogo, pero finalmente asintió con la cabeza.

– Me parece que yo no estoy a la altura de Grant Hood -añadió Bain-. En lo de los acertijos -precisó al ver que ella fruncía el entrecejo desconcertada.

– Bueno, ya lo veremos.

– De momento puedo enviar rápidamente el material a la Brigada Especial.

– Perfecto -dijo Siobhan sonriente, volviendo a pensar en Grant.

Sin él no habría llegado tan lejos, pero desde su traslado por el nuevo cargo no había vuelto a interesarse lo más mínimo; ni siquiera había llamado para saber si tenía alguna clave que resolver… Ella no entendía semejante capacidad para cambiar tan radicalmente de intereses. Aquel Grant que había aparecido en la tele, qué distinto era del que se había presentado a medianoche en su piso, del que había perdido los estribos en el cerro del Cervato. Ella sabía muy bien cuál de los dos prefería, y no era por celos profesionales. También había aprendido una cosa sobre Gill Templer. Gill huía hacia delante atemorizada, aterrada de que su nuevo cargo la obligase a sancionar a los jóvenes, y trataba de localizar a los más capaces en quienes pudiera confiar, tal vez porque carecía de confianza en sí misma. Desde luego, ella esperaba que fuese algo pasajero. Se lo rogaba al cielo.

Ojalá que cuando llegase Oclusión, el ocupado Grant dispusiera de unos minutos para la antigua compañera, le gustase o no a su nueva protectora.

* * *

Grant Hood pasó la mañana ocupado con la prensa, dando los últimos retoques al comunicado del día que debía presentar más tarde -esperaba que esta vez mereciese la aprobación de Gill Templer y de Carswell-, y hablando por teléfono con el padre de la víctima, enfadado por el poco tiempo que se dedicaba en los programas a los llamamientos públicos pidiendo información sobre el caso.

«¿Por qué no lo difunden en Crimewatch?», había preguntado en varias ocasiones. Personalmente, a Hood le parecía una idea excelente y llamó a la BBC de Edimburgo, donde consiguió un número de Glasgow y, allí, un número de Londres, donde la centralita pasó su llamada a un investigador del programa, quien le dijo, en un tono que daba entender que cualquier oficial de enlace que se preciara tenía que saberlo, que el programa no saldría otra vez a antena hasta al cabo de unos meses.

– Ah, es cierto; gracias -dijo Hood, y colgó.

No había tenido tiempo de almorzar y su desayuno había consistido en un panecillo de tocino en la cantina; ya hacía casi seis horas. Veía que todo era política a su alrededor: la política de la Jefatura Superior de Policía. Existía cierto acuerdo entre Carswell y Gill Templer, pero sólo en algunas cosas, y él se encontraba en medio en la cuerda floja. Carswell era quien mandaba, pero su jefa era Templer y podía darle la patada en cualquier momento. Su trabajo consistía en no darle motivos para ello.