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– Otra cosa -dijo ahora-. No me acabo de creer toda esa historia de Vietnam.

– ¿Cómo es eso?

– Es una excusa demasiado manida. Parece que todo el mundo quiere culpar a esa maldita guerra de todo: la economía, la recesión, la inflación. Todo es culpa de Vietnam. El Watergate, el maldito presidente. Vietnam, dicen. Ahora este tipo piensa que puede ir por ahí matando gente y achacarle sus crímenes a la guerra. No lo veo lógico. Tu tío pasó momentos muy duros en la guerra. Fueron tiempos muy difíciles. Y cuando regresó, no se puso a matar gente.

– Excepto a sí mismo.

Las palabras brotaron de mi boca antes de que pudiera contenerlas. Mi padre vaciló.

– Sí, tal vez sea verdad.

Entonces le pregunté por mi madre, mi hermano y mi hermana, y conversamos durante un rato. Antes de colgar me aconsejó:

– No te vuelvas demasiado dependiente de ese tipo, y ten mucho cuidado.

Comprendí la segunda parte del mensaje, pero no la primera.

Esa noche, en la cama, Christine intentó disculparse por no mostrarse muy comprensiva conmigo los últimos días. Me explicó que la proximidad del asesino la preocupaba demasiado. Luego apoyó las manos sobre mi pecho y comenzó a acariciarme lenta, hábilmente. Finalmente me atrajo sobre sí y, con el mismo movimiento, dentro de sí, tomando el control de la relación sexual. Después se durmió, pero yo me quedé inquieto. Recordé las conversaciones con el psiquiatra, con el hermano de la víctima, con mi padre. Me acerqué a la ventana y miré al exterior. Más allá de los árboles, entreví la calle vacía. A lo lejos oí una sirena, cuyo aullido lastimero ahogaba el zumbido de los insectos nocturnos. Las luces callejeras brillaban débilmente, y la de la luna, más intensa, lo bañaba todo en un resplandor pálido. Pensé en la ciudad iluminada por la luna, y me pregunté si el asesino también estaría despierto.

Vislumbré a un hombre que caminaba lentamente por la calle. Observé su silueta en la oscuridad. Parecía estar buscando una dirección y se detuvo cerca de la fachada de mi edificio. Alzó la mirada, pero nuestros ojos no se encontraron. Luego se alejó despacio) sin dejar de mirar. Lo seguí con la vista hasta que desapareció tras el brillo amarillento de una farola. Pensé en el teléfono de mi escritorio, en la oficina, y me pregunté si volvería a sonar.

Entonces comprendí que quería que el asesino llamara. Imaginé la serie de artículos, los destellos de las cámaras frente a mis ojos, los micrófonos ante mi boca. Reí en voz alta ante la novedad de todo aquello.

Llama, maldito seas, pensé.

Haz lo que tengas que hacer, pero llama.

Pero no llamó. Durante tres días, el teléfono permaneció mudo. Escribí dos artículos: uno sobre la investigación policial, con un perfil de Martínez y Wilson; el otro sobre las reacciones de gente de la calle. Al tercer día, Nolan se acercó y dijo:

– Diablos, creo que el asesino no aguantaba el calor y se ha ido de viaje. -Miró la grabadora, aún conectada a mi teléfono-. Veremos.

El timbre del teléfono me sobresaltó.

Aguardé un instante; dejé que sonara una, dos veces, lo levanté en mitad de la tercera.

– Anderson, Journal.

Silencio.

Me puse tenso y comprobé que la grabadora estuviese funcionando bien. Tomé aliento y repetí el saludo. Oía una respiración. Agarré un lápiz y una hoja de papel.

– ¿Quién es? -pregunté.

Y entonces oí una risita aguda.

– ¡Christine!

– Lo has adivinado -dijo.

– ¡Maldición! ¿Qué pasa contigo? -Apagué la grabadora-. ¿Por qué haces esto?

– Oh, trata de calmarte un poco, ¿quieres?

– Joder, Christine, esto es algo serio.

Estaba furioso. Mientras hablaba descargué varios golpes sobre el escritorio con el puño apretado para subrayar mis palabras.

– Lo sé, lo sé -respondió-. Lo siento. Es sólo que… bueno, estás tan inmerso en todo esto… Sólo quería que… no lo sé… que no te lo tomaras tan en serio.

– ¡Es que es un asunto muy serio! Maldición, llevas días con la misma cantinela.

– Lo sé -dijo-. Pero eso no es lo único que te importa, ¿verdad?

– En estos momentos, no hay mucho más.

– No digas eso. -Su voz se había apagado un poco-. Oh, Malcolm, no es el fin del mundo. Es sólo otra noticia. Tú mismo lo dijiste.

– Pues entonces me equivoqué.

– Hipócrita.

No era un exabrupto, sino, más bien, la constatación de un hecho. Sentí que los músculos de mi cuello y mi espalda se relajaban.

– Lo soy -admití-. Tienes razón.

– Lo siento -se disculpó-. No debería haberte llamado así. Pero parece que no puedes apartar la mente de eso, ni siquiera por un momento.

Había tristeza en cada palabra.

– No pasa nada -dije.

Entonces colgó y yo me concentré de nuevo en mi trabajo. Estaba nervioso, sudando. El teléfono sonó varias veces más. En cada ocasión, yo extendía la mano, como alguien que se ahoga e intenta agarrarse a una cuerda. Apenas podía disimular la decepción cuando comprobaba que no se trataba del asesino. Esa noche, en casa, Christine me observó mientras yo atendía una llamada telefónica; en un instante, mi cuerpo se tensó; momentos después, frustrado, colgué el auricular de un golpe.

– Me alegro -comentó-; nadie ha muerto.

Puso algo de música en el estéreo, música country.

Me hizo levantarme del sillón y comenzó a bailar alrededor de mí.

– «Do, si, do -canturreaba-. Un paso a la derecha, un paso a la izquierda. Saluda a tu pareja. Giro a la derecha, giro a la izquierda.»

Yo estaba de pie en el centro de la habitación mientras ella daba vueltas en torno a mí sin soltarme la mano.

– Oh, vamos -me rogó-. Trata de relajarte. Sólo un poco.

Se detuvo y me abrazó.

– «Quédate junto a tu hombre» -cantó, aunque la letra no concordaba con la música.

Entonces, incapaz de contenerme, dejé escapar una carcajada. En su rostro se dibujó una amplia sonrisa.

– Vaya -exclamó-. ¡Eh, fijaos! ¡La octava maravilla del mundo! ¡Aquí, en nuestra sala! ¡El gran periodista cara de piedra, alias «Sólo los hechos, señora, sólo los hechos», ha sonreído! ¡Todo un hito en la historia médica!

Y nos reímos juntos.

Pero esa noche, en la cama, con Christine dormida a mi lado, yo no podía pensar más que en el asesino. Intenté enviarle un mensaje telepático: llama, maldición, aunque sea para anunciar que todo ha terminado. Extendí la mano y le acaricié la espalda a Christine; ella emitió un leve gemido y cambió de posición. «Ambos -pensé- somos amantes desdeñados.»

La tarde del día siguiente, mientras el cielo cambiaba de color y el calor comenzaba a remitir, el teléfono volvió a sonar. Era la cuarta llamada sucesiva; había recibido dos de un par de chiflados y una de un político. Contesté, irritado.

– Anderson -dije, mientras encendía la grabadora y mantenía el dedo sobre la tecla, listo para apagada de inmediato.