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Había sangre por todas partes: en las paredes, el suelo, el sofá, las alfombras, el resto de los muebles. En una de las paredes había un enorme espejo. En él, escritos con sangre marrón oscura, estaban los números dos y tres. A primera vista, parecía la escritura de un niño.

Los dos ancianos yacían en el suelo, uno junto al otro. Estaban desnudos. Bajo su cabeza se había formado un charco de sangre seca. En un rincón, vi una esponja común y corriente, apenas reconocible, pero del mismo color. Los dos cadáveres estaban abotagados y rígidos.

– Dios mío -murmuró Martínez.

Estaba detrás de mí. Porter se acercó la cámara a los ojos una vez y luego la bajó. Se esforzó por recobrar la compostura y levantó de nuevo la cámara. Esta vez el resplandor del flash iluminó la habitación. Oí que el motor de la cámara hacía correr la película con un zumbido veloz. El flash destelló otra vez, luego otra, y después una cuarta. Wilson se dio la vuelta, furioso.

– Basta de fotos -farfulló-. Por Dios, miren este lugar. -Se volvió hacia mí-. Echad una buena ojeada, luego salid y dejad trabajar a los técnicos. No es muy agradable, ¿verdad?

No le respondí. Obligué a mi mente a concentrarse en los detalles de esas muertes. Tomé nota de la posición de los cuerpos y las manchas de sangre. Tenían las manos atadas, al igual que la muchacha. Había un cuadro de un ave en pleno vuelo, una gaviota sobre las olas. Observé los muebles antiguos, las chucherías y los recuerdos de toda una vida. Luego le hice una seña a Porter.

– Está bien.

Una vez fuera, aspiré el aire fresco a grandes bocanadas, notando el sabor del mar, sacudiendo la cabeza para deshacerme del olor.

Porter comenzó a moverse de un lado a otro, fotografiando a los policías que entraban y salían. Me percaté de que varios ancianos habían salido de sus casas para mirar. A lo lejos, oí sirenas, tal vez de la policía local, de ambulancias o del forense. Probablemente se trataba de mandamases de la policía. Me dirigí al buzón de la pareja de ancianos. Había una carta enviada desde la ciudad de Nueva York. Los nombres correspondían a los que había hallado en la guía telefónica.

– Son ellos -dije a Nolan por la radio del coche. Oí interferencias por unos instantes, y luego su voz.

– ¿Y?

– Bien muertos. Desde hace al menos un par de días. Tal vez más. La peste era increíble. Estaban desnudos y había sangre por todas partes. Me han entrado náuseas.

– Dios mío. -Por un momento me extrañó que reaccionara igual que todos, invocando el mismo nombre-. Habla con los vecinos; trata de averiguar quiénes eran, ya sabes a qué me refiero. Retrasaremos el cierre de edición, así que avísame lo antes posible.

La radio se apagó. Al volverme, vi que había llegado el forense. Me avistó y me saludó desde lejos.

– Tenemos que dejar de encontrarnos en estas circunstancias -comentó, sonriendo.

Entró en la casa. Yo tomé mi libreta y comencé a entrevistar a los vecinos. Su sorpresa cedía el paso al horror cuando comprendían lo que había ocurrido tras las puertas cerradas de aquella casa tan cercana a la suya. Me quedé cerca del escenario del crimen hasta que sacaron los cuerpos, en bolsas negras idénticas a aquella en la que habían metido a la muchacha. Para entonces, ya se había congregado en el lugar la gente enviada por las cadenas de televisión, la competencia y las radios, además de periodistas independientes y fotógrafos. La mayoría de ellos querían saber si el asesino me había llamado. Les respondí que sí, que él me había dado la dirección. A ratos sentí el calor de los focos de la televisión, cuyos haces recorrían el grupo de periodistas, buscándome. No le conté a nadie que había estado dentro; sólo que sabía que había dos muertos y que era un espectáculo dantesco.

Mientras esperábamos, reparé en una anciana que estaba de pie, a un lado. Advertí que sus ojos seguían a los policías y se posaban de cuando en cuando en los miembros de la prensa reunidos allí. Llevaba un vestido blanco que caía en amplios pliegues desde su cuello y sus hombros. El viento se lo pegaba al cuerpo de modo que se le marcaban los huesos y la figura envejecida. Vi que sus labios se movían, rezando una plegaria. El Kaddish, supuse. Varios mechones grises ondeaban sobre su frente. Una vez que se llevaron los cuerpos, ella dio media vuelta y se marchó andando lentamente, sola por la calle, bamboleándose por el esfuerzo, con pasos cortos y vacilantes. Pensé en los cadáveres que ahora estaban en las bolsas: a causa de la hinchazón, costaba apreciar su fragilidad. Pero supuse que eran débiles, demasiado para resistir la fuerza y la furia del asesino. Evoqué la imagen de los cuerpos desnudos tendidos uno junto al otro. Me pregunté cuántas veces, con cuánta pasión, habrían buscado solaz y placer en la desnudez del otro.

Al salir, el forense había perdido el buen humor.

– Esperen a que tenga los resultados de la autopsia -le espetó a la multitud de periodistas.

Me miró, sacudió la cabeza y se acercó a su coche sin abrir la boca.

Martínez y Wilson se vieron rodeados con la misma rapidez. Aquella turba se me figuraba una bandada de gaviotas, luchando por unos cuantos restos de comida. Martínez hizo un resumen para los reporteros y describió brevemente la escena del interior. No quiso entrar en detalles y agitó la mano como para espantar las preguntas que le lanzaban. Subió al coche, junto a Wilson, y el motor se puso en marcha. Observé su vehículo mientras se alejaba por la calle. Después busqué a Porter y nos marchamos. Él se pasó todo el trayecto mascullando y maldiciendo. Yo contemplaba las olas mientras recorríamos la carretera elevada. La noche se avecinaba, y las luces de la ciudad se reflejaban ya sobre la superficie de la bahía.

Los dos detectives me esperaban en la redacción.

– Queremos oír la cinta -exigió Wilson-. Queremos oída ahora mismo.

Asentí y me siguieron hasta la oficina.

Nolan nos vio entrar; salió a toda prisa de su despacho y nos interceptó en medio de la redacción. Los demás periodistas dejaron de trabajar para mirarnos.

– ¿Quieren la cinta? -preguntó Nolan.

Wilson asintió.

– Les mandaré una copia -aseguró, extrayendo la cinta de la grabadora-. Queremos cooperar.

Se la entregó al chico de los recados, nos volvió la espalda y le dio instrucciones, mientras los dos detectives se sentaban frente a sendos escritorios desocupados. Me llamó la atención el nerviosismo que provocaban cuando entraban en la redacción. Estábamos acostumbrados a trabajar con ellos, puesto que la crónica negra era una parte esencial del periódico y, sin embargo, su presencia constituía una intrusión en nuestro territorio, una pequeña invasión. Era como si quisiéramos evitar que conociesen las interioridades del periódico, mantener el proceso de edición envuelto en el misterio. Observé a Wilson mientras guardaba su arma en la pistolera: era una Magnum 357 de cañón corto. Su bruñida culata marrón sobresalía de la funda junto a su cadera, imponente y amenazadora.

Nolan se sentó delante de ellos.

– No estarán pensando en intervenir la línea, ¿verdad?

Wilson levantó la vista, sorprendido.

– ¿Para qué? Usted nos dará una copia de la grabación.

– No lo sé -respondió Nolan-. ¿Para intentar rastrear las llamadas del asesino tal vez?

Ambos detectives se rieron. Martínez se recostó en el respaldo de su asiento, sonriendo, y Wilson soltó otra carcajada breve.

– Ve usted demasiada televisión -señaló-. ¡Rastrear la llamada!

– No le entiendo -dijo Nolan.

– Bueno -contestó Wilson, con voz serena, como si hablase con una criatura. Noté que Nolan comenzaba a irritarse-. Es probable que en este edificio haya… ¿cuántas? ¿Dos mil extensiones? Piense en todos los teléfonos que tienen en cada departamento: distribución, publicidad, redacción… Tendríamos que poder localizar el cable que conduce a este teléfono en particular, a este escritorio, la línea que utiliza el asesino. -Gesticulaba con la mano mientras hablaba-. Además, aun suponiendo que lo consiguiéramos, tendríamos que enviar gente a todas las centrales telefónicas de la ciudad para averiguar cuál está conectada a esta línea.