Ambos íbamos a más de ciento cuarenta. Pronto llegamos a la salida de Krome Avenue y, al enfilar la calle de dos carriles, vi un coche policial verde y blanco que nos adelantó con un rugido. Fue entonces cuando oí las primeras sirenas y supe que formábamos parte de una oleada de vehículos que descendía hacia los Everglades. Avisté un grupo de garzas blancas que levantaban vuelo desde el pantano; media docena de aves cuyas plumas brillaban al sol, alejándose en el cielo azul. Detrás de nosotros venía una ambulancia, con sus luces intermitentes rojas y amarillas y su sirena ululando con estridente apremio. Aminoramos la marcha para dejada pasar y luego volvimos a acelerar. Sabía que no estábamos lejos. Segundos más tarde, vi una docena de automóviles y coches camuflados aparcados desordenadamente al costado del camino; sus luces de posición destellaban en una discordante sinfonía visual. La ambulancia llegó tan lejos como pudo; luego se detuvo y sus ruedas despidieron grava y tierra. Tres hombres del equipo de rescate, vestidos de amarillo, saltaron de la ambulancia, cargados con una camilla. Uno de ellos llevaba un maletín de médico y un estetoscopio colgado del cuello. Aparqué y los seguí, observando a los agentes uniformados que guiaban al equipo de rescate por la ciénaga. Porter se volvió hacia mí y gritó: «¡Vamos, vamos!», caminando rápidamente en pos de los policías, que estaban abriendo un sendero en medio de la maleza. Mientras lo seguía, llegaron dos furgonetas de la televisión y un coche del Post.
El terreno era un lodazal, y resbalábamos al correr. Los arbustos parecían extender sus ramas para hacernos tropezar. A cada lado del sendero por el que nos alejábamos del camino había pantanos cenagosos; nosotros avanzábamos por la única franja de tierra relativamente seca. Más adelante, vislumbré una pequeña isla, un trozo de tierra firme cubierto de juncias y matojos. Allí estaban reunidos los policías. Y desde allí nos llegó el primer grito.
Era un chillido agudo, inarticulado, que reflejaba soledad y desesperación. No reconocí lo que era; creo que Porter sí, pues se volvió por un instante hacia mí. Subimos un pequeño terraplén. Cuando nos vieron varios de los oficiales uniformados, nos prohibieron seguir avanzando. Porter ya había comenzado a tomar fotografías con un teleobjetivo.
– Allá -dijo, enfocando con la cámara.
Seguí la dirección de la lente y vi un cuerpo inclinado hacia delante, oculto a medias por el follaje. Había un solo agente junto a él, en actitud de protegerlo. Pero los ojos del policía estaban fijos en la multitud de personal de rescate y otros agentes que estaban a poca distancia. Divisé una especie de cobertizo tosco e improvisado que se alzaba en medio de la multitud. Entonces volví a oír el llanto desgarrador que traspasó el calor de la mañana.
– Dios mío -exclamó Porter, bajando por un instante la cámara-, es una criatura.
Los policías retrocedieron y los vi darse palmadas en la espalda y estrecharse las manos. Los tres hombres del equipo de rescate dieron media vuelta y regresaron a la carrera hacia el sendero atestado de periodistas y camarógrafos. El que venía al frente llevaba al bebé en brazos, envuelto en una tosca manta azul, estrechándolo contra su traje amarillo. El hombre sonreía y le hablaba con suavidad, escudándolo de las cámaras y las luces.
– ¿Qué edad tiene? -le pregunté al pasar.
– Un año, tal vez -respondió-. Dieciocho meses.
– ¿Está herido?
– Es una niña, y creo que sólo sufre los efectos de la exposición a la intemperie.
Continuó abriéndose paso entre el gentío hacia la ambulancia, susurrándole a la criatura.
– Dios mío -repitió Porter-. ¿Puedes creer eso?
Durante casi dos horas, la policía no nos permitió llegar hasta el escenario del cuarto crimen. A esa hora, el sol ya estaba bien alto y la mañana se había disuelto bajo el calor sofocante. Como siempre, los demás periodistas me interrogaron. Les confirmé que el asesino me había llamado y proporcionado instrucciones para llegar hasta allí. Aproximadamente una hora después, informaron por medio del equipo de onda corta de una furgoneta de televisión de que la niña parecía estar bien y se hallaba en el pabellón de pediatría de un importante hospital céntrico. Les expliqué a los otros periodistas que el asesino había prometido una «sorpresa» y que suponía que se refería al bebé. Las preguntas terminaron y nos pusimos a esperar. Me senté junto al sendero, sobre el suelo húmedo, observando a los técnicos del laboratorio criminológico que registraban el área y al asistente del forense que se ocupaba del cuerpo. Porter se quejó de que no le dejaran acercarse para tomar fotografías y se puso en pie de un salto cuando trasladaron el cadáver a la ambulancia. Recuerdo que pensé que era la cuarta bolsa negra que veía ese verano y me pregunté si se trataría de una de las mismas bolsas que habían utilizado para las otras víctimas.
Finalmente, vinieron Wilson y Martínez para informar a la prensa, incluido yo mismo. Aparentemente, el bebé y la víctima (una mujer blanca de entre veinticinco y treinta años) habían permanecido junto al asesino en ese claro durante uno o dos días. Había residuos, dijeron, que indicaban que habían comido varias veces. No quisieron revelarnos el nombre de la víctima. Martínez asintió cuando le pregunté por la causa de la muerte y el estilo del asesinato: el cadáver tenía las manos atadas y una herida en la nuca. Wilson señaló que se había usado el mismo tipo de nudo para atar las manos de la mujer que para construir el pequeño refugio. Era evidente que se trataba de algo improvisado para proteger a la niña del sol. Wilson anunció que no haría más comentarios. Me miró por un momento, pero sus ojos no me dijeron nada.
En fila india, nos guiaron a todos los periodistas y camarógrafos hasta el escenario del crimen. Nos advirtieron que no tocásemos nada, y todos guardamos silencio durante la mayor parte del tiempo. Vi las manchas de sangre en la hierba sobre la que había estado tendida la mujer. Un técnico estaba registrando y etiquetando una pila de artículos. Vi cajas de hamburguesas vacías, varias botellas de plástico, algunos pañales y varios paquetes de cigarrillos estrujados. Me detuve junto al refugio. Las paredes estaban hechas de tablas y trozos de madera, y la techumbre era de paja y hojas de palma, todo ello sujeto con cuerda. Me dio la impresión de que un poco de viento bastaría para echarlo abajo.
La prensa en conjunto entrevistó a los dos policías (agentes que realizaban su ronda habitual por el campo) que habían encontrado el refugio y el bebé. Les habían ordenado proteger la zona para cuando llegaran los detectives, pero uno de ellos había oído lo que le pareció un grito, y los dos habían atravesado la maleza hasta dar con el cobertizo y la criatura. En sus rostros había una combinación de orgullo y furia: los complacía haber salvado a la niña, pero estaban confundidos y furiosos por las circunstancias.
– ¿Qué clase de persona -preguntó uno de ellos, un joven rubio de bigote poblado- abandonaría así a un bebé después de asesinar a su madre?
Ésa, claro está, era la pregunta que todos nos hacíamos.
Mi padre llamó poco después de que aparecieran los artículos en los semanarios. Contesté el teléfono con vacilación, con una incertidumbre provocada por mi falta de contacto con el asesino. Me había adaptado, sólo en parte, a mi dependencia del teléfono. Cada vez que sonaba, me invadía una oleada de excitación, pensando que tal vez sería él. Cuando comprobaba que no lo era, sentía una mezcla de decepción y alivio. Hasta entonces no me había percatado de la frecuencia con que sonaba el teléfono ni de hasta qué punto había llegado a afectar mi vida.