– He visto tu fotografía -dijo mi padre-. Estás convirtiéndote en toda una celebridad.
No respondí.
– Me parece una manera terrible de darte a conocer -agregó-. ¿Crees que la policía está más cerca de atrapar a ese tipo?
Le dije que no lo sabía. El asesino parecía estar jugando con la policía, con sus descripciones parciales de sí mismo, que ni siquiera eran totalmente fidedignas.
Continuamos conversando acerca del trabajo de mi hermano como abogado, de los estudios de mi hermana, de mi madre. Ella había conseguido un empleo como asistente social en un hospital local, según me informó mi padre; en un pabellón de psiquiatría, un lugar muy interesante. Dijo que ella estaba preocupada por mí, especialmente por la relación que parecía haberse establecido entre el asesino y yo.
– ¿Qué relación? -pregunté-. Yo estoy en este extremo de la cuerda. Él tira, yo respondo. Él llama, yo escribo. La distancia sigue siendo infinita.
– No -repuso mi padre y, de pronto, advertí que él estaba tan preocupado como mi madre-. Te equivocas. Con cada llamada, en cada conversación, él estrecha el vínculo contigo. Creo que la distancia disminuye.
– No tengo miedo.
– Deberías tenerlo.
«La distancia -pensé- siempre ha sido importante para mi familia.»
Mi padre debió de pensar lo mismo, porque se quedó callado. Al cabo de un momento, prosiguió:
– De pequeño, y también durante la adolescencia, eras el silencioso de la familia. Tu hermano, tu hermana, ambos se enfrentaban a los hechos con mayor facilidad. Tú siempre vacilabas. Supongo que ya entonces sabía que serías periodista. Pasabas mucho tiempo observando a los demás.
– Estaré bien -le aseguré, pero mi voz sonó como un eco en un cañón.
Todos mis pensamientos se centraron en la historia.
No se identificó a la mujer ni a la niña sino hasta varios días después. A todos los periodistas de Miami que trabajaban en ello les irritaba aquel misterio; no podían dar a la mujer asesinada un pasado, un perfil que la hiciese más real a ojos de los lectores. A medida que transcurrían los días, aumentaban las especulaciones. Nos preguntábamos de dónde había salido ella, si habría tenido alguna conexión especial con el asesino, cuál había sido su papel en la recreación simbólica. Una amante, pensaban algunos; una mujer que conocía su identidad; una hermana, tal vez. Barajábamos todas las posibilidades, haciendo su muerte más importante que su vida.
Escribí y reescribí una y otra vez cada nueva partícula de la historia que descubría. La reunión con Nolan y el jefe de redacción quedó en el olvido; el caso volvía a ser de plena actualidad. Los titulares adquirieron un tono muy sensacionalista; las expresiones «búsqueda masiva» e «investigación imparable» aparecían con frecuencia en el cuerpo de la noticia. Todos los tópicos de los crímenes de las grandes ciudades estaban allí. Nosotros alternábamos los sobrenombres; a veces lo llamábamos «el Asesino de los Números», y otras veces «el Asesino del Teléfono». No obstante, todo el mundo sabía a quién nos referíamos.
Un cine local puso en cartel un programa doble: Crimen perfecto y Sola en la oscuridad. La sala siempre estaba llena. Pasé una noche hablando con la gente que hacía cola para la siguiente sesión.
– Es increíble -me dijo una muchacha. Era rubia y se aferraba al brazo de su novio fingiéndose asustada-. Parece cosa de Hollywood y, sin embargo, realmente está ocurriendo.
Utilicé su frase para la entradilla de un artículo. Hablé con muchos otros. Pasé otra noche recorriendo la zona sur de la ciudad: hilera tras hilera de casas bajas y blancas, de clase media. Esta vez no fui con la policía sino con un grupo de vecinos. Habían formado una «asociación» entre cuyas actividades estaba el patrullaje de la zona. La primera noche habían frustrado un atraco, según dijo el conductor. El otro hombre que iba en el automóvil, corpulento, de brazos fuertes y patillas que se curvaban a los lados de su rostro, se volvió hacia mí.
– La policía dice que no debemos portar armas -susurró-, pero…
Levantó su camisa y me mostró la culata nacarada de un Colt 32 que sobresalía de la cintura del pantalón. Se rió, y su voz llenó el interior del vehículo para luego salir por las ventanillas hacia la oscuridad.
Él también se convirtió en parte del artículo. Asistí a una reunión de un grupo cívico: todos los oradores, uno tras otro, pusieron en duda los esfuerzos de la policía por encontrar al asesino. La reunión se celebró en el gimnasio de un instituto. Levanté la vista hacia el techo y, a través de las luces, vi colgada una enorme pancarta de la temporada de campeonatos. Todas las palabras parecían iguales esa noche; iguales que las que había oído de boca de la gente en la calle, de los hombres del automóvil, de todo el mundo. Una mujer se puso en pie y miró a la multitud. Vi que su rostro se contraía mientras luchaba con sus pensamientos. Finalmente, habló.
– ¿Qué podemos hacer? -preguntó.
Yo pensé: nada. No se puede hacer nada. Anoté sus palabras en mi libreta y mantuve mi pesimismo fuera del artículo.
Los políticos locales también tuvieron su oportunidad de hablar. Hubo una serie casi interminable de conferencias de prensa y un gran despliegue publicitario; acompañaban a la policía, portaban armas en las reuniones en el ayuntamiento. Ellos también llegaron a formar parte de la historia.
Además, estaba el papel que yo desempeñaba.
En una reunión similar había una mujer menuda (debía medir un metro cincuenta) pero con una voz aguda y potente que contrastaba con su estatura. Tenía el rostro crispado, y las arrugas de su frente parecían trazadas con un bolígrafo. Cuando le formulé una pregunta, me miró fijamente, con la boca abierta, como si estuviese haciendo memoria.
– ¡Usted habló con él! -exclamó finalmente. Asentí, y ella prosiguió:
– ¡Es a usted a quien llama!
Volví a asentir.
Su voz se elevó por encima del bullicio del auditorio; se congregó una multitud y sentí una repentina oleada de calor cuando los cuerpos comenzaron a apiñarse en torno a mí. Porter estaba cerca; podía oír el sonido de su cámara.
– ¿Por qué no le dice que deje de matar? -inquirió la mujer-. ¿Por qué no lo hace parar?
Su voz se había convertido en un chillido al que se sumaron las expresiones de aprobación de quienes la rodeaban.
– Lo he intentado -respondí.
– ¡Pues vuelva a intentado! -gritó-. ¡Siga intentando!
– ¿Cómo? -pregunté.
Pero la mujer había apartado la mirada; temblaba de furia y lloraba. Un hombre corpulento blandió el puño.
– ¡Dígale que lo esperamos! ¡Dígale que no tenemos miedo!
Pensé en lo simple que era todo. El miedo engendra esas reacciones básicas: el hombre amenazado responde con agresividad, se pavonea; la mujer, realista a su manera, responde con angustia.
Porter hizo un comentario muy acorde con mis pensamientos.
– Por una vez -dijo, sonriendo-, quisiera ver a un tipo retorciéndose las manos, con lágrimas en los ojos, gimiendo: «¿Qué puedo hacer?», mientras su esposa da un paso al frente, agita el puño ante nosotros y dice: «Estoy lista para plantarle cara a ese desgraciado, maldito sea. ¡Que venga!» -Soltó una carcajada y continuó tomando fotografías de la reunión.
Esa noche, frente a mi máquina de escribir, me vinieron a la cabeza las palabras de la mujer. «Vuelva a intentarlo, insista.» Pero ¿cómo podía hacer eso? Lo borré de mi mente y comencé a escribir el artículo del día siguiente.
Wilson llamó una noche, mientras me disponía a marcharme de la oficina.
– Tengo algo que tal vez te interese ver -dijo.
Salí a la oscuridad de las calles de Miami. La negrura parecía brillar, viva en medio de las leves ráfagas de viento. Tuve la impresión de que podía extender la mano y tocar la noche, tomar grandes puñados de aire. Atravesé el centro de la ciudad; las luces delanteras del automóvil se mezclaban con las de la calle, abriendo claros de luz entre las sombras. Wilson me esperaba a la entrada de la jefatura.