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Miró a su nieta. Tenía los hombros hundidos. Destrozaba los pañuelos que tenía en las manos.

—Piénsalo, ¿vale, Miri? No pretendía dejarme llevar.

Al fin Miri habló.

—¿Alguna vez has roto una promesa solemne, Robert?

¿A qué viene eso? Pero antes de poder hablar, Miri añadió:

—¡Bien, yo acabo de hacerlo! —Tras decirlo, agarró la cajita y salió corriendo del cuarto.

—¡Miri! —Cuando llegó al pasillo la niña ya se había encerrado en su cuarto.

Robert vaciló un momento. Podía aporrear la puerta o quizás era mejor enviarle un mensaje.

Entró en su cuarto, se giró… y vio una luz dorada sobre la mesa, donde Miri había estado sentada. Era un enum que le concedía opciones limitadas de mensajería. Pero él ya tenía esa opción, y muchas más, con Miri. Abrió el enum dorado y miró en su interior.

Era para Lena Llewelyn Gu.

Robert se quedó sentado junto al enum casi media hora. Lo examinó. Examinó la documentación. Era exactamente lo que parecía. Lena está viva.

No había dirección física, pero podía enviarle un mensaje simple. Sólo le llevó dos horas redactarlo. Menos de doscientas palabras. Eran las palabras más importantes que Robert Gu hubiese escrito nunca.

Esa noche Robert no pudo dormir. Se hizo de día, luego llegó la tarde.

No hubo respuesta.

Pasaron seis semanas.

Robert prestaba más atención a las noticias; había descubierto que el mundo podía volverse contra uno. Él y Miri comparaban notas sobre lo que veían. Supuestamente las acciones en el fin del mundo ya habían terminado. Los rumores decían que se había encontrado muy poco. Los rumores, y algunas noticias auténticas, hablaban de escándalos en los servicios de inteligencia de la UE, India y Japón. Todas las Grandes Potencias seguían muy nerviosas a propósito de «pon aquí tu teoría demencial favorita».

En lo que se refería al hogar, ¡Bob había vuelto! Robert y Miri consideraban por tanto que algunas de las teorías de desastres eran menos probables. Otras seguían siendo aterradoramente viables. Efectivamente, Bob se puso como un loco al descubrir lo de Alice. Durante un tiempo la situación en casa fue muy tensa. Tanto Robert como Miri presentían batallas descorazonadoras ocultas tras las miradas y los silencios. Miri había tenido años para descifrar las señales. Suponía que Bob había apelado a los médicos, que se había quejado muy alto en la cadena de mando. No había servido de nada. Alice seguía entrenándose.

En algún momento, Juan regresó de Puebla. Miri no tenía mucho que decir, pero se hablaban. El chico volvía a sonreír.

De Lena… sólo había silencio. Estaba viva. Sus mensajes no rebotaban y el enum seguía siendo accesible. Era como hablar a un vacío infinito. Y Robert seguía hablando, un mensaje cada día… mientras se preguntaba qué más debía hacer.

Xiu Xiang había abandonado Al Final del Arco Iris.

—Lena me pidió que me fuese —le dijo Xiu—. Supongo que la incordié demasiado.

Pero ¡ahora sé dónde vive! Podría ir allí. Podría hacerle comprender lo mucho que he cambiado. Y quizá sólo demostrase que había cambiado en todo menos en lo importante. Por tanto, Robert no fue hasta Al Final del Arco Iris; tampoco fisgó por las cámaras públicas de ese lugar. Pero siguió escribiéndole. Y cuando estaba fuera, a menudo imaginaba que además de la vigilancia habitual de veinticuatro horas al día y siete días a la semana, había alguien más vigilándole, alguien que quizá llegase a perdonarle algún día.

Mientras tanto, se dedicó al trabajo del instituto. Le quedaba mucho por aprender. Y el resto del tiempo lo pasaba con Comms-R-Us. Les gustaba su trabajo.

Dos meses después del Gran Disturbio de la Biblioteca, Robert regresó a la UCSD. Había perdido el contacto con Winston y Carlos. Pensándolo bien le resultaba curioso. Durante unos días el conciliábulo había sido un grupo unido de conspiradores, pero ya apenas hablaban. La explicación más simple era la vergüenza mutua. Los habían utilizado y sus fines respectivos habían estado a punto de matar a mucha gente. Eso era cierto, pero para Robert había otra explicación, mucho más extraña e igualmente inquietante: el conciliábulo era como una pandilla de niños y su intimidad se habían evaporado en cuanto los niños habían prestado atención a otras cosas. En ocasiones la desesperación del semestre de otoño resultaba casi tan remota como su vida en el siglo XX. Había muchas cosas que quería aprender, hacer y ser, y tenían muy poco que ver con lo que le había consumido anteriormente.

Al final, fue su proyecto con Comms-R-Us lo que le hizo volver al campus. Las fluctuaciones y la latencia eran un problema considerable en los protocolos de vídeo, peores para el sonido y completamente destructivos en las interfaces sensotáctiles. Los robots hápticos mejoraban cada vez más… pero eran casi inútiles cuando se las controlaba por red. Comms-R-Us quería que probase en robots sus alocados planes de sincronización.

Tras Bibliotoma y el disturbio, la administración de la UCSD había invertido en la biblioteca toneladas de dinero. En algunos aspectos, su experiencia sensotáctil era mejor que la de parques comerciales como Pyramid Hill. La pregunta era cómo se podía exportar a la red. Había leído mucho, había estudiado el diseño de los robots sensotáctiles, pero, hasta que resolviese el problema, la experiencia de primera mano era vital. Fue en coche a la UCSD.

Dos meses. Tampoco era tanto tiempo. Los cuartos de servidores en el lado norte de Warschawski Hall se habían fundido. Había un campo de fútbol donde había estado el Departamento de Ingeniería de Software. Roben comprendía que no era una destrucción relacionada con el Disturbio de la Biblioteca ni con el asalto de los marines; era uno de los cambios habituales en cualquier institución moderna.

Siguió el camino entre eucaliptos. Como siempre, al salir de entre los árboles aparecía la súbita panorámica de kilómetros de meseta, hasta las montañas. Y allí, de pie frente a todo, seguía la biblioteca Geisel.

Era con diferencia el edificio más antiguo de la UCSD, parte del veinte por ciento de edificios reconstruidos tras el terremoto de Rose Canyon. Pero los daños sufridos entonces no habían sido nada en comparación con lo sucedido durante el disturbio, cuando los patrocinadores del conciliábulo habían arrancado el lado oriental de sus cimientos. Cualquier otro edificio del campus lo hubiesen derribado después de algo así, quizá lo hubiesen restaurado en caso de poseer el suficiente valor histórico. Pero nada de eso había pasado con la biblioteca Geisel.

Robert fue por el norte de la biblioteca, dejando atrás la zona de carga. Había visto imágenes de la estructura inmediatamente después del disturbio, los pisos inclinados y caídos, los soportes improvisados que el Departamento de Bomberos había instalado cuando se habían quemado los servos internos, los trozos de cemento del siglo XX esparcidos por la explanada.

Esas señales de destrucción habían desaparecido. Los pisos salientes volvían a estar rectos.

La universidad no había realizado una simple restauración. La cara oeste casi no había sufrido cambios, aparte de una distorsión perceptible sobre la zona de carga, y en la este se apreciaba una torsión de los grandes pilares del edificio. Los pilares que se habían movido, sobre los que la biblioteca había «caminado», estaban bien sujetos. En la base había hierba y cemento liso, el sendero de baldosas que era la serpiente del conocimiento. Mirando hacia arriba, se veía una espléndida enredadera que seguía la torsión del cemento. Donde terminaba la trepadora había hileras de piedrecitas de colores encajadas en los pilares, que dibujaban franjas, como líneas de tensión sobre cristal iluminado. Y encima de todo, el rectángulo de cada piso se apartaba ligeramente del que había debajo.