Por las especificaciones del edificio, Robert supo que algunos de los pilares eran de fibra de carbono insertada en un material compuesto ligero. Sin embargo, el edificio era tan real y sólido como aparecía alojo desnudo; más que cualquier otro edificio del campus, era auténtico. Aquel edificio estaba vivo.
Subió las escaleras, deteniéndose en cada piso para echar un vistazo. Reconoció el dominio Hacek. Todavía había Bibliotecarios Militantes. Pero ¿no los habían echado? En otros puntos reinaba la locura scoochi. El mito scoochi era una tontería ecléctica que no había logrado entender. Le resultaba incomprensible cómo encajaba con las metáforas de la biblioteca. Pero los scoochis habían «ganado» el disturbio y se habían quedado la biblioteca.
En otros puntos, ambos círculos de opinión corrían en paralelo. Uno podía escoger el que quería, o ninguno de los dos.
Robert se concentró en las vistas de administración y lo que captaba a simple vista. Después de todo, había ido allí a estudiar el soporte sensotáctil. Por todas partes había robots hápticos… no tantos como en Pyramid Hill, pero la universidad había logrado encajar casi tanta variedad en unos cuantos pisos de un único edificio. La UCSD había gastado montones de dinero en esos cacharros. Había algunos modelos libres, pero la mayoría estaban fijos a una superficie. Eran rápidos. Tan pronto como un Bibliotecario Militante tendía la mano para recoger la visión de un libro, un robot se desplazaba a esa posición y alteraba su superficie allí donde fuese a encontrarse con la mano de la persona.
Robert se quedó allí unos momentos, observando la acción. La visión a simple vista no se parecía a nada que hubiese experimentado. Cuando la estudiante, 10 que era en realidad sin la imagen de Bibliotecaria Militante, sostenía el libro entre las manos, los hápticos se modificaban coordinadamente, sin perder nunca el contacto o desplazándose de una forma diferente a la visión creada. Cuando lo dejaba sobre la mesa, los hápticos se desplazaban instantáneamente a otra tarea… en este caso dar soporte a algún cliente scoochi en una maniobra todavía más ininteligible.
Se dio cuenta de que la chica le miraba.
—¡Lo siento, lo siento! Es que no había visto nada de esto.
—Fantástico, ¿no? —Le sonrió.
—Sí, eh, fantástico.
En algún punto de la capa alta de protocolo, todo aquello implicaba libros y contenido de libros. En la capa física, era todavía más… fascinante. Siguió vagando, con la mente muy lejos, intentando imaginar cómo el baile complejo de los hápticos se podría reproducir en robots que estuvieran a cierta distancia en la red. Si en ambos lados se incluían actores humanos, sería infernalmente difícil. Pero si se trataba de un servicio asimétrico, quizás…
—¡Eh, profesor Gu! Mire arriba.
Robert se volvió hacia la voz. El techo se había vuelto transparente, así como el del siguiente piso. Su vista atravesaba el sexto. Carlos Rivera le miraba desde arriba, con una sonrisa de felicidad en la cara.
—Hace tiempo que no le veía, profesor. Suba, ¿quiere?
—Claro. —Robert encontró el camino a las escaleras. En las escaleras no había distracciones hápticas… como tampoco las había en el sexto piso. Pero tampoco había libros. Alguien había montado despachos.
Rivera le enseñó las instalaciones. Parecía ser el único ocupante del piso.
—Ahora el equipo está muy disperso. Algunos trabajan en las nuevas extensiones para el sótano.
—Entonces, ¿a qué te dedicas? Supongo que sigues siendo bibliotecario.
Carlos vaciló.
—Bien, ahora ocupo varios puestos. Es una larga historia. Eh, venga a mi despacho.
Tenía el despacho en la esquina sureste, con ventanas que daban al camino de la serpiente y las explanadas. De hecho, allí era donde había celebrado las reuniones el conciliábulo. Carlos le hizo un gesto para que se sentase y él se acomodó tras una enorme mesa. Carlos, que seguía con sobrepeso, todavía llevaba gafas de culo de botella y una camiseta pasada de moda. Pero había una diferencia. Parecía más relajado, más enérgico… feliz con lo que fuese que hacía.
—Tenía la esperanza de que pudiésemos hablar, pero he estado tan atareado desde… ya sabe, desde que casi lo jodimos todo por completo.
—Sí, sé a qué te refieres. Tuviste… mucha suerte, Carlos. —Miró el despacho. En aquellos días era difícil deducir la posición jerárquica guiándose por los objetos visibles, pero gran parte del mobiliario y las plantas era realmente lo que parecía—. Ibas a hablarme de tu trabajo.
—¡Sí! Me da un poco de vergüenza. Soy el nuevo director de soporte bibliotecario. Es el título reconocido por la universidad. En algunos círculos, ése no es el título importante. Abajo y para el resto del mundo descubrirá que soy otras cosas… por ejemplo, Conocimiento Peligroso y Grandioso Pequeño Scooch-a-mout.
—Pero son de dos círculos de opinión diferentes. Pensaba…
—Leyó que los scoochis lo habían ganado todo, ¿no? No es del todo cierto. Tras la tormenta, se llegó a un extraño… bien, la palabra «compromiso» no es exacta. «Alianza» o «fusión distanciada» serían términos más adecuados para describirlo. —Se arrellanó en el asiento—. Da miedo pensar en lo cerca que estuvimos de volar esta parte de San Diego. Pero nos detuvimos justo a tiempo. Y ese disturbio demencial dio más dinero que una nueva producción cinematográfica. Lo que es más importante, sacó dinero y creatividad de todas partes, y la administración de la universidad tuvo la inteligencia de aprovecharse. —Vaciló, y dijo con un poco de tristeza—: Por tanto, fracasamos en todo lo que dijimos que pretendíamos hacer. Los libros han desaparecido. Han desaparecido físicamente. Pero la biblioteca Geisel vive, y esos dos demenciales círculos de opinión dispersan su contenido por todo el mundo. Pero eso ya lo sabe, ¿no? ¿Por eso ha venido?
—En realidad, he venido a estudiar vuestros hápticos. —Robert le explicó que estaba interesado en la interacción táctil a distancia. —¡Eh, es genial! Los dos grupos me presionan para que extienda el alcance. Pero, en otro orden de cosas, ¿qué le pareció lo que hacíamos con la experiencia bibliotecaria?
—Mmm, Los Bibliotecarios Militantes parecen los mismos de siempre, supongo. Es una interfaz divertida, si te gustan esas cosas. Los scoochis… He intentado entender qué hacían, pero no tiene ni pies ni cabeza. Es tan inconexo que parece casi como si cada libro ocupase su propia realidad consensuada.
—Casi. Los scoochis siempre han sido eclécticos. Ahora que pueden, están construyendo consenso interactivo hasta el nivel mínimo de tema, incluso en ocasiones de párrafo. Es mucho más sutil que lo de Hacek, aunque los niños lo entienden de inmediato. Su verdadero poder es que los scoochis pueden fusionar realidades. Eso es lo que les pasó con los hacekeanos. Los scoochis vienen de todas partes, incluso de estados fracasados. Ahora están enviando la digitalización al exterior. Donde conviene, la gente de Hacek dirige el catarro. Otros lugares, otras visiones… pero con acceso al fondo completo de la biblioteca. Si resuelve usted el problema de la interacción táctil remota, el atractivo sería mucho mayor. —Carlos miró el despacho donde el conciliábulo había maquinado para lograr fines muy diferentes—. Muchas cosas han cambiado en dos meses.
—¿Qué crees que pasó esa noche, Carlos? ¿Se suponía que el disturbio cubriría lo que hacíamos nosotros cuatro… o era al revés?
—Lo he pensado bastante. Creo que el disturbio era la distracción, pero una distracción que se desmadró y acabó provocando tremendos… ¿qué es lo contrario de daños colaterales? ¿Beneficios colaterales? Sharif-alguien, a menudo a mí se me presentaba como un conejo, era un loco alegre.