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Pero cuando las «mandíbulas» lo soltaron y se volvió, el monstruo seguía allí… no era un poli de alquiler de Pyramid Hill. ¡Quizá realmente fuese un jugador de RegCret Se desplazó de lado, intentando salir de debajo de la mirada pendular. Aquello no era más que un juego. Podía alejarse del saurio de cuatro pisos. Claro estaba, se cargaría su crédito de Regreso al Cretácico, incluso era posible que acabase cubierto de baba apestosa. Y si el Gran Lagarto se tomaba el juego en serio, podía causarle problemas en otros juegos. Vale. Se sentó apoyando la espalda en el ginkgo más cercano. Así que llegaría tarde un día más; no iba a empeorar mucho más su situación escolar.

El saurio se echó atrás y apartó el cuerpo de Velociraptor de Fred Radner. Acercó la cabeza al suelo para mirar directamente a Juan. Los ojos, la cabeza y el color eran exactamente los del diseño original de Juan, y aquel jugador sabía moverlo para que el efecto fuese realmente impresionante. Por las cicatrices de batalla veía que había peleado en varios puntos difíciles de Regreso al Cretácico.

Juan se obligó a sonreír animoso.

—Bien, ¿te gusta mi diseño? —le preguntó al bicho.

El monstruo enseñó los largos colmillos.

—Los he visto peores. —Cambió los parámetros del juego, mostrando detalles de la capa crítica. Se trataba de un jugador serio, ¡quizás incluso de un crack del juego! En el suelo, entre ellos, había un ejemplar muerto y desmembrado de la creación de Juan. El Gran Lagarto lo tocó con una garra—. Pero la textura de la piel es de la biblioteca de ejemplos del Gremio de Fantasistas. La combinación de colores está muy vista. El tejido sería mono si no apareciese en todos los anuncios de Epifanía Ya.

Juan se acercó las rodillas a la barbilla. Era la misma mierda que tenía que soportar en el colegio.

—Tomo prestado de los mejores.

La risa del saurio fue un rugido que hizo vibrar el cráneo de Juan.

—Puede que esa excusa convenza a tus profesores. Ellos se tienen que tragar la mierda que les dais… al menos hasta que os graduéis y os suelten en la calle. Este diseño es normalito. Algunos lo han adoptado, principalmente porque la mecánica es buena. Pero si estamos hablando de calidad de verdad, simplemente no está a la altura. —La criatura hinchó sus cicatrices de batalla personalizadas.

—Hago otras cosas.

—Sí, y nunca logras nada, con las otras también fracasas.

Era una idea que solía preocupar a Juan Orozco. Cada vez tenía más la impresión de que iba a acabar como su padre… ¿Incluso era posible que Juan nunca consiguiese un trabajo del que pudieran despedirlo! «Dalo todo» era el lema del instituto Fairmont. Pero darlo todo no era más que el comienzo. Incluso si lo dabas todo te podías quedar atrás.

No tenía intención de confesarle esas ideas a otro jugador. Miró furioso los ojos amarillos y de pronto se le ocurrió que, al contrario que los profesores, a aquel tipo no le pagaban para ser agradable. Y estaba malgastando demasiado tiempo simplemente para humillarlo. ¡Quiere algo de mí! Juanlo atravesó con la mirada.

—¿Y tienes alguna proposición, oh, Poderoso Lagarto Virtual?

—Podría… podría ser. Además de RegCret tengo otros proyectos en marcha. ¿Qué te parecería participar en calidad de afiliado en un proyectito?

Excepto a los juegos locales, nadie jamás le había pedido a Juan que se afiliase a nada. Retorció la boca con falso desdén.

—¿Afiliado? ¿Un porcentaje de un porcentaje de… cuánto? ¿Cuán abajo estás en la escala de valor?

El saurio se encogió de hombros y se oyó el sonido de ginkgos estremeciéndose contra sus hombros.

—Supongo que estoy bastante abajo. Así pasa con la mayoría de las afiliaciones. Pero puedo pagar una buena suma por las respuestas que mande hacia arriba. —La criatura le dio una cifra; era más que suficiente para probar la caída libre a diario durante un año. En el aire, entre ambos, flotó un compromiso de pago con la cantidad ofrecida y una tarifa de bonificación.

Juan había jugado a algunos juegos financieros.

—El doble o no hay trato. —Vio entonces que en la sección de derechos ulteriores las cifras eran ilegibles. Podía deberse a que cualquiera de los que reclutaba cobraba mucho más.

—¡Hecho! —dijo el Lagarto, antes de que Juan pudiese subir el precio.

¡Y Juan estuvo seguro de que sonreía!

—Vale, ¿qué quieres? —¿Y qué te hace pensar que un tonto como yo puede dártelo?

—Vas al instituto Fairmont, ¿no?

—Eso ya lo sabes.

—Es un lugar curioso, ¿no? —Como Juan no respondía, el bicho añadió—: Créeme, es curioso. En la mayoría de los institutos, incluidos los experimentales, no mezclan a los de Educación de Adultos con los niños.

—Ya, en el ciclo formativo. A los viejos no les gusta. A nosotros no nos gusta.

—Bien, la tarea de mi afiliado superior es fisgonear por ahí, principalmente entre los viejos. Trabar amistad con ellos.

Menuda gracia. Pero Juan volvió a mirar el compromiso de pago. Parecía auténtico. La adjudicación de primas era un lío que no quería leerse, pero tenía el respaldo del Banco de América.

—¿Con alguien en particular?

—Ah, ése es el problema. Quien sea que está en lo alto de mi cadena de afiliación es tímido. Sólo recogemos información. Algunos de esos viejos eran antes personas importantes.

—Si tan importantes eran, ¿cómo es que ahora están en nuestra clase? —Era la pregunta que los chicos se hacían en la escuela.

—Hay un buen montón de razones para ello, Juan. Algunos se sienten solos. Algunos están endeudados hasta las cejas y tienen que encontrar la forma de ganarse la vida en la economía actual. Otros no son más que un cuerpo saludable y un montón de viejos recuerdos. Se amargan.

—Vale, ¿cómo te haces amigo de alguien así?

—Si quieres el dinero, ya descubrirás la forma. En cualquier caso, aquí tienes los criterios de búsqueda. —El Gran Lagarto le pasó un documento. Echó un vistazo a la capa superior.

—Es un conjunto muy amplio. —Políticos retirados de San Diego, biocientíficos, padres de personas que actualmente ocupan estos puestos…

—En los enlaces hay características para su descarte. Tu trabajo consiste en conseguir que la gente adecuada se interese por mi afiliación.

—A mí… a mí no se me da bien hablar con la gente. —Especialmente con la gente así.

—Entonces, seguirás pobre. Gallina.

Juan guardó un rato de silencio. Su padre jamás hubiese aceptado un trabajo como aquél. Al fin dijo:

—Vale, me afiliaré contigo.

—No me gustaría que hicieses nada que te parezca…

—¡He dicho que lo haré!

—¡Vale! Bien, lo que te he pasado debería servirte para empezar. En el documento hay información de contacto. —La criatura se puso en pie con esfuerzo y su voz le llegó desde muy arriba—. Será mejor que no nos volvamos a ver en Pyramid Hill.

—Por mí vale. —Juan se levantó. Cuando bajaba la colina le dio una palmada a la cola de la criatura.

Los gemelos le llevaban mucha ventaja y estaban de pie en el campo de fútbol, al otro lado del colegio. Juan agarró un punto de vista en las gradas y verificó la conexión. Fred le saludó, pero seguía con la camisa demasiado babeada para comunicarse. Jerry miraba hacia arriba con las manos extendidas para recoger el envío de UP/Ex que caía. Justo a tiempo, por supuesto. Los gemelos abrían el paquete mientras entraban en la carpa taller.