—He escrito una pieza breve, pero como he dicho no tiene ninguna de… —Su mirada barrió la clase para fijarse en Juan un instante—. De las imágenes y sonidos que por lo visto esperan.
La señora Chumlig le hizo un gesto para que se acercara. —Hoy sus palabras surtirán un efecto espléndido. Adelante.
Al cabo de un segundo, Gu se puso en pie y bajó los escalones. Se movía con rapidez, con una especie de vaivén espástico. Las notas volaron de un lado a otro. Por un momento, la atención de la clase estaba centrada como la señora Chumlig quería.
Chumlig se apartó y Robert Gu se volvió para mirar al grupo. Claro estaba, era incapaz de conjurar una visualización de palabras. Pero tampoco miró su página visor. Se limitó a mirar a su público y decir:
—Un poema. Trescientas palabras. Habla de la tierra de North County como es en realidad, aquí y más allá. —Agitó el brazo hacia las ventanas abiertas.
Luego, simplemente… habló. Nada de efectos especiales, nada de palabras moviéndose por el aire. y tampoco era un poema, porque su voz no adoptó un tono cantarín. Robert Gu se limitó a hablar del patio que rodeaba la escuela, de las diminutas segadoras que daban interminables vueltas. Del olor de la hierba y de cómo atrapaba el rocío por la mañana. De cómo la inclinación de las colinas llevaba los pies que corrían hasta el riachuelo que bordeaba la propiedad. Era lo que uno veía todos los días… al menos cuando no usaba superposiciones para ver algún otro lugar.
Y de pronto Juan ya no era consciente de las palabras. Veía; estaba allí. Su mente flotaba sobre el pequeño valle, sobrevoló el lecho del riachuelo. Casi había llegado al pie de Pyramid Hill cuando, de pronto, Robert Gu dejó de hablar y Juan volvió de golpe a la realidad de su sitio al fondo de la clase de composición de la señora Chumlig. Se quedó sentado unos segundos, mareado. Palabras. Sólo palabras. Pero lo que lograban superaba lo visual. Era más que tecnología del tacto. Incluso había percibido el olor de las cañas secas en el lecho del arroyo.
Por un momento nadie dijo nada. La señora Chumlig tenía los ojos vidriosos. O estaba profundamente impresionada o estaba navegando.
Pero luego, un Pajarraco Pomposo clásico voló desde el lado de los chicos. Cruzó el aula y dejó caer un buen montón de mierda sobre Robert Gu. Fred y Jer se echaron a reír y, un instante después, toda la clase reía.
Evidentemente, Robert Gu no había podido ver los efectos especiales. Se quedó confundido un momento y luego miró a los Radner con furia.
—¡Clase! —La señora Chumlig parecía realmente enfadada. Las risas pararon y todos aplaudieron con amabilidad. Chumlig los guió un momento hasta que ella misma dejó de aplaudir. Juan veía que los examinaba de cerca. Normalmente pasaba de las pintadas. En aquella ocasión buscaba crucificar a alguien. Su mirada acabó en la sección de los viejos y pareció un poco sorprendida.
—Muy bien. Gracias, Robert. Hoy no tenemos tiempo para más. Clase, la siguiente tarea es colaborar y mejorar lo que ya habéis hecho. Es tarea vuestra encontrar un compañero para ese paso. Enviadme los acuerdos y el plan de trabajo antes de que nos volvamos a ver. —Los Detalles Ignominiosos estarían en el correo cuando llegasen a casa.
Luego sonó la campana… la había activado Chumlig. Cuando Juan se levantó de la silla, estaba a la cola de la carrera alocada por la puerta. No importaba. Estaba un poco mareado por la extraña forma de realidad virtual que Roben Gu había creado.
A su espalda Gu se había dado cuenta por fin de que la clase había terminado. En unos segundos estaría fuera con los demás. Mi oportunidad de alistarle para el Lagarto. Y quizá de algo más. Pensó en las palabras mágicas del viejo. Quizá, quizá pudiesen colaborar. Todos se habían reído de Robert Gu. Pero antes de que le mandaran el Pajarraco Pomposo, antes de que se riesen, Juan Orozco había palpado el silencio sobrecogido. Y lo ha logrado sólo con palabras…
Cuando Roben salió a exponer su trabajo estaba más irritado que nervioso. Había encandilado a estudiantes durante treinta años. Podía encandilarlos con los versitos que había compuesto para aquel día. Se dio la vuelta y miró al grupo.
—Un poema —dijo—. Trescientas palabras. Habla de la tierra de North County como es en realidad, aquí y más allá. —Era una oda pastoral tópica que había compuesto la noche anterior basándose en sus recuerdos de San Diego y lo que veía de camino a Fairmont. Momentáneamente, sus palabras los hipnotizaron, como antaño.
Cuando acabó hubo un momento de absoluto silencio. Qué niños más impresionables. Miró a la gente de Educación de Adultos, vio la sonrisa desigual y hostil de Winston Blount. ¿Envidioso como siempre, Winnie?
Luego unos patanes en la primera fila se echaron a reír. Lo que precipitó risas dispersas.
—¡Clase! —Chumlig intervino y todos aplaudieron, incluso Blount.
Chumlig dijo algunas cosas más. Luego sonó la campana y los estudiantes salieron corriendo. Él también se disponía a hacerlo.
—Ah, Robert —dijo la señora Chumlig—. Por favor, quédate un momento. La campana «no doblaba por ti». —Sonrió, sin duda encantada de su dominio de las citas literarias—. Tu poema es muy hermoso. Quiero disculparme en nombre de la clase. No tenían derecho a… —Hizo un gesto al aire sobre su cabeza.
—¿A qué?
—No importa. Me temo que en este grupo no hay verdadero talento. —Le miró con curiosidad—. Es difícil creer que tengas setenta y cinco años; la medicina moderna hace verdaderos milagros. He tenido varios estudiantes mayores. Comprendo tus problemas.
—Ah, los comprende.
—Cualquier cosa que hagas en esta clase será un favor para los demás. Espero que te quedes, que los ayudes. Reelabora el poema con alumnos elementos visuales de los alumnos. Pueden aprender de ti… y tú podrás aprender habilidades que harán que el mundo te resulte un lugar más cómodo.
Robert le dedicó una sonrisa. Siempre habría cretinos como Louise Chumlig. Por suerte, la mujer encontró algo más en lo que concentrarse.
—¡Oh! Ya es tarde. Tengo que dar una clase de estudios remotos. Por favor, discúlpame. —Chumlig se dio la vuelta y se situó en el centro del aula. Señaló con una mano la primera fila de asientos—. Bienvenida, clase. ¡Sandi, deja de jugar con el unicornio!
Robert miró al aula vacía y a la mujer que hablaba sola. Tanta tecnología…
Fuera, los estudiantes se habían dispersado. Robert se quedó a meditar su reencuentro con el mundo «académico». Podría haber sido peor. El poemita había sido más que bueno para esa gente. Incluso Winnie Blount había aplaudido. Impresionar a alguien que te odia… eso siempre es un triunfo.
—¿Señor Gu? —La voz era indecisa. Robert dio un respingo. Era aquel chico, Orozco, acechando junto a la puerta del aula.
—Hola —le dijo con una sonrisa generosa.
Quizás excesivamente generosa. Orozco caminó junto a él.
—Yo… creo que su poema es maravilloso.
—Eres muy amable.
El chico hizo un gesto hacia el prado iluminado por el sol.
—Me ha hecho sentir como si realmente estuviese ahí fuera, corriendo bajo el sol. Y todo sin táctiles, lentillas ni vestibles. —Miró el rostro de Roben y luego apartó rápidamente los ojos. Era una mirada le asombro que podría haber tenido algún valor si su interlocutor hubiese sido alguien de cierta importancia—. Apuesto a que es usted tan bueno como cualquiera de los grandes anunciantes de juegos.
—Seguro.
El muchacho titubeó un momento, sin articular palabra.
—Me he dado cuenta de que no viste. Yo podría ayudarle. Quizá, quizá pudiéramos ser compañeros. Ya sabe, podría ayudarme con las palabras. —Otro vistazo de reojo a Robert y el resto de su discurso surgió en cascada— Podríamos ayudarnos mutuamente y tengo otra proposición mejor. Podría haber mucho dinero de por medio. Su amigo el señor Blount ya ha aceptado.