Pasó la tarde. Todavía podía disfrutar de la poesía, pero el disfrute también era dolor. No puedo escribir ni una coma de buena poesía, excepto cuando la recuerdo. Y se aterró más todavía. Al final se puso en pie y arrojó a Ezra Pound contra la pared del sótano. El lomo del viejo libro se rompió y cayó al suelo convenido en una mariposa rota de papel. Robert la miró fijamente un momento. Nunca había roto un libro, ni siquiera el más horrible del mundo. Cruzó la habitación y se arrodilló junto al desastre.
Miri escogió justo ese momento para bajar a saltos la escalera.
—¡Robert! ¡Alice dice que puedo llamar un taxi aéreo! ¿Adónde te gustaría ir?
Las palabras no eran más que ruido arañando su desesperación. Recogió el libro y cabeceó.
—No voy. —Vete.
—No lo entiendo. ¿Por qué rebuscas aquí abajo? Hay formas más cómodas de conseguir lo que quieres.
Robert se puso en pie, intentando recomponer con los dedos el libro de Ezra Pound. Sus ojos dieron con Miri. La niña tenía toda su atención. Miri le sonreía, completamente segura de sí misma, con el ajuste de marimandona al máximo. Y bien, ella no comprendía la luz en los ojos de Robert.
—¿Y cómo es eso, Miri?
—El problema es que no puedes acceder a lo que nos rodea. Es por eso que estás aquí abajo leyendo esos viejos libros, ¿cierto? En cierta forma, eres como un niño pequeño… pero eso está bien, ¡eso está bien! Los adultos como Alice y Bob tienen muy malos hábitos que los entorpecen. Pero tú empiezas casi desde el principio. Para ti será más fácil aprender lo nuevo. Pero no lo harás asistiendo a unas clases idiotas de ciclos formativos. ¿Comprendes? Deja que te enseñe a vestir. —Era la misma tabarra agotadora de siempre, pero ella creía haber encontrado una forma novedosa e inteligente de expresarla.
Esta vez no estaba dispuesto a pasarlo por alto. Roben avanzó un paso hacia ella.
—Entonces, ¿me has estado espiando aquí abajo?
—Bien… sólo de forma general. Yo…
Robert dio otro paso y le plantó el libro mutilado delante de la cara.
—¿Has oído hablar de este poeta?
Miri miró el lomo roto entornando los ojos.
—E… z… oh, ¿Ezra Pound? Bien… sí, tengo todo lo suyo. ¡Deja que te lo muestre, Robert! —Vaciló, vio el pliego sobre una caja, lo recogió y le hizo cobrar vida. Los títulos fueron pasando por la página: los cantos, los ensayos… incluso, Dios nos ayude, críticas recientes dirigidas de las profundidades subnormales del siglo XXI—. Aunque verlo en esta página es como mirar por el ojo de una cerradura, Roben. Yo puedo enseñarte a ver todo lo que haya nuestro alrededor, con…
—¡Ya basta! —dijo Robert. Se dominó para poder hablar con tranquilidad, de un modo totalmente razonable pero cortante—. Imbécil. No sabes nada y, sin embargo, tienes la presunción de querer dirigir mi vida como diriges la de tus amiguitos.
Miri había retrocedido un paso. Su rostro delataba conmoción, Pero aparentemente ese sentimiento todavía no había llegado a su boca.
—Sí, eso dice Alice, que soy demasiado mandona…
Roben dio otro paso y Miri quedó contra las escaleras.
—Te has pasado toda la vida jugando a videojuegos, convenciéndote y convenciendo a tus amigos de que valéis algo, de que sois algo hermoso. Apuesto incluso a que tus padres son tan tontos que te dicen lo inteligente que eres. Pero no tiene nada de bonito ser una mandona cuando eres una mocosa gorda y sin cerebro.
—Yo… —Miri se llevó la mano a la boca y abrió aún más los ojos. Dio un torpe paso atrás, subiendo un escalón. Las palabras de Roben empezaban a causar efecto. La capa superficial de confianza y alegría iba desmoronándose.
Y Robert siguió:
—«Yo», «yo»… sí, probablemente en eso es en lo que más piensa tu cabecita egocéntrica. En caso contrario, te sería difícil soportar tu ineptitud. Pero piénsalo cuando sientas ganas de ponerte a dirigir mi vida.
Las lágrimas anegaron los ojos de la niña. Se dio la vuelta y corrió escaleras arriba. Sus pasos no resonaron con fuerza infantil… eran ligeros, casi como si no quisiese que nadie notara su presencia.
Robert se quedó inmóvil un momento, mirando la escalera vacía. Era como encontrarse de pie en el fondo de un pozo, con un poco de luz solar arriba.
Recordó la época en que él tenía quince años y su hermana Cara unos diez… Cara se había vuelto independiente, molesta. En aquellos tiempos Robert tenía sus propios problemas… completamente triviales desde la perspectiva de los setenta y cinco años, pero que entonces le parecían muy importantes. Penetrar el ego reciente de su hermana, hacerle comprender la poca importancia que ella tenía en el esquema general de las cosas, le había provocado un tremendo placer.
Roben miró el trocito de luz solar y esperó la oleada de satisfacción.
Bob Gu salió de las entrevistas posteriores a la misión el sábado, muy tarde. No se había molestado en estar al día de lo que sucedía en casa; la operación de Paraguay le había absorbido por completo. Bueno, ésa era la excusa. Pero también era cierto. Había lanzadores nucleares bajo el orfanato. Allí, en Asunción, había visto el abismo.
Así que tuvo que esperar a llegar a casa para enterarse de las malas noticias locales…
Su hija era demasiado grande y mayor para sentarse en su regazo, pero se le sentó al lado y dejó que él le sostuviese la mano. Alice se sentó al otro lado; parecía completamente tranquila, pero Bob sabía que estaba absolutamente desquiciada. Los nervios del entrenamiento sumados a los problemas en casa eran casi demasiado para ella.
Era hora de enfrentarse a las responsabilidades familiares. —No fue por nada que tú hicieses, Miri.
Miri agitó la cabeza. Tenía ojeras; Alice le había dicho que llevaba sólo una hora sin llorar.
—Yo intentaba ayudarle y… —La frase quedó en el aire. En su voz no había ni pizca de la confianza que había ido desarrollando en los últimos dos o tres años. Maldición. Con el rabillo del ojo Bob veía que su padre seguía en la habitación de arriba, desafiándolos en silencio. Visitarlo era el siguiente punto de la agenda. Iba a darle una sorpresa al viejo.
Pero de momento tenía algo mucho más importante que arreglar.
—Sé que era así, Miri. Y creo que has ayudado mucho al abuelo desde que vino a vivir con nosotros. —De no ser por ella, el viejo todavía seguiría intentando encontrar los zapatos—. ¿Recuerdas que lo hablamos cuando vino el abuelo? No es un tipo agradable. —Excepto cuando quiere un favor o está preparándote para derribarte; en ese caso puede engatusar casi a cualquiera.
—Sí. Lo recuerdo.
—Lo que dice cuando intenta hacerte daño no tiene nada que ver con que hayas sido buena o mala, inteligente o estúpida.
—Pero, quizás he sido demasiado insistente. No le has visto esta mañana, Bob. Estaba tan triste… Cree que no me doy cuenta, pero lo veo. El pulso se le dispara. Tiene tanto miedo que ya no puede escribir. Y echa de menos a la abuela, digo, a Lena. i Yo echo de menos a Lena! Pero yo…
—No es responsabilidad tuya resolver este problema, Miri. —Por encima de la cabeza de la niña miró a Alice—. Es mía, y hasta ahora lo he hecho muy mal. Tu trabajo, bien, es Fairmont Junior.
—En realidad, la llamamos Fairmont.
—Vale. Mira. Antes de que viniese el abuelo sólo pensabas en la escuela. En la escuela, tus amigos y tus proyectos. ¿No me dijiste que lo ibais a transformar para Halloween?