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Y Robert se había dejado caer en el sofá. Por un momento su hijo lo había dominado con su estatura. Luego se había sentado enfrente y se había inclinado hacia él.

—Miri no quiere contar los detalles, pero está claro lo que has hecho esta tarde, caballero.

—Bob, yo simplemente…

—Cállate. Mi niñita ya tiene bastantes problemas, iy tú no serás uno más! —Su mirada era penetrante y firme.

—No pretendía hacerle daño, Bob. He tenido un mal día. —Una parte lejana de su ser se dio cuenta de que estaba gimoteando, y de que no podía dejar de hacerlo—. ¿Dónde está Lena, Bob?

Bob entornó los ojos.

—Ya me lo has preguntado antes. Me preguntaba si fingías. —Se encogió de hombros—. Ahora ya no me importa. A partir de hoy, sólo quiero que te vayas de aquí, pero… ¿Has echado un vistazo a tu situación financiera, papá?

Todo se reducía a eso.

—Sí… Hay un paquete financiero en mi WinME. Mis ahorros. Era multimillonario en 2000.

—Eso fue hace tres pueblos, papá. Pero en este punto estás casi acreditado para mantenerte por tu cuenta. Lo tendrás difícil para amedrentar a los funcionaros públicos. Los contribuyentes no son muy amables con los viejos; los viejos ya dirigen demasiados aspectos del país. —Vaciló—. Y a partir de hoy no cuentes con mi generosidad. Mamá murió hace dos años… y te abandonó décadas antes. Pero quizá deberían preocuparte otras cosas. Por ejemplo, ¿dónde están tus viejos amigos de Stanford?

—Yo… —En la mente de Robert aparecieron caras. Había pasado treinta años en el Departamento de Inglés de Stanford. Muchos rostros. Algunos pertenecían a personas más jóvenes que él. ¿Dónde estaban?

Bob asintió en silencio.

—Exacto. Nadie ha venido a visitarte. Nadie ha intentando ponerse en contacto contigo. Yo debería saberlo bien. Incluso antes de lo de hoy ya suponía que en cuanto recuperases las fuerzas harías daño a quien tuvieses más cerca… y que sería Miri. Así que he estado intentando encajarte con alguno de tus viejos colegas. ¿Y sabes qué, papá? Ninguno de ellos quiere saber nada de ti. Oh, sales en las noticias. No tendrás que esforzarte mucho para encontrar tantos seguidores como antes… pero entre ellos no habrá ni un solo amigo. —Hizo una pausa—. Ahora no tienes opciones. Termina el semestre; aprende lo que puedas. Y luego sal de mi casa.

—Pero Lena… ¿Qué hay de Lena? Bob agitó la cabeza.

—Mamá está muerta. Para ti no contaba a no ser que necesitaras una sirvienta o una pelota para dar patadas. Ya es demasiado tarde. Está muerta.

—Pero… —Tenía recuerdos, pero contradictorios. La última década en Stanford. El premio Bollingen y el Pulitzer. Lena no había estado con él para compartirlos. Se habían divorciado más o menos cuando Bob se había unido a los marines. Y, sin embargo…—. Recuérdalo. Lena me metió en aquella residencia de ancianos, Al Final del Arco Iris. Y estaba allí, cuando las cosas se pusieron realmente feas. Estuvo allí con Cara. —Su hermanita de todavía diez años muerta desde 2006. Se quedó sin habla.

Algo brilló en los ojos de su hijo.

—Sí. Mamá estuvo, igual que Cara. Y un ataque de vergüenza no va a servirte de nada conmigo, papá. Te quiero fuera de aquí. El final del semestre es la fecha límite.

Y ésa había sido la conversación más larga que Robert había mantenido con alguien desde el sábado.

Hacía frío. Se adentró mucho en el desierto. La noche ya ocupaba la mitad del cielo. Las estrellas colgaban sobre un terreno llano que se extendía interminable por delante de él. Quizás ése era el secreto del regresado… que sólo quería volver a irse, caminando eternamente en la oscuridad azulada. Continuó un trecho, luego se detuvo, paró junto a una enorme roca… y contempló la noche,

Al cabo de unos minutos, se dio la vuelta y se puso a caminar hacia el brillante crepúsculo.

Juan se distrajo de la búsqueda que le pedía el Gran Lagarto. La escuela empezaba a ponérselo difícil. Chumlig quería que terminasen los proyectos y quería resultados de verdad. Lo peor de todo: la junta escolar había decidido que los alumnos debían mostrar sus trabajos creativos en la noche de los padres… en lugar de hacer examen final. Con las malas notas y la decepción de Chumlig le bastaba; Juan ya sabía que era un fracasado. Pero semejante humillación pública era algo que deseaba evitar como fuese.

Dedicó un rato a una búsqueda diferente: encontrar a un compañero para la clase de composición. El problema era que a Juan no se le daba bien escribir. No era más que normalito con las matemáticas y los foros de respuesta. La señora Chumlig decía que el secreto del éxito era «aprender a plantear las preguntas adecuadas». Pero también decía que para hacerlo además debía «saber algo sobre algo». Eso y «todo el mundo posee un talento especial» eran los pilares de su filosofía. Pero no le servían de nada. Quizá lo mejor fuese montar un equipo tan grande que los perdedores se protegiesen unos a otros.

Aquel día estaba sentado al fondo de la carpa del taller en compañía de Fred y Jerry. Los gemelos habían faltado a taller por la mañana, Por eso pasaban el resto del día allí en lugar de ir a la sala de estudio. Era divertido. Los dos fingían trabajar en un modelo planetario magnético… un plagio tan evidente que sus planos todavía tenían las URLs de la fuente. Casi la mitad de la clase ya tenía algo terminado. Los aviones de papel de Doris Schley volaban, pero esa misma tarde su equipo había descubierto terribles problemas de estabilidad. No sabían nada del proyecto secreto de Fred y Jerry: los gemelos habían tomado el control del aire acondicionado de la carpa. Mientras se recostaban y trasteaban con el modelo planetario, empleaban los ventiladores para derribar los aviones de Schley.

Xiu Xiang estaba inclinada sobre la bandeja de transporte en la que trabajaba. Ya no parecía tan asustada y desesperada, aunque había retorcido tanto la superficie de transporte que no servía para nada. Xiang prácticamente tenía la nariz metida en el equipo. De vez en cuando se echaba atrás y examinaba la página visor para luego volver al desastre inmóvil que había creado.

Winston Blount no había aparecido desde que Juan lo había reclutado para la misión del Lagarto. El chico lo consideraba una buena señal; quizás el señor Blount estuviese trabajando en la afiliación.

Se colocó frente al aire frío de los ventiladores. Al fondo se estaba bien. Hacía calor y había mucho ruido en la entrada, pero ahí se sentaba Robert Gu. Antes, el tipo había estado observando a la doctora Xiang. Daba la impresión de que ella le miraba a él de vez en cuando, pero con mucha más discreción. En aquel momento el señor Gu prestaba atención a la rotonda de fuera, donde los coches paraban ocasionalmente para recoger o dejar a un pasajero y se iban. En la mesa, delante del falso adolescente, había piezas de BuildIt y varias torres de aspecto inestable. Juan amplió un par de ellas desde el punto de vista cenital de la carpa, sobre la cabeza de Gu. Ja. Los cacharros no tenían motores, ni siquiera lógica de control.

Así que Gu iba a fracasar en esa clase con tanta seguridad como Juan lo haría en composición. De pronto se le ocurrió que quizá debía retomar el juego del Lagarto y hacer un último intento de encontrar un compañero para el proyecto de Chumlig. Pero ya lo probé con él la semana pasada. Robert Gu era el mejor escritor que Juan hubiese conocido. Era tan bueno que podía matarte sólo con palabras. Juan se tragó el orgullo e intentó olvidar lo de la semana anterior.

Y luego pensó: El tipo no está vistiendo, así que está mirando al vacío. Debe de estar muerto de aburrimiento. Juan titubeó otros diez minutos, pero quedaba media hora más de taller y los Radner estaban demasiado concentrados en sus armas antiaéreas.