Jerry —› Juan: ‹ms› Eh, ¿adónde vas?‹/ms›
Juan —› Radner: ‹ms› Voy a probar una vez más con Gu. Deseadme suerte.‹/ms›
Fred —› Juan: ‹ms› No es bueno para la salud desear tanto una buena nota.‹/ms›
Juan vagó por el pabellón, recorriendo los bancos de trabajo como si estuviese examinando los otros proyectos. Acabó detrás del extraño anciano. Gu se giró para mirarle y la fachada de despreocupación de Juan se evaporó. La cara sudorosa de Gu parecía casi tan joven como la de Fred Radner. Pero los ojos miraron directamente a Juan, fríos y crueles. La semana anterior, el tipo le había parecido amistoso… hasta el momento en que abrió a Juan en canal. Juan se había quedado sin frases ingeniosas; incluso sin frases tontas. Finalmente logró señalar las torres demenciales en las que había estado trabajando Roben Gu.
—¿Qué es el proyecto?
El joven-viejo siguió mirando a Juan.
—Un reloj. —Luego metió la mano en la caja de piezas y dejó caer tres bolas plateadas por la parte superior de la torre más alta.
—¡Oh!: —Las bolas fueron descendiendo por rampas conectadas.
La primera torre estaba justo delante de Juan. Yendo hacia la derecha, —cada torre era un poco más baja y más compleja que la anterior. El señor Gu había usado la mayor parte de las «piezas clásicas» que Ron Wiliams mantenía en stock. ¿Eso era un reloj? Juan intentó encajarlo en patrones de relojes antiguos. No encajaba del todo, aunque tenía palancas que daban una y otra vez contra un cómodicegoogle… una rueda de transmisión. Quizá las bolas que caían por las rampas fuesen como las manecillas de un reloj.
Gu siguió mirándole y dijo:
—Pero va demasiado rápido.
Juan se inclinó e intentó ignorar su mirada. Capturó como unos tres segundos del movimiento de la máquina, lo suficiente para identificar puntos estacionarios y dimensiones. Había un programa de viejos mecanismos que siempre venía bien para juegos con artilugios medievales; le pasó la descripción. Los resultados se interpretaban con facilidad.
—Esa palanca tiene que ser seis milímetros más larga. —Usó el dedo para señalar una diminuta.
—Lo sé.
Juan le miró.
—Pero no está vistiendo. ¿Cómo lo ha sabido?
Gu se encogió de hombros.
—Es un don médico.
—Está muy bien —dijo el chico, inseguro.
—¿Para qué? ¿Para hacer lo que puede hacer cualquier niño?
Juan no sabía qué responder. —Pero también es poeta.
—Y ahora se me dan bien los artilugios. —La mano de Gu salió disparada, destrozando palancas y engranajes. Las piezas salieron en todas direcciones, algunas incluso se rompieron por la fuerza del golpe.
Eso llamó la atención de todos. La clase guardó un silencio súbito… y se encendió la mensajería silenciosa.
Era mejor que dejara al viejo. Pero Juan necesitaba ayuda con la composición creativa, vaya si la necesitaba. Así que dijo:
—Todavía lo sabe todo sobre las palabras, ¿no?
—Sí, todavía lo sé todo sobre las palabras. Todavía sé gramática. Puedo interpretar frases. Incluso sé deletrear… aleluya, sin ayuda mecánica. ¿Cómo te llamas?
—Juan Orozco.
—Sí, ya me acuerdo. ¿Qué sabe hacer usted, señor Orozco?
Juan bajó la barbilla.
—Estoy aprendiendo a plantear la pregunta adecuada.
—Entonces, hazlo.
—Vaya. —Juan miró las otras piezas que Gu había elegido pero no había usado en el reloj: motores rotativos, sincronizadores inalámbricos, juegos de engranajes programables, incluso una bandeja de transporte como la que la doctora Xiang había destrozado—. Bien, ¿por qué no usa ninguno de esos aparatos? ¿Sería mucho más fácil?
Esperaba que Gu le soltase alguna chumillada sobre resolver los problemas dentro de unos parámetros. En lugar de eso, el otro agitó con furia una pieza.
—Porque no puedo ver su interior. Mira. —Movió el motor rotativo sobre la mesa— «El usuario no debe manipular el interior.» Lo dice en el plástico. Todo es una caja negra. Todo es magia inescrutable. —Podrías consultar el manual —dijo Juan—. Muestra los mecanismos Internos.
Gu vaciló. Tenía los puños cerrados. Juan retrocedió unos centímetros.
—¿Puedes ver el mecanismo interno? ¿Puedes modificarlo? Juan se miró los puños. Está loco de atar.
—Se ve con facilidad. Casi todo lleva su manual. Si no lo tiene, no hay más que googlear el número de pieza. —La expresión del rostro de Gu hizo que Juan pasase a modo rápido—. Y, en cuanto a modificar la parte interna… Suelen ser programables. Por lo demás, el único cambio que se puede realizar es en la fase de diseño y fabricación personalizada. Es decir, son sólo componentes. ¿Para qué ibas a querer cambiarlos una vez fabricados? No hay más que tirarlos si no funcionan como quieres.
—¿Sólo componentes? —Gu miró hacia el exterior de la carpa taller. Un automóvil recorría la avenida Pala hacia la rotonda de la escuela—. ¿Qué hay de los malditos coches?
Toda la clase los miraba. Casi toda la clase: el señor Williams se había tomado un descanso y no estaba en contacto.
El señor Gu se agitó brevemente. De pronto estaba de pie. Agarró a Juan por el cuello.
—Por Dios que vaya echar un vistazo.
Juan dio un salto apartándose de las manos frenéticas de Robert Gu. —¿Abrir un coche? ¿Por qué iba a querer hacer eso?
—Ésa no es la pregunta adecuada, niño. —Al menos se alejaban de la rotonda. Aunque fuera detrás de un automóvil, ¿qué daño podía hacer? La carrocería de los coches estaba fabricada con un compuesto de lo más normal, fácil de reciclar pero tan resistente como para soportar un choque a noventa kilómetros por hora. A la mente le vinieron visiones de láseres de batalla y almádanas monstruosas. Pero estaban en el mundo real.
Jerry —› Juan: ‹ms› ¿Qué trama el chiflado?‹/ms›
Juan —› Radner: ‹ms› ¡Ni idea!‹/ms›
Robert Gu le llevó hasta el otro lado de la carpa, hasta el puesto de Xiu Xiang. Cuando llegaron, el único rastro de locura era el casi imperceptible estremecimiento en su cara.
—¿Doctora Xiang?
El loco parecía relajado y amigable, pero Xiang vaciló bastante.
—Sí —dijo.
—He estado admirando su proyecto. ¿Un sistema de desplazamiento de masa?
Xiang inclinó hacia él la superficie deformada.
—Sí. No es más que un juguete, pero pensaba que podría obtener algo de efecto de palanca si doblaba la superficie. —Hablar sobre el dispositivo parecía distraerla del comportamiento peculiar de Gu.
—¡Muy bien! —En la voz de Gu sólo había encanto—. ¿Puedo? —Tomó el panel y examinó el borde desigual.
—Tuve que hacer surcos para que las microestrías no se entrelazasen —dijo Xiang, poniéndose en pie para señalar su trabajo.
Las bandejas de transporte eran para tirar basura o mover pequeños contenedores. Solían ser mejores que las manos robóticas, a pesar de que no tenían un aspecto tan impresionante. La madre de Juan había reformado su cocina empleando transportes de mármol de imitación; desde entonces todo lo que quería estaba donde debía, ya fuese en el refrigerador, en el horno o sobre la tabla de cortar, justo cuando lo precisaba. Habitualmente las microestrías no se deslizaban a más de unos centímetros por segundo.
Lo que Xiang decía dio que pensar a Juan. Quizás el plano deformado no estuviese roto. Introdujo las dimensiones en un programa de mecánica…
Pero por lo que parecía Robert Gu ya sabía lo que hacer.
—Podría triplicar la fuerza de salida si lo ajusta aquí. —Retorció la bandeja. Emitió el crujido habitual en la cerámica cuando casi la doblas hasta el punto de ruptura.