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—Espere… —La mujer fue a agarrar el proyecto.

—No se ha roto. Así es mucho mejor. Venga y se lo demostraré. —Lo dijo de un modo franco y amistoso, pero ya se alejaba.

Xiang fue tras él, pero no actuó como los chicos cuando alguien les quita lo suyo. Caminó junto a Gu inclinando la cabeza para dar un vistazo a la bandeja de transporte destrozada.

—Pero no hay forma de aprovechar esa ventaja mecánica empleando sólo las baterías que está permitido usar… —El resto de lo que dijo fue jerga matemática; Juan se limitó a guardarlo para luego.

Cuando Gu pasaba junto a los gemelos Radner agarró con el brazo derecho un frasco de cuentas de metal que Fred y Jerry usaban para el modelo planetario.

—¡Eh! —Los Radner se pusieron en pie y le siguieron, casi sin hablar en voz alta. Los estudiantes de Educación de Adultos eran intocables. Tú no te metías con ellos y ellos no se metían contigo.

Jerry —› Juan: ‹ms› ¿Qué nos hemos perdido, Juan?‹/ms›

Fred —› Juan: ‹ms› Sí. ¿Qué le has dicho?‹/ms›

Juan se echó atrás, alzando las manos para dejar claro que no era más que un espectador inocente.

U n espectador casi inocente. Cuando Gu pasaba junto a su banco de trabajo señaló con la barbilla la entrada de la carpa.

—Haz algo útil, Orozco. Consígueme algo de corriente eléctrica.

Juan se puso delante. En la escuela había fuentes de 110VAC, aunque en el interior. Buscó instalaciones de mantenimiento y vio una enorme flecha que señalaba hacia el césped. El conector que empleaban para alimentar la reconfiguración de edificio cuando precisaban un auditorio extra. Tenía una extensión total de diez metros. Corrió hasta ese punto y sacó la línea de entre la hierba recién cortada.

A esas alturas, todos los chicos, menos el equipo de Schley, que estaba encantado con la mejora del rendimiento de sus aviones, los habían seguido al exterior.

El coche que salía del tráfico se deslizaba para detenerse en el bordillo. Era la señora Chumlig, que volvía de almorzar.

Robert Gu llegó hasta ella con Xiang justo detrás y con aspecto de disgusto. Gu ya no hacía ruiditos agradables. Agarró el cable de corriente de manos de Juan y lo enchufó en el conector universal de la bandeja, saltándose la diminuta batería empleada por la doctora Xiang. Puso la bandeja de lado y vertió las cuentas de metal del proyecto de los Radner por la abertura superior.

Chumlig había salido del coche.

—¿Que esta…?

El loco le sonrió.

—Es mi proyecto de taller, Louise. Ya me he hartado de eso de que «el usuario no debe manipular el interior». Vamos a echar un vistazo. —Se inclinó sobre el capó del coche y pasó los dedos por las palabras impresas que prohibían la interferencia del cliente.

Los chicos formaban un grupo sobrecogido. Juan nunca había oído de nadie que se hubiese vuelto loco en Fairmont. Robert Gu estaba haciendo historia. El viejo colocó la bandeja de transporte contra el automóvil. ¿Dónde está su láser de batalla, señor Astronauta? Gu siguió con el dedo el borde de la bandeja, luego miró a su derecha, a los hermanos Radner.

—En serio, no querréis estar ahí.

Xiu Xíang se puso frenética, gritándoles a los gemelos.

—¡Atrás! ¡Atrás!

Juan recibía respuestas increíbles del programa de mecánica. Se alejó de la bandeja de transporte. Robert Gu no necesitaba ningún láser de batalla. En esa ocasión, tenía algo mejor.

Gu dio energía a la bandeja. El sonido fue como de ropa al rasgarse pero fortísimo, como si se avecinara el fin del mundo. Salieron chispas del punto donde la bandeja de transporte tocaba el capó del coche. A seis metros por delante del vehículo, donde los Radner habían estado, había un seto de adelfas. Algunas de las ramas eran tan gruesas como el brazo de Juan. Las flores blancas bailaban como si hubiese brisa; una de las más grandes se rompió y cayó al suelo.

Gu desplazó la bandeja por la panza del automóvil, lanzando docenas de cuentas de metal por segundos contra el capó que cortaron una brecha de veinte centímetros de ancho. Giró la bandeja, el cortador, y cortó en ángulo. El césped cercano estaba destrozado por los rebotes invisibles.

En menos de diez segundos, Gu había vuelto al punto de inicio y la sección cortada cayó en la oscuridad del hueco del motor del coche.

Gu arrojó a la hierba el proyecto de Xiu Xiang. Metió la mano en el motor y sacó el trozo suelto. Vítores desdeñosos de los chicos.

—¡Eh, imbécil! Tiene que haber un cierre. ¿Por qué no engañar al cierre?

Como si no los hubiera oído Gu se inclinó para mirar al interior. Juan se le acercó. El compartimiento estaba a la sombra pero se veía muy bien. Sin contar los daños, tenía el aspecto que indicaba el manuaclass="underline" algunos nodos de procesador y fibra llevaban a docenas de nodos adicionales, sensores y efectores. Había servos de dirección. Al fondo, que el corte de Gu no había afectado, estaba el bus De que iba a la rueda izquierda delantera. El resto era espacio vacío. Los condensadores y las células de energía estaban en la parte posterior.

Gu miró fijamente aquello. No había fuego, ninguna explosión. Incluso de haber cortado por la parte posterior, los sistemas de seguridad habrían evitado cualquier resultado espectacular. Pero Juan veía cada vez más indicadores de error. Pronto acudiría un camión de chatarra.

Gu hundió los hombros y Juan se acercó para mirar mejor las cajas de componentes. Todos llevaban una inscripción física:

El viejo se envaró y dio un paso alejándose del coche. Detrás de ellos, Chumlig y Williams, que ya había vuelto, llevaban a los estudiantes a la carpa. Casi todos los chicos estaban enloquecidos. Ninguno, ni siquiera los hermanos Radner, había tenido el valor de perder por completo la cabeza. Cuando cometían una travesura grande, normalmente era con software, como el chico que había gritado entre la multitud.

Xiu Xiang recogió su extraño proyecto, mejorado por Gu. Cabeceaba y murmuraba para sí. Desconectó el dispositivo y dio un paso hacia Robert Gu.

—¡No me ha gustado nada que se apropiase de mi juguete! —dijo.

Su expresión era extraña—. Aunque es cierto que lo ha mejorado doblándolo por ahí. —Gu no respondió. La mujer vaciló—. ¡Y yo jamás lo habría alimentado con un cable de corriente!

Gu señaló las entrañas del coche muerto.

—Una sucesión de muñecas rusas hasta el fondo del todo, ¿no es así, Orozco?

Juan no se molestó en buscar «muñecas rusas».

—Es simple material desecna6le, profesor Gu. ¿Por qué iba a querer alguien trastear con él?

Xiu Xiang se inclinó, miró el compartimento casi vacío y las cajas con sus etiquetas grabadas. Miró a Gu.

—Tú lo llevas peor que yo, ¿verdad? —dijo en voz baja.

Gu agitó la mano, y por un momento Juan creyó que iba a golpear a la mujer.

—Zorra inútil. Tú nunca fuiste más que una ingeniera y ahora tienen que reeducarte incluso para volver a serlo. —Se giró y se alejó siguiendo la rotonda, bajando la colina hacia la avenida Pala.

Xiang dio uno o dos pasos hacia Gu. Desde el interior de la escuela Chumlig exigía que todos volviesen a entrar; Juan tocó el brazo de Xiang.

—Debemos volver dentro, doctora Xiang.

No se lo discutió, sino que se dio la vuelta y volvió a la carpa, agarrando con fuerza su bandeja transportadora. Juan la siguió, mirando continuamente al loco que se iba en dirección contraria.

Incluso con Robert Gu lejos de la escuela, el resto de la tarde fue bastante emocionante. La junta escolar invocó silencio. Bien, intentó invocar silencio. Pero tenía que permitir a los estudiantes mantenerse en contacto con sus hogares, y la mayoría de los chicos consideraron que era una buena ocasión para pillar una afiliación periodística. Juan había estado lo suficientemente cerca como para ofrecer las mejores imágenes del «gran destrozo de automóvil»; a su madre no le hizo mucha gracia. Le hizo mucha menos cuando se enteró de que «el loco» iba a tres de las clases de Juan.