Y, de pronto, esa mujer. La respuesta a mis plegarias. Sí, seguro. Le indicó que se sentase; al menos eso la avergonzaría.
Pero la aparición sabía exactamente dónde estaba situada. Se colocó sobre la silla, al otro lado de la mesa, sin apenas superponer cuerpo y mueble.
—Realmente esperaba un e-mail —dijo Sharif. La mujer de negro se encogió de hombros. Su mirada imperiosa no vaciló. Al cabo de un momento, Sharif añadió—: La verdad es que estoy buscando un tema para mi tesis. Pero le advierto de que no me interesan el fraude, el plagio ni la colaboración. Si eso es lo que me vende, por favor, márchese. Simplemente quiero la dirección, y el apoyo, que ofrece un buen director de tesis.
La dama sonrió con crueldad y de pronto Sharif pensó que podía estar relacionada con Annie Blandings. La vieja ni siquiera vestía… pero quizá tuviese amigos que sí lo hacían.
—Nada ilegal, señor Sharif. Simplemente vi su anuncio. Le ofrezco una oportunidad estupenda.
—¡Y no tengo mucho dinero!
—Estoy segura de que podremos llegar a un acuerdo. ¿Interesado?
—Bien… es posible.
La dama de negro se inclinó hacia delante. Incluso su sombra se ajustaba a la iluminación de la cafetería. Sharif ni siquiera sabía que fuese posible tanta precisión.
—¿Supongo que no sabe que Robert Gu está vivo, en buen estado y que reside en el sur de California?
—¿Eh? ¡Tonterías! Murió hace años. No ha habido… —La mirada silenciosa le obligó a callar. Tecleó brevemente en su teclado fantasma, solicitando una búsqueda estándar. Desde que había empezado a trabajar en 411 se había vuelto muy bueno con esas búsquedas ultrarrápidas. Los resultados pasaron sobre la mesa—. Vale. —Simplemente dejó de escribir—. Alzheimer… y ¡ha vuelto!
—Efectivamente. ¿Le sugiere posibilidades?
—Mmm. —Sharif siguió con su imitación pez de acuario durante un segundo o dos. Si hubiese mirado los datos correctos, yo mismo lo habría sabido hace un mes—. Sugiere posibilidades. —Entrevistar a Robert Gu iría justo por detrás de charlar con William Shakespeare.
—Bien. —La dama de negro unió las puntas de los dedos—. Sin embargo, hay complicaciones.
—¿Como cuáles? —Una oportunidad tan buena debía de ser una estafa.
—Robert… —La imagen de la mujer pareció congelarse un instante, quizás un fallo de comunicación—. El profesor Gu no soporta a los tontos. Y menos ahora. Puedo darle capacidad de acceso a su enum privado. Será cosa suya conseguir que le interese el asunto.
Sin el enum, llegar hasta el gran hombre sería muy difícil.
—¿Cuánto? —dijo. Tenía veinte mil dólares en su crédito de estudiante. Quizá su hermano desde Calcuta pudiese hacerle un préstamo. —Ah, mi precio no es en dólares. Simplemente pido asistir, de vez en cuando, para hacer sugerencias o plantear preguntas.
—Pero ¿yo tendré los derechos de publicación?
—Por supuesto.
—Yo, bien… —Sharif vaciló. ¡Robert Gu!—. Vale, trato hecho.
—Muy bien. —La dama le señaló la mano—. Deme un momento de acceso total.
Regla Número Uno de Epifanía, que recuerdan en todas las instrucciones: «El acceso total es sólo para padres y esposos… y aun así sólo si te gusta arriesgarte.» Sharif nunca supo si fue por necesidad o por el tono de la mujer, pero tendió la mano y tocó el aire vacío. Al mismo tiempo, redujo la seguridad. El cosquilleo del dedo fue pura imaginación, sin duda, pero entre ellos el aire estuvo de repente lleno de certificados vinculantes.
Y el papeleo acabó. Lo que quedó flotando fue un único enum. Con aprensión súbita, Sharif miró el identificador.
—¿Y, simplemente, le llamo?
Ella asintió.
—Ahora puede hacerlo. Pero recuerde lo que le he dicho… es intolerante con los tontos. ¿Conoce su obra?
—Claro que sí.
—¿La admira?
—¡Sí! La admiro sincera e inteligentemente. —Era una afirmación que había surtido efecto con todos los profesores que Sharif había conocido. Además, en aquel caso era la verdad.
La dama asintió.
—Puede que sea suficiente. Tenga en cuenta que el profesor Gu no se siente muy bien. Todavía se recupera de su enfermedad. Es posible que tenga usted que serle de utilidad práctica.
—Vaciaré su orinal si hace falta.
Una vez más, la expresión se congeló brevemente.
—¡Ah! No creo que vaya a ser necesario. Pero echa de menos cosas del pasado. Echa de menos la forma de los libros. Ya sabe, esos objetos incómodos que hay que cargar.
¿Quién es esta criatura? Pero asintió.
—Lo sé todo sobre los… libros físicos. Puedo mostrarle muchos y en persona. —Ya estaba mirando los servicios de taxi.
—Muy bien. —La aparición sonrió—. Buena suerte, señor Sharif. —Y desapareció.
Sharif se quedó casi un minuto mirando al espacio recientemente ocupado por la mujer de negro. Luego le consumió el deseo de compartir esa noticia con los demás. Por suerte, a esas horas de la noche la cafetería estaba casi desierta, y Sharif no era de los que podían enviar mensajes tan rápido como necesitaba. No, al cabo de un momento comprendió que se trataba de algo que sería mejor no decir, al menos hasta haber establecido una conexión con Roben Gu.
Además… empezaba a tener reparos. ¿Cómo he podido ser tan estúpido como para dejarla acceder a mi atuendo? Ejecutó un par de veces la comprobación de integridad de Epifanía. Los indicadores de pureza flotaron en el aire sobre el taco. Según Epifanía estaba limpio; claro, si le habían pervertido por completo eso era exactamente lo que diría. Maldita sea. No quiero tener que freír la ropa para limpiarla. i Otra vez no!
Sobre todo en aquel caso. Miró el enum dorado: el identificador directo de Robert Gu. Si lograba la aproximación adecuada, al fin tendría su tesis. No cualquier tesis. Sharif consideraba que Roben Gu ocupaba el estante más alto de la literatura moderna, junto con Williams y Cho.
Y Annie Blandings opinaba que Gu era Dios.
11
Ordenadores para llevar en la ropa, qué idea. IBM PC cruzado con la marca de ropa Epifanía. De hecho, Robert hubiese dicho que su nuevo vestuario era de prendas normales. Cierto, las camisas y pantalones no eran de un estilo que le gustase. Llevaban bordados tanto dentro como fuera. Pero el bordado se apreciaba mejor al tacto que a la vista; Juan Orozco le había enseñado vistas especiales para revelar la red de microprocesadores y láseres. El principal problema habían sido las dichosas lentes de contacto. Se las tenía que poner todas las mañanas y llevarlas el día entero. Sufría en los ojos centelleos y destellos constantes. Pero, con práctica, lo controló. Sintió una absoluta alegría la primera vez que logró teclear una búsqueda en un teclado fantasma y vio la respuesta de Google flotando en el aire frente a sus ojos… Le daba cierta sensación de poder el ser capaz de extraer respuestas del aire.
Y luego estaba lo que Juan Orozco llamaba «codificación colectiva». Pasó una semana. Robert practicaba con su atuendo de principiante, intentando repetir los trucos de codificación que Juan le había enseñado. En general, ni siquiera los gestos más simples le salían bien a la primera. Pero él insistía e insistía… y cuando la orden funcionaba al fin, el éxito le daba una lamentable pizca de alegría y se esforzaba aún más. Como un niño con un videojuego nuevo. O una rata amaestrada.
Cuando recibió la llamada de teléfono creyó que estaba sufriendo una apoplejía. Vio destellos frente a los ojos y oyó un zumbido lejano. El zumbido se fue dividiendo en palabras: