—… me guzzzztaría mucho… entreviztarle zzzzeñor…
¡Ajá! Spam o un periodista.
—¿Por qué iba a concederte una entrevista?
—Pero zzzzería una entrevizzzzta… corta.
—Ni siquiera corta. —La respuesta de Robert era instintiva. Hacía años que no tenía ocasión de despedir a un periodista.
La luz seguía careciendo de forma, pero cuando Robert enderezó el cuello la voz se escuchó clara y perfectamente.
—Señor, me llamo Sharif, Zulfikar Sharif. La entrevista sería para mi tesis de literatura inglesa.
Robert entornó los ojos, se encogió de hombros, volvió a entornarlos y, de pronto, le salió bien: el visitante estaba de pie en medio de su dormitorio. ¡Se lo tengo que contar a Juan! Era su primer verdadero éxito tridimensional y, además, era cierto todo lo que el chico afirmaba sobre la proyección retinal. Robert se puso en pie y pasó por un lado del visitante, miró detrás. La imagen era tan sólida, tan completa… «Mmm». Y, sin embargo, la sombra del visitante no se correspondía con la iluminación real. ¿Quién será el responsable de ese fallo?
Su visitante de piel oscura, ¿indio?, ¿paquistaní?, la voz tenía un deje del sur de Asia, seguía hablando:
—¡Por favor, no diga que no, señor! Entrevistarle sería un gran honor. Usted es un recurso para toda la humanidad.
Robert se acercó y se alejó del visitante. Seguía boquiabierto por el medio del mensaje.
—¡Sólo una pequeña cantidad de su precioso tiempo, señor! Eso es todo lo que pido. Y… —Miró a la habitación de Robert, probablemente viendo lo que realmente contenía. Robert no había tenido ocasión de establecer fondos falsos. Juan se lo iba a enseñar a hacer el día anterior, pero se habían entretenido con la parte del acuerdo que correspondía a Robert: enseñarle inglés al chico. Al pobre Juan casi analfabeto. Sin embargo, ese Sharif: ¿cuánto talento tenían los graduados en la actualidad?
Ese graduado en concreto parecía cada vez más desesperado. Vio algo detrás de Robert.
—¡Ah, libros! Usted es uno de los que todavía valoran los de verdad.
Las «librerías» de Robert estaban hechas de planchas de plástico y cajas de cartón, pero le permitían guardar todos los libros que había rescatado del sótano. Algunos, como los de Kipling, jamás le habrían interesado en su antigua vida. Pero eran todo lo que tenía. Volvió a mirar a Sharif.
—Así es. ¿Qué quiere decir con eso, señor Sharif?
—Simplemente pensaba… Significa que compartimos los mismos valores. Ayudándome, estará usted contribuyendo a estas nobles pasiones. —Hizo una pausa… ¿escuchaba una voz interior? Desde que Juan le daba clases, Robert era suspicaz con la gente que escuchaba voces interiores—. Quizá podamos llegar a un acuerdo, señor. Yo daría casi cualquier cosa por algunas horas de sus opiniones y recuerdos. Estaría encantado de ser su agente 411 personal. Soy experto en esos servicios; así me pago la universidad. Puedo guiarle por el mundo contemporáneo.
—Ya tengo tutor. —Cuando reflexionó sobre la respuesta sintió una punzada de sorpresa. En cierto sentido, era cierto: tenía a Juan.
Otro silencio trascendente.
—Oh. Él. —Sharif… una imagen perfecta excepto por la sombra mal colocada y los zapatos hundidos un par de centímetros en el suelo… caminó alrededor de Robert. ¿Para echar un vistazo de cerca a los libros? De pronto Robert tenía más preguntas para Juan Orozco. Pero Sharif había vuelto a hablar—: ¿Están impresos permanentemente? ¿No son panfletos impresos cuando hace falta?
—¡Por supuesto que no!
—Maravilloso. ¿Sabe? Podría enseñarle la biblioteca de la UCSD. Millones de volúmenes.
—Puedo ir cuando quiera. —Pero hasta el momento no se había atrevido. Robert contempló su reducida biblioteca. En la Edad Media, un hombre rico tenía esa cantidad de libros. La gente poseedora de libros volvía a ser algo poco habitual. Pero en la UCSD había una biblioteca física, real. Ir con aquel graduado… sería un poco como regresar a los días de antaño.
Miró a Sharif.
—¿Cuándo?
—¿Por qué no ahora?
Robert tendría que comunicar a Juan Orozco que quedaba cancelada la sesión de aquella tarde. Sintió una vergüenza instantánea impropia de él. Juan iba a enseñarle cómo hacer búsquedas de un vistazo y Robert le había prometido a Juan la métrica poética. Roben descartó el pesar.
—Entonces, vamos —dijo.
Robert tomó un coche hasta el campus. Por alguna razón, dentro del automóvil no veía una imagen clara de Sharif. Sólo oía su voz, parloteando, preguntándole a Robert su opinión de todo lo que veían, ofreciendo opiniones y datos en cuanto Robert parecía incluso remotamente confundido.
Robert ya había pasado cerca del campus; aquel día vería al fin en qué se había convertido. Saliendo de Fallbrook se encontró con las viviendas habituales, corrientes y aburridas. Pero, al norte del campus, pasó junto a interminables edificios verdes y grises, conectados entre sí aquí y allá por pasillos elevados.
—Laboratorios de ciencias biológicas —le explicó Sharif tan contento—. En su mayoría están construidos bajo tierra. —Asistió la Epifanía de Robert con punteros a imágenes y detalles.
Ah. Así que esas estructuras sin puertas ni ventanas no eran un experimento de vida comunitaria del siglo XX. Más todavía, en su interior había apenas unas cuantas decenas de personas. Los pasillos de unión servían para transportar muestras biológicas.
En esos edificios y en sus cavernas subterráneas se estarían gestando cosas monstruosas. Pero también la salvación. Robert le dedicó un breve saludo. El campo de minas celestial de Reed Weber se creaba en lugares como ése.
Eran la antesala de la UCSD. Se preparó para el futurismo incomprensible: el campus en sí. El coche recorrió Torrey Pines. Los cruces eran casi como los recordaba, aunque sin semáforos ni paradas. El tráfico cruzado se entretejía con fantasmagórica elegancia. Algún día debo escribir una pieza jocosa sobre la vida secreta de los automóviles. Nunca había visto un coche detenerse más del tiempo necesario para recoger o dejar a un pasajero. Allá en el desierto, el coche se había ido casi de inmediato, dejándolo colgado. Pero cuando había vuelto a la carretera, otro había llegado para recogerle. Esas máquinas siempre estaban en movimiento. Se las imaginaba dando vueltas por el condado, maniobrando interminablemente de forma que ningún cliente tuviese que esperar más que un momento. Pero ¿qué hacen de noche, cuando el trabajo decrece? Ése sería el tema de su poema. ¿Había garajes ocultos, aparcamientos ocultos? Debía de haber garajes para reparaciones… o al menos para cambio de piezas. Pero a lo mejor no se detenían para nada más. Era ideal para la poesía y el futurismo: de noche, cuando se reducía la demanda y por tanto tenían que dormir en un aparcamiento sin ganar nada, conspirasen para reunirse como juguetes transformer japoneses… para convertirse en camiones de carga y llevar aquello que fuese demasiado grande para UP/Express.
En cualquier caso, los viejos aparcamientos del norte del campus habían sido reemplazados por campos de juegos y edificios de oficinas como castillos de naipes. Roben hizo que el coche le dejase donde empezaba el viejo campus, cerca de Matemáticas y Física.
—Nada tiene el mismo aspecto, ni siquiera las zonas de edificios. —De hecho, parecía haber más espacios abiertos de lo que recordaba en los setenta.
—No se preocupe, profesor. —Sharif seguía siendo sólo audio. Sonaba como si leyese un folleto—. La UCSD es un campus poco habitual, mucho menos tradicional que cualquier otro de la Universidad de California. La mayor parte de los edificios se reconstruyeron tras el terremoto de Rose Canyon. Aquí tiene la vista oficial. —De pronto los edificios fueron de cemento reforzado y sólido, muy similares a los que recordaba.