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Tom Parker estaba sentado junto a la ventana panorámica. Él y Blount miraban a los manifestantes. Parker rio.

—Bien, decano, ¿va a predicar al coro? Blount gruñó.

—No. Pero nos pueden ver aquí arriba. Salúdalos, Tommie. —Blount siguió su propio consejo, alzando los brazos como si bendijese a los cantores de la entrada principal y al grupo algo más pequeño de la terraza situada junto al camino de la serpiente. De hecho, se había ofrecido para hablarles. Antaño habría sido el orador principal. Seguía siendo una pieza importante, pero con valor publicitario nulo. Repasó algunas de las imágenes que relucían sobre la multitud.

—Vaya, este acto es multitudinario. Con muchas capas.

Pero algunas de las capas eran demostraciones en contra, fantasmas obscenos que recorrían la multitud burlándose. Malditos sean. Desactivó todas las capas de mejora y se dio cuenta de que Parker le sonreía.

—Todavía sigue intentando usar esas lentes de contacto, ¿verdad, decano? —Tocó con cariño su ordenador portátil—. Sólo demuestran que no se puede ganar a la genialidad del entorno de ratón y ventanas. —Parker deslizó las manos sobre el teclado. Estaba recorriendo las capas de mejora que Blount había visto directamente con las lentillas. Puede que Tom Parker fuese el tipo más listo del conciliábulo, pero estaba irremediablemente obsesionado con los métodos antiguos—. He configurado el portátil para que muestre sólo lo verdaderamente importante. —Por la diminuta pantalla iban pasando las imágenes. Había cosas que Winston Blount no había percibido con las lentillas; alguien había situado una especie de nimbo sobre los manifestantes. Impresionante. Tommie seguía riendo—. No me aclaro con el halo púrpura. ¿Se supone que es a favor o en contra de Bibliotoma?

Al otro lado de Parker, Carlos Rivera se apartó de la ventana y se desperezó.

—En contra, según los periodistas. Dicen que el halo bendice a los guardianes del pasado.

Los tres miraron en silencio un momento. El sonido del coro atravesaba los ventanales, pero también el de las protestas en todo el mundo. El efecto de la combinación era más simbólico que hermoso, ya que las voces estaban muy desincronizadas.

Al cabo de un momento, Carlos Rivera volvió a hablar.

—¡Casi un tercio de los visitantes físicos han venido de fuera de la ciudad!

Blount le sonrió. Carlos Rivera era un joven extraño, un veterano minusválido. Apenas cumplía el requerimiento informal de edad del conciliábulo, pero en algunos aspectos estaba casi tan chapado a la antigua como Tommie Parker. Llevaba unas gafas pequeñas y gruesas, de las que habían sido populares a principios de siglo. Tenía marcas de teclear en todos los dedos. Llevaba una de las antiguas camisetas modificables. En aquel momento decía en letras blancas sobre negro: «Bibliotecarios: Guardianes del Pasado, Matronas del Futuro.» El detalle más importante acerca de Carlos Rivera era que pertenecía al personal de la biblioteca.

Parker examinaba las cifras del portátil.

—Bien, hemos llamado la atención del mundo. Hace unos momentos alcanzamos un pico de dos millones de espectadores. Y muchos más lo verán en diferido.

—¿Qué dicen los de relaciones públicas de la UCSD? Parker tecleó en el portátil.

—Vuelan bajo. Los de relaciones públicas prefieren no darle importancia. Ja. Pero la prensa popular los está machacando… —Parker se recostó para hundirse en los recuerdos—. Hubo una época en que habría ocultado mis propias cámaras en los pisos de abajo. ¡Y de haberme dejado en zona muerta, habría hackeado el sitio de relaciones públicas y habría cubierto sus notas de prensa con fotos de libros ardiendo!

—Sí —asintió Rivera—. Pero hoy en día sería difícil.

—Sí. Peor aún, haría falta valor. —Tommie acarició el portátil—. Y ése es el problema de la gente de hoy en día. Han renunciado a la libertad a cambio de seguridad. Cuando yo era joven, no había policías en todos los aparatos ni un payaso cobrando royalties cada vez que pulsabas una tecla. Entonces no existía ningún «Entorno de Hardware Seguro» y no hacían falta diez mil transistores para crear un slip-flop. Recuerdo en 1991, cuando eché abajo el… —Y se puso a contar una de sus historias.

El pobre Tommie. La medicina moderna no le había curado de la necesidad de contar una y otra vez sus batallitas. Pero Carlos Rivera parecía disfrutar con esas historias. Asentía cada pocos segundos con embeleso. Blount se preguntaba a menudo si el entusiasmo de Rivera contaba a favor o en contra del joven.

—… por tanto, cuando se les ocurrió comprobar la fibra, habíamos copiado todos los archivos y…

Por una vez, Rivera ya no prestaba atención. Se había girado hacia los estantes con una expresión de sorpresa absoluta. Soltó algo en chino y luego, por suerte, volvió al inglés.

—Quiero decir, por favor, espere un momento.

—¿Qué? —Parker miró el portátil—. ¿Han puesto en marcha las trituradoras?

Maldición, pensó Blount. Su esperanza había sido que los manifestantes dejasen constancia de aquel terrible momento.

—Sí —dijo Rivera—, pero hace varios minutos, mientras hablaba. Esto es diferente. Alguien ha entrado en la zona de carga.

Winston se puso en pie de un salto… en la medida en que sus articulaciones rejuvenecidas a medias podían saltar, claro.

—¿No habías dicho que abajo había seguridad?

—¡Pensaba que la había! —Rivera también se levantó—. Se lo mostraré.

Las imágenes aparecieron en los ojos de Blount. Vistas de las cámaras de los laterales norte y este del edificio. Más de las que podía procesar.

Blount apartó las imágenes.

—Quiero verlo con mis propios ojos. —Se perdió entre los estantes de la biblioteca, seguido por Rivera—. Si lo hubiésemos sabido, podríamos haber enviado a los nuestros.

Ése era el problema. ¡Como la seguridad era tan buena que nunca fallaba, no había nadie cerca del fallo para aprovecharse! Una parte de la mente de Blount se maravilló de sus nuevas prioridades. En otra época el decano Winston C. Blount había sido un miembro del establishment y hecho lo posible para garantizar que los ignorantes no se lo cargaran. Ahora… bueno, un poco de escándalo quizá fuese la única forma de mantener el establishment.

—¿Los del coro lo han visto?

—No lo sé. Las mejores vistas estaban en cuarentena. —Rivera hablaba como si le faltase el aliento.

Esquivaron los ascensores y la zona de personal, que ocupaban el centro de la planta. Se desplazaban en ángulo recto a los estantes. Muy al fondo de las estanterías cargadas de libros entrevió el cielo por las ventanas.

—Dijiste que cabía la posibilidad de que Max Huertas apareciese.

—Duì. Sí. Hay posibilidades de que venga. Hay varias bibliotecas que empiezan con el proyecto esta misma semana, pero la UCSD es la estrella. —Huertas era algo más que simplemente el dinero que financiaba Bibliotoma, también era un importante inversor de los laboratorios de biotecnología cercanos al campus. Había vuelto del revés el mundo universitario con su tontería de Bibliotoma, sobornando a una administración universitaria que debería haber peleado a muerte contra él.

Blount bajó de ritmo al acercarse a los ventanales. En las últimas décadas el campus de la UCSD había sufrido una revolución. La vibrante campaña de edificación de su época como decano la habían arrasado el terremoto de Rose Canyon y la lógica pedestre de los administradores de la moderna universidad. El campus había vuelto a un estilo de arbolado disperso con edificios que bien podrían haber sido estructuras prefabricadas. De una forma muy, muy triste, le recordaba los primeros años del campus, durante su época de estudiante graduado. «Aquí construimos un lugar tan hermoso y luego dejamos que los oportunistas, la educación a distancia y los malditos laboratorios lo dilapidasen. ¿En qué se beneficia una universidad si para matricular a quinientos mil pierde el alma?»