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Llegó hasta el ventanal norte y miró abajo. El sexto piso ocupaba la zona que más sobresalía del edificio. Se podía ver casi a plomo una zona de cemento cuarteado, la zona de carga de la biblioteca. y allí había un tipo mirando furtivamente a su alrededor. Carlos Rivera se puso aliado de Blount y por un momento los dos miraron abajo. A continuación Blount se dio cuenta de que el joven en realidad miraba a través del suelo: había encontrado una cámara en los pisos subterráneos.

—No es Max Huertas —dijo Carlos—. Habría venido con una tropa de lacayos.

—Sí. —Pero era alguien capaz de persuadir a los polis de alquiler de la biblioteca para que le dejasen bajar. Blount tocó el vidrio—. ¡Mira hacia arriba, imbécil!

Era asombroso lo poco que veía directamente desde arriba. El desconocido se movía con una torpeza espástica, como si fuese un viejo con un sistema nervioso regenerado… Blount ya iba teniendo un mal presagio. y de pronto el desconocido miró hacia arriba. Era como descubrir una rata enorme entre tus pies.

—¡Oh, Dios! —Una extraña mezcla de desagrado y curiosidad le obligó a decir—: Hazle subir de inmediato.

En contraste con la soleada zona de carga, el pasillo resultaba bastante oscuro. Robert vaciló mientras se acostumbraba a la poca luz. Las paredes estaban llenas de marcas y raspaduras. El suelo era de cemento desnudo. No era una zona abierta al público. Le traía recuerdos del pasado, cuando los alumnos se colaban en las entrañas de las zonas de mantenimiento de edificios como aquél.

Epifanía colgaba diminutas etiquetas sobre las puertas y el techo, e incluso en las grietas de las paredes. No le ofrecían mucha información, sólo números de identificación e instrucciones de mantenimiento, lo que ataño se habrían limitado a pintar directamente en la pared. Pero si hubiese estado dispuesto a dedicarle tiempo podría haber buscado entre las señales y obtenido información de fondo. Y había misterios. Una enorme grieta de la pared rellena de una sustancia plateada estaba macada como «voladizo-CicloLímite‹1,2mm:2Ss». Robert estaba a punto de ponerse a buscar cuando vio una puerta con un cartel grande, uno que marcaba los segundos:

00:07:03 Equipo de Bibliotoma Activo: ¡!

Qué demonios, también estaba abierta.

Al otro lado el ruido de sierra era todavía más intenso. Dio cincuenta pasos, dejando atrás cajas de plástico. «Datos rescatados», decían las etiquetas. Al fondo, detrás de una especie de elevadora con patas, había otra puerta abierta. Se encontraba en terreno conocido: estaba al fondo de la escalera de la biblioteca. Miró hacia arriba, a la espiral de escalones. Diminutos fragmentos blancos flotaban agitándose en el interior de la columna de luz central. ¿Copos de nieve? U no le aterrizó en la mano: un fragmento de papel.

Y el estruendo de la sierra era todavía más intenso, y también se oía el sonido de una aspiradora gigantesca. Pero era el estruendo irregular de sierra el que retumbaba por la escalera y le ensordecía. Le resultaba familiar, pero no era precisamente un sonido de interior. Subió las escaleras, deteniéndose en cada rellano. El polvo y el ruido eran peores en el cuarto piso, etiquetado como «Sección PZ del catálogo». La puerta se abrió fácilmente. Más allá estarían los estantes. Todos los libros que pudiese desear, kilómetros de libros. La belleza de las ideas aguardando para atacarlo.

Pero no era una biblioteca como cualquier otra. El suelo estaba cubierto de lona blanca. El aire era una neblina de restos flotantes. Respiró profundamente, olió a brea de pino y a madera quemada… y tardó un rato en dejar de toser.

El brrap, dolorosamente intenso, provenía de cuatro pasillos a la derecha, cuyos estantes estaban vacíos, cubiertos de trozos de papel y mucho polvo.

Brrap. Contra toda lógica, a veces reconocer algo resulta difícil. Pero finalmente Robert recordó exactamente qué tenía que producir aquel rugido abrupto. Lo había oído unas cuantas veces a lo largo de su vida. Pero la máquina que lo causaba siempre estaba en el exterior.

¡Brrrap! ¡Una trituradora!

Más adelante todo eran estanterías vacías, esqueletos. Roben llegó al final de un pasillo y se acercó al ruido. El aire era una niebla de polvo de papel. En el cuarto pasillo, el espacio entre estanterías estaba ocupado por un tubo de tela. El gusano monstruoso estaba muy iluminado interiormente. Al otro extremo, a casi seis metros de distancia, se encontraba la mandíbula del gusano… la fuente del ruido. Indefinidas entre los remolinos de neblina Robert vio dos figuras vestidas de blanco con un rótulo en la espalda: «Rescate de datos Huertas.» Llevaban mascarilla con filtro y casco protector. Podrían haber sido obreros de la construcción. Aunque lo cierto era que el propósito actual de su presencia allí era la deconstrucción: primero uno y luego el otro iban sacando libros de los estantes y los lanzaban a las fauces de la trituradora. Las etiquetas de mantenimiento contenían frases asépticas sobre el horror: la boca voraz era un «desencuadernador personalizado NaviCloud». El túnel de tela que se extendía por detrás era un «túnel cámara». Robert hizo una mueca de espanto… y Epifanía aleatoriamente recompensó el gesto con una visión interior del monstruo: los fragmentos triturados de libros y revistas flotaban por el túnel como hojas en un tornado, dando vueltas y entrechocando. El tejido estaba recubierto interiormente por miles de cámaras diminutas. Los fragmentos se fotografiaban una y otra vez, desde todos los ángulos y en todas las orientaciones, hasta que finalmente la hoja arrancada acababa en un depósito, justo delante de Robert. Datos rescatados.

¡! El monstruo avanzó otro metro, dejando otro metro de estante vacío. Casi vacío. Robert se adelantó y con la mano atrapó algo del estante. No era polvo. Era media página, un resto de los miles de libros que ya habían acabado en el interior del equipo de «rescate de datos». Lo agitó en dirección a los operarios vestidos de blanco y gritó palabras que se perdieron en el fragor de la trituradora y los ventiladores del gusano.

Pero los dos alzaron la vista y le gritaron.

De no haber tenido el gusano reluciente interponiéndose en su camino, Robert se habría abalanzado contra la pareja. Todos se limitaron a hacerse gestos de impotencia, por tanto.

Luego apareció otro tipo detrás de Robert. Un individuo con sobrepeso de unos treinta y tantos años, con bermudas y una enorme camiseta negra. El joven le gritaba en… ¿qué? ¿En mandarín? Rogaba a Robert que volviese con él a la escalera, lejos de la pesadilla.

El sexto piso de la biblioteca no formaba parte de la pesadilla. De hecho, tenía básicamente el mismo aspecto que Robert recordaba de principios de los años setenta. El tipo de la camiseta grande le guió entre los estantes hasta la zona de estudio del sur del edificio. Allí se encontró con un hombre bajito armado con un antiguo portátil, sentado justo frente a la ventana, que se levantó y le miró. Luego de pronto se echó a reír y le ofreció la mano.

—Que me aspen. ¡Eres de verdad Robert Gu!

Robert aceptó la mano, momentáneamente desconcertado. Trituradoras de libros, hombres misteriosos allí arriba. Y aquel coro demencial. Al fin podía ver a los cantores en la plaza.

—Ja. No me reconoces, ¿verdad, Robert? —No. El tipo tenía muchísimo pelo rubio, pero su rostro era tan viejo como las montañas. Sólo su risa le resultaba familiar. Al cabo de un segundo se encogió de hombros y le indicó a Robert que se sentase—. No te lo echo en cara —siguió diciendo—. Pero reconocerte a ti es fácil. Has tenido suerte, Robert, ¿verdad? Supongo que en tu caso el tratamiento Venn-Kurasawa surtió efecto al ciento por ciento; tienes la piel mejor que a los veinticinco. —El viejo pasó una mano manchada por la edad sobre sus propios rasgos y sonrió sin alegría—. Pero ¿qué tal el resto de tu persona? Pareces un poco agitado.