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Sharif sonrió vacilante.

—Sinceramente, me sorprende tanto como a ustedes. El profesor Gu y yo hablábamos tranquilamente cuando él llegó al campus. Dejó de hablar mientras bajábamos la cuesta desde Warschawski Hall. Y luego, sin razón aparente, giró a la izquierda y se dirigió al lado norte de la biblioteca. Lo siguiente que vi fue que entraba por la zona de carga… y perdí el contacto. No sé qué más puedo decir. La seguridad de mi vestible es máxima, claro está. Mmm. —Vaciló un momento y luego cambió de tema—. ¿No se están tomando todo esto de la peor forma? Es decir, el Proyecto Bibliotoma haría accesible la literatura del pasado virtualmente a todos… y más rápido que cualquier otro proyecto. ¿Qué tiene eso de malo?

Declaración que fue recibida con un silencio absoluto. Winston Blount sonrió apenas.

—Supongo que no ha visto nuestro sitio web.

—Ah, todavía no. —Hizo una pausa y pareció mirar al infinito—. Vale, veo a qué se refiere. —Sonrió—. Supongo que debería estar de su parte… ¡lo que pretenden ustedes garantizará mi trabajo en 411! Miren, adoro a los poetas antiguos, pero es difícil acceder a la literatura de antaño. Si te interesan temas posteriores al año 2000 hay fuentes por todas partes y la investigación logra resultados. Pero, para el resto, hay que buscar en eso. —Sharif agitó la mano en dirección a las filas ordenadas de libros, los estantes que ocupaban el sexto piso de la biblioteca—. Hacen falta días para descubrir incluso lo más trivial.

Vago de mierda, pensó Robert, y se cuestionó el entusiasmo inicial de Sharif por los «libros de verdad». Pero esa tendencia ya se había manifestado en su época de profesor. No eran sólo los estudiantes los que se negaban a ensuciarse las manos. Incluso los supuestos investigadores pasaban del universo de todo lo que no estaba en la red.

Winnie miró furioso al joven.

—Señor Sharif, no comprende lo que representa el fin de las estanterías de libros. No se viene aquí esperando la respuesta precisa a una pregunta. No, no es así. En las miles de ocasiones en que he ido a rebuscar en los libros, rara vez he encontrado justo lo que buscaba. ¿Sabe qué encontré? Encontré libros sobre temas relacionados. Encontré respuestas a preguntas que no me había planteado. Esas respuestas me condujeron por sendas nuevas y casi siempre resultaron más valiosas que lo que pudiese tener en mente al principio. —Miró a Rivera—. ¿No es así, Carlos?

Rivera asintió. A Robert le pareció que sin demasiado entusiasmo.

Pero Winnie tenía toda la razón, tanto que Robert también tenía que contribuir a la misma argumentación.

—Esto es una locura, Sharif. Aparentemente el Proyecto Bibliotoma consiste en fotografiar y digitalizar la biblioteca. Pero… —De pronto recordaba cosas de sus últimos años en Stanford—. ¿No lo había hecho Google ya?

—Es cierto —dijo Rivera—. De hecho, es lo primero que argumentamos y quizás el mejor argumento de todos. Pero Huertas es un gran vendedor y tiene su propio discurso. Lo que tiene en mente es rápido y muy, muy barato. Las digitalizaciones anteriores no han sido tan globales y unificadas como ésta. Y Huertas dispone de abogados y software que le permitirán obtener micropagos por todos los viejos sistemas de copyright… sin sacar nuevas licencias.

Winnie soltó una risita amarga.

—La verdadera razón para que la administración aceptase todo esto es que adoran el dinero de Huertas y quizás incluso la publicidad. Pero deje que le diga, señor Sharif, que trocear destruye los libros. Eso es lo importante. Sólo nos quedará un montón inútil.

—Oh, no, profesor Blount. Lea el resumen. Las imágenes que surgen del túnel de cámaras son analizadas y se formatean. Es una simple cuestión de software reorientar las imágenes, comparar los cortes y reconstruir el texto original en el orden correcto. Es más, aparte de su simplicidad mecánica, ésa es la razón para su violencia aparente. Las roturas son únicas. En realidad, no tiene nada de nuevo. Las reconstrucciones son un clásico de la genómica.

—¿Ah, sí? —Robert levantó la página destrozada que había rescatado de los estantes PZ. La sostuvo como si fuese la víctima fláccida de un asesinato—. ¿Qué perfección del software va a recuperar algo que fue arrancado de sus tapas pero jamás se fotografió?

Sharif iba a encogerse de hombros, pero vio la expresión en el rostro de Robert.

—Señor, realmente no es un problema. Habrá algunas pérdidas, cierto, incluso si todo se fotografiase como es debido, los programas cometerían algunos errores. Potencialmente, la tasa de error puede estar por debajo de unas cuantas palabras por millón de volúmenes. Es mucho mejor que la reedición en papel usando correctores manuales. Ésa es la razón por la que otras grandes bibliotecas participan en el proyecto, para obtener relaciones fiables.

«¿Otras grandes bibliotecas?» Robert se dio cuenta de que estaba boquiabierto. Cerró la boca; no se le ocurría nada que decir.

Tommie miró el portátil.

—De pronto está usted muy bien informado, señor Sharif.

—Pero… vamos, visto —dijo el joven.

—Ya. Y lo único que desea en realidad es proseguir con su amor a la literatura.

—¡Sí! Mi directora de tesis ha basado toda su carrera en Secretos de las edades de Gu. ¡Y ahora descubro que el gran poeta ha vuelto del Alzheimer! Es una oportunidad de las que se dan una vez en la vida… Miren. Si no creen mi biografía Google, comprueben los directorios 411. Tengo muchos clientes satisfechos, muchos de ellos estudiantes de literatura de la UCSD… ¡no es que los ayude de forma poco ética! En absoluto. —Ajá. Quizá pagar para que te hiciesen los deberes seguía estando mal visto en aquel maravilloso mundo del futuro—. No sé qué le ha pasado hayal profesor Gu, pero ¿no ha retrasado el Proyecto Bibliotoma? ¿No es eso lo que quieren?

Blount y Rivera asentían.

—Sí —dijo Tommie—. Eres algún tipo de troyano.

—¡Sólo soy un estudiante de literatura inglesa!

Tommie cabeceó.

—Podría usted ser casi cualquier cosa. Podría ser un comité. Cuando quieren parecer un amante de la literatura, ponen a hablar a un miembro que sabe de poesía. —Tommie se recostó en la silla—. Hay un viejo proverbio: la confianza comienza con el contacto personal. En su biografía no veo ninguna cadena fiable de confianza.

Sharif se puso en pie y atravesó a medias la mesa. Miró hacia arriba, agitando los brazos al cielo.

—¿Me quieren en persona? Los puedo satisfacer. Miren ahí abajo, al banco, junto al camino.

Tommie reclinó su silla aún más y miró por encima del hombro. Robert se acercó al ventanal y se asomó. Buena parte de la multitud ya se había dispersado, dejando atrás a algunos de los manifestantes más recalcitrantes. El sendero era una serpiente de baldosas que iba colina arriba, cuya cabeza llegaba justo al borde de la terraza de la biblioteca. Era un mosaico de verdad, arte nuevo desde los años de Robert en la UCSD.

—Vine desde Corvallis para ver al profesor Gu. Por favor, no me rechacen ahora.

Y allá abajo, junto al sendero, había un segundo Zulfi Sharif, uno que no era en absoluto virtual. Miraba hacia arriba y saludaba.

13

Desde que tenía memoria, siempre había tenido el mismo problema con sus abuelos. Los padres de Alice, y también los abuelos de Alice, habían vivido en Chicago; ninguno había sobrevivido. Por parte de Bob, Robert había estado casi muerto, pero ¡luego había vuelto! Ahora Miri se temía que volvía a perderle.