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Y luego estaba Lena…

Lena Gu estaba muerta en los registros. Lena había convencido a Bob para que montase esa mentira con los Amigos de la Intimidad. Lena incluso le había ordenado que ocultase los detalles a Miri. Pero Bob se lo había contado. Lo que fue inteligente, porque Miri habría acabado descubriéndolo igualmente. De esta forma Miri quedaba prisionera de sus promesas a Bob. No le había contado a Robert ni una pizca de la verdad, incluso cuando todavía se hablaban y él estaba tan desesperado.

Pero en aquellos momentos era Miri la que se iba desesperando. Hacía cinco meses que no veía a Lena. Casi había llamado a Lena tras el incidente Ezra Pound. Pero con eso sólo habría logrado confirmar la opinión que Lena tenía de Robert. Bob quería ignorar los problemas de Robert; el muy cobarde. Alice no era una cobarde, pero estaba muy enfrascada en entrenarse y no tenía tiempo. Vale, puedo ocuparme de esto yo sola, se dijo Miri. Había concebido un ingenioso plan de rehabilitación trabajando con Zulfi Sharif. Al principio, había sido genial. El vestible de Sharif había sido fácil de manipular; tenía acceso directo a Robert. Pero después del viaje de Robert a la UCSD, Miri se dio cuenta de que alguien más usaba a Sharif.

Definitivamente era hora de visitar a Lena.

Miri esperó al fin de semana y tomó un coche hasta Pyramid Hill. Los sábados estaba realmente atestado. Bob decía que le recordaba a los salones de videojuegos de su infancia. Tenías que viajar físicamente hasta el parque, pero una vez allí podías sensotocar los mejores juegos. Lo administraba Baja Casinos, pero era para chicos demasiado pequeños para apostar legalmente. Para Miri lo importante era que el parque disponía de muy buena seguridad. Incluso si Robert sentía curiosidad sobre su paradero, era muy poco probable que pudiese seguirla hasta llegar a Lena.

Sacó la bicicleta del colgador trasero del coche y la imaginó como un pequeño burro. Para sí misma había escogido los rasgos clásicos anime: grandes ojos, pelo de punta y boca diminuta. Eso bastaría para desalentar a cualquiera que pretendiese jugar con ella.

Miri llevó el burrito por un sendero que daba la vuelta a la colina. Rechazó el imaginario anime para ver qué era lo más popular ese día. Qué desagradable. En su mayoría eran tonterías Scooch-a-mout. Salsipuedes y baba llagas por todas partes. Un año antes nadie había oído hablar de los scoochis y ya eran más famosos que algunas grandes corporaciones. Incluso habían hecho mella en la megasalida del más reciente Regreso al Cretácico. Había cientos de tipos diferentes de scoochis. Algunos eran propiedad intelectual ladinamente robada. El resto pertenecía al folclore del mundo remoto. Las imágenes eran muy, muy cutres, sin la más mínima creatividad. Quizá por eso los niños pequeños eran sus mayores fans.

Cerca de la cumbre de la colina, un Pequeño Scooch-a-mout rugía. El sonido no eran vatios sacados de un sintetizador. El Scooch-a-mout viajero era como ella veía el lanzador de caída libre del parque. La cápsula de viaje surgía de las profundidades de la colina y alcanzaba cuatro ges antes de volar inercialmente por el cielo, ofreciendo a los pasajeros casi un minuto de gravedad cero antes de caer en el anexo del parque. Era el viaje más espectacular del sur de California. Los amigos de Miri lo desdeñaban: «Bien podrías ser un paquete UP/Ex.» Pero cuando Miri era pequeña se había pasado más de una tarde dando tumbos por el cielo.

Aquel día llegó a medio camino de la salida este sin escoger ningún juego en concreto. Tuvo cuidado de no tocar, y menos aún cabalgar, los robots. Evitó sobre todo los bichos monos y peludos. Excepto en las salidas, la regla de Pyramid Hill era: «Lo tocas, lo pagas.» Quizá debiera comprar un juego simplemente para reducir la presión de la mercadotecnia.

Se detuvo, miró al otro lado de la colina. Había mucho ruido y acción, pero si prestabas atención te dabas cuentas de que los chicos en los arbustos jugaban realmente en otros universos, todo coreografiado de forma que ni jugadores ni equipo se metiesen en el camino de otros. Había escogido la tapadera adecuada; para aquellos imbéciles el anime clásico era demasiado intelectual.

—¿Qué tal Espíritu Gemelo? Para eso sólo te hacen falta dos físicos.

—¡Ah! —Miri casi se cae del burrito. Se giró, situando la bicicleta delante de la voz. Una persona real, también de anime. Miri pasó a la visión reaclass="underline" Juan Orozco. Hablando de mala suerte. Nunca hubiese dicho que a él le gustase el anime clásico.

Miri encontró su voz, una voz inglesa chillona y aguda que Annette Russell le había regalado.

—Me temo que hoy no. Busco algo más espectacular.

Orozco, y el bicho pelopincho al que representaba, inclinó la cabeza inquisitivamente.

—Eres Miri Gu, ¿verdad?

Era una tremenda falta de etiqueta, pero ¿qué se podía esperar de un perdedor de catorce años?

—¿Y? Sigo sin querer jugar. —Le dio la espalda y empujó la bici por el sendero. Orozco la siguió. Tenía una bicicleta plegable que no le daba trabajo.

—¿Sabes que soy el compañero de tu abuelo en la clase de composición de la señora Chumlig?

— Lo sabía. —¡Maldición! Si Juan descubría lo que Miri tramaba, entonces Robert también podría enterarse—. ¿Me has estado siguiendo?

—¡No va en contra de la ley!

—No es muy cortés. —Se limitó a seguir avanzando rápidamente, sin mirarlo.

—No he estado siguiéndote segundo a segundo. Simplemente tenía la esperanza de encontrarme contigo y te vi entrar por la puerta oeste… —Así que quizá simplemente hubiese establecido alertas de proximidad—. ¿Sabes?, tu abuelo intenta ayudarme. Con mi escritura. Creo que estoy mejorando. y yo le enseño a vestir. Pero… siento pena por él. Parece siempre furioso.

Miri siguió caminando.

—En todo caso, pensaba yo que si pudiese reunirse con algunos de sus viejos amigos… quizá se sintiera mejor.

Miri se volvió de súbito. —¿Estás reclutando?

—¡No! Es decir, tengo una afiliación a la que le vendrían bien unos mayores, pero no se trata de eso. Tu abuelo me está ayudando y yo quiero ayudarle a él.

Bajaban, acercándose a la puerta este. Era la última oportunidad para Pyramid Hill de ganar dinero. Cuanto más te acercabas a la puerta, mayores eran los esfuerzos por venderte todas las realidades soportadas por el parque. Los peluches bailaban juguetones a tu alrededor, rogando ser recogidos. Los bichos eran mecanismos reales; si alargabas la mano y los tocabas, bajo la mano encontrabas pelaje largo y abundante, y verdadera masa en sus cuerpos. Cerca de la puerta, la administración quería venderte esos robotitos, y un adiós había convencido a miles de niños que por lo demás se resistían. Cuando Miri era más joven, compraba como una muñeca al mes. Sus favoritas todavía funcionaban en su dormitorio.

Llevó su pobre burrito entre la gente, evitando los osos parlantes y los Scooch-a-mout en miniatura, y a los niños reales. y de pronto estuvieron fuera. Miri se desconcertó momentáneamente y perdió su imagen. Era una niña gordita y normal, y su bici no era más que un artefacto estúpido. Orozco simplemente parecía delgaducho y nervioso. Tenía una flamante bicicleta nueva, pero no parecía capaz de desplegarla.

No quiero que descubra lo de Lena.

Lanzó un dedo hacia el pecho del chico.

—Mi abuelo está bien. No necesita que le recluten en ningún plan de pago. Fuera de la escuela te mantendrás alejado de él. —Hizo aparecer las imágenes que Annette había creado para su grupo Vengadores. El chico hizo una mueca.

—Pero ¡si sólo quiero ayudar!