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—Y más aún, si te pillo siguiéndome… —Pasó a un modo anónimo, un envío aplazado que Juan no vería hasta al cabo de unas horas.

Anónimo —› Juan Orozco: ‹ms› Si me haces enfadar de verdad, tus registros escolares darán la impresión de que intentaste manipular las notas.‹/ms›

Juan abrió un poco más los ojos a causa del súbito silencio. Tendría tiempo para cocerse en su salsa con lo que estaba por venir.

No era más que una amenaza huera, claro está; Miri respetaba la ley, aunque fingiese lo contrario.

Corrió con la bicicleta un par de pasos, saltó al sillín y estuvo a punto de caerse. Luego se recuperó y fue colina abajo, alejándose de Orozco.

La comunidad de jubilados Al Final del Arco Iris estaba situada en un valle, al noreste de Pyramid Hill. Era una institución antigua y famosa. La habían fundado hacía sesenta años, mucho antes de que el suburbio llegase hasta tan lejos. Había alcanzado su máxima expansión a principios del siglo XXI, con la llegada de una oleada de nuevos ricos viejos

Miri fue pedaleando por el sendero para bicicletas, haciendo lo posible por no chocar con nadie. Su pase de visitante seguía siendo válido, pero en Al Final del Arco Iris los niños eran en general ciudadanos de segunda. De pequeña, cuando iba a visitar a Lena creía que era un pueblecito mágico. Los jardines de verdad eran tan hermosos como los falsos de West Fallbrook. Había estatuas de bronce de verdad. Las columnatas y los enlosados también eran reales, de una exquisitez que sólo igualaban los centros comerciales más caros.

Desde entonces, en la escuela ya había estudiado asuntos de vejez… y no había forma de evitar ciertas conclusiones cínicas: en Al Final del Arco Iris seguía habiendo dinero de verdad, pero era dinero que gastaba gente que no podía permitirse nada mejor. La mayoría de los que quedaban vivían de las promesas caducas y la biotecnología, desafortunados tanto en las inversiones como en la medicina.

Orozco no había intentado seguirla ni ocultar su rastro; le había visto irse por el este. Finalmente había desplegado su bici y pedaleaba hacia las viviendas de Mesitas. Le miró con los ojos entornados. ¿Podría ser Juan Orozco el gamberro que había secuestrado brevemente a Sharif en la UCSD? De ninguna forma. Aquél había sido un listillo bocazas que no hacía otra cosa que presumir. Lo que era más importante, el señor Listillo era realmente competente, quizá tan listo como la propia Miri.

Vale. En aquel momento había cuestiones más importantes. La casa de Lena se encontraba al final de la segunda calle, subiendo. Era hora de imaginar y visualizar. Había pensado mucho en ese encuentro, considerando todo lo que podría decir, todas las cosas tristes que podría ver. Miri había construido una visión especial. Se basaba en elementos que llevaba refinando desde segundo curso, cuando aprendió por sí sola el significado de «osteoporosis intratable variante 12».

Primero, hizo que los árboles que bordeaban el camino fuesen más altos y más anchos, muy diferentes a las palmeras. Mientras ascendía, las hojas fueron reemplazadas por largas ramas de árboles de hoja perenne. Por supuesto, Miri no tenía apoyo físico para nada de eso. No llevaba franjas de juego en la camisa; no disponía de microenfriamiento. El sol todavía brillaba con fuerza, incluso si ella hacía que el cielo estuviese cubierto y que los árboles se inclinasen. Quizá debiese considerar el calor corno un hechizo. Ya se había planteado hacerlo antes, pero siempre parecían más importantes otras mejoras. Después de tantos meses de soñar despierta, esa visión estaba exenta de cualquier arte comercial. Bebía de cientos de fantasías, pero el efecto pertenecía totalmente a Miri unido a su idea de Lena. Jamás lo había hecho público. La mayoría de las visiones eran más divertidas si se compartían, pero no en este caso.

Finalmente se detuvo y bajó de la bici. Debía recorrer los últimos metros a pie. Había otras personas por los alrededores, pero en su visión no eran más que campesinos corrientes. Veía las aceras y las rampas para las sillas de ruedas como senderos del bosque y escalones mohosos gastados por el tiempo. Tropezó más de una vez por las inconsistencias, pero parecía lo justo en el caso de una humilde suplicante como ella.

Y llego hasta el bosquecillo interior. Había senderos laterales ocasionales, señales de cabañas ocultas en las profundidades del bosque. Allí sus árboles eran muy viejos, de ramas inmensas que se cernían sobre su cabeza. Miri empujó la bicicleta siguiendo el antiguo camino. La gente del bosquecillo interior tenía otro nivel… no era de la categoría de Lena, pero aun así poseía poderes respetables. Miri mantuvo la vista fija en el suelo y deseó que nadie le hablase.

Pasó la última curva y caminó otros quince metros hasta una gran cabaña de madera. Cuando alzaba la vista veía huecos en las copas, pero no el cielo, sino un verde soleado. Las ramas más altas estaban justo sobre la cabaña. La de la más bruja de las brujas. La fuente de la sabiduría antigua. Apoyó la bicicleta contra la madera y alargó la mano para golpear la enorme aldaba de metal. El sonido resonó con fuerza. Ignoró la melodía tonta del siglo XX que sonó en realidad; era el viejo timbre que Lena se había traído de Palo Alto.

Al cabo de un momento Miri oyó pasos en el interior. ¿Pasos? La enorme puerta se abrió hacia dentro con un crujido y lo que Miri vio fue para ella una conmoción: una mujer, que no parecía mucho mayor que los profesores del instituto. ¡Qué haces aquí! Miri la estudió un momento, sin habla. Rara vez se llevaba sorpresas de ese calibre. Se recuperó pasado un momento y asintió respetuosa.

—¿Xiu Xiang?

—Sí. Eres Miri, ¿verdad? La nieta de Lena. —Se hizo a un lado y le indicó que entrase.

—Mmm, no sabía que me reconocería. —Miri entró, conjurando imágenes a toda prisa. Xiu Xiang tenía un aspecto demasiado juvenil para ser una bruja de verdad. ¡Vale, la convertiré en aprendiz de Lena, una cómodicegoogle… una bruja novata!

La novata Xiang le sonrió.

—Lena me ha enseñado fotos. Además, una vez te vi en la escuela.

Lena me dijo que vendrías, tarde o temprano.

—Bien… ¿me recibirá?

—Se lo preguntaré.

Miri hizo un gesto de cortesía.

—Gracias, señora.

La novata Xiang guió a Miri hasta un sillón tapizado situado cerca de una mesa llena de libros.

—Volveré dentro de un momento.

Miri se acomodó en el sillón. Vaya. Era de plástico duro. En cuanto a la mesa… bien, los libros eran de verdad, de los que algunas personas usaban para lecturas al momento. Contenían el texto que uno quería, pero las páginas eran reales. Claro, no eran los objetos gruesos y pesados que Miri imaginaba, pero sí que los había a montones. Encima había una página visor, totalmente fuera de lugar y una confesión de ineptitud. Miri la transformó rápidamente en un grimorio. Se sentó en el borde del sillón y examinó los libros. Ingeniería eléctrica y mecánica. Debían de ser de la novata Xiang; Miri había comprobado el pasado de todos los estudiantes de las clases de Robert. La caja de juguetes que había bajo la mesa debía de contener lo que había construido en taller. Miri reconoció la bandeja de transporte doblada que había visto en las noticias.

Qué coincidencia más increíble que Xiu Xiang viviese con Lena…

Ruidos a su espalda. La puerta interior se abría. Era la novata Xiang, con una bruja mayor siguiéndola. Miri ya tenía preparadas las imágenes. La silla real de Lena disponía de seis ruedecitas dispuestas en ejes articulados, muy práctica y aburrida. Pero la silla de la matriarca Gu era de ruedas de madera altas revestidas de plata e inclinadas hacia fuera. Cuando se movía dejaba una estela de chispas azules. Miri veía a Lena vestida de negro profundo, un negro que absorbía la luz de la estancia, como era propio de la magia clásica. Un negro que impedía ver los detalles de la ropa. El sombrero de punta y ala ancha colgaba garboso del respaldo alto de la silla. Y ahí terminaban los efectos especiales de Miri. El resto se conservaba tal y como era en realidad. De hecho, sus visiones no tenían otro sentido que ofrecer a su abuela el marco adecuado, uno que destacase lo maravillosa que era en realidad.