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—Pero ¿no es posible que ahora sea diferente? Cuando curaron al abuelo, una parte de él ya había muerto. —Era la teoría de Jin Li, no de Miri—. Sé que ahora está furioso muchas veces, pero es porque ha perdido muchas cosas. Quizá todo lo malo que recuerdas también haya desaparecido.

Lena agitó la mano en dirección a la novata Xiang.

—¿No has oído lo que ha contado Xiu sobre su nueva nobleza de carácter?

Miri pensó son rapidez: con Alice nunca surtía efecto, pero en ocasiones un cambio rápido de tema distraía a Bob. Miró a la novata Xiang.

—Lena, vives aquí desde que el abuelo enfermó. Podrías haberte mudado a cualquier lugar, porque ya no nos visitas nunca. Pero sigues a quince kilómetros.

Lena alzó la barbilla.

—Llevo años viviendo en San Diego. No vaya renunciar a ver a mis amigos, a comprar en las tiendas de siempre, a los paseos por el campo… bueno, he renunciado a los paseos. Lo que quiero decir es que ni siquiera resucitado voy a permitir que Ya-Sabes-Quién dirija mi vida.

—Pero… —¡En este punto el hielo es muy delgado!—. ¿Conocías de antes a la doctora Xiang?

La bruja mayor apretó los labios.

—No. y no vas a comentar ni a dar a entender con un silencio lastimero que, dado que hay dos mil quinientos ancianos en Al Final del Arco Iris, nuestra relación no puede ser una coincidencia.

Miri guardó silencio.

Finalmente, la novata Xiang habló.

—Fue decisión mía. Me trasladé aquí este verano, más o menos cuando recibí mi ponte-en-pie-y-vuelve. Soy una de las personas más ancianas que viven en Al Final del Arco Iris, pero soy tan alegre y vivaz… que no saben qué hacer conmigo. —Una extraña sonrisa triste—. Así que me ofrecí para compartir. Ha salido bastante bien. Tu abuela es diez años más joven que yo, pero a nuestra edad eso no importa mucho. —Tocó a Lena en el hombro.

Miri recordó que Lena Llewelyn Gu había tenido consulta psiquiátrica durante años en Al Final del Arco Iris. Si alguien podía arreglar un emparejamiento con Xiu Xiang, era ella. Abrió la boca para comentarlo… y percibió el brillo de advertencia en los ojos de Lena, tan claro como cualquier otro mensaje silencioso.

Lena se rebulló en la silla.

—¿Ves, mi niña? Pura coincidencia. Pero admito que ha resultado útil. Xiu me mantiene al día con las aventuras de Ya-Sabes-Quién en la educación moderna. —Soltó una desagradable carcajada de bruja que no precisaba ninguna contribución de los efectos especiales de Miri.

—Sí —dijo Xiang—. Le vigilamos con nuestro ojo colectivo.

—Esta vez el monstruo no va a pillarme por sorpresa.

Miri se inclinó hacia atrás.

—¡Mantenéis una entidad conjunta! —No había soñado que las dos brujas pudiesen ser verdadera y modernamente mágicas.

—¿Una qué? —dijo la novata Xiang.

—Una entidad conjunta. Compañeras con fuerzas y debilidades complementarias. En público una sola entidad representada por el compañero con movilidad. Pero lo que puede hacer y comprender es lo mejor de ambos.

Xiang la miró sin comprender.

Oh. Miri hizo un ping a las dos. Salvo por el equipamiento médico de Lena, estaban totalmente desconectadas. Las imágenes de Miri la habían confundido por completo.

—No viste, ¿verdad?

Xiu hizo un gesto hacia la mesa.

—Tengo la página visor yesos libros. Intento aprender cosas serias, Miri. No tengo tiempo para molestarme en vestir.

Miri casi olvidó su misión.

—Doctora Xiang, se confunde con los vestibles. Es decir, ¿no lo ha comentado la señora Chumlig? Algunos análisis empaquetados no ofrecen tracción a menos que los ejecutes con vídeo estático.

La novata Xiang asintió reacia.

—Me mostró BLAST9. Pero no parecía otra cosa que un diseño molecular disfrazado de juego tonto.

—Pero ¡sólo lo ha ejecutado en la página visor!

La joven bruja se hundió.

—Tengo mucho que aprender, Miri. Estoy trabajando con lo simple, con lo que puedo ejecutar en la página visor.

Lena observó a Xiang un segundo y luego pareció marchitarse en la silla. Miró a su nieta.

—Pobre Miri. No lo entiendes. Vives en una época que cree posible ignorar la condición humana. —Inclinó la cabeza—. Nunca has leído Secretos de las edades, ¿verdad?

—¡Claro que lo he leído!

—Perdona, Miri, claro que lo has leído. Después de todo, es el logro más famoso de mi odioso ex marido. Y voy a concedérselo: esos poemas son obra de un genio. Su «gravedad implacable» es todo su dolor empleado para sostener grandes verdades. Pero no puedes apreciarlo, ¿no es así, Miri? Vives rodeada de promesas médicas y curas a medias. Eso te distrae del sustrato de la realidad. —Calló y cabeceó. Parecía como si los temblores de antaño hubiesen vuelto, pero quizá simplemente se tratase de indecisión al preguntarse si debía decir más—. Miri, la verdad es que, si tenemos cuidado y suerte, llegamos a vivir hasta la vejez, sintiéndonos débiles y extremadamente cansados. La agonía tiene un final.

—¡No! Mejorarás, Lena. Sólo has tenido mala suerte. Es sólo cuestión de tiempo.

Se oyó un débil estallido de la risa de bruja y Miri recordó que «es sólo cuestión de tiempo» era el verso que se repetía en el ciclo poético de Robert.

Por un momento, abuela y nieta se miraron con certidumbre. Luego Lena dijo:

—Y aquí es donde suponía que llegaría nuestra charla. Lo lamento, Miri.

Miri inclinó la cabeza. «Pero ¡si sólo quiero ayudar!» Extraño. Ese mismo había sido el patético comentario del chico, Orozco. Dirigido a Miri. Vale, quizá no fuese un imbécil integral. y quizá fuese de ayuda. Pero también había dicho otra cosa, que ahora resultaba infinitamente más importante… ¡Sí! De pronto Miri supo cómo convertir la derrota en victoria. Miró al rostro de su abuela y sonrió con inocencia:

—Lena, ¿sabías que… Ya-Sabes-Quién está aprendiendo a vestir?

14

A pesar de que habían pasado tres semanas, Robert y Juan seguían estudiando juntos justo después de clase. Iban a las gradas y un ignorante hacía lo posible por enseñar al otro.

De vez en cuando Fred y Jerry Radner los acompañaban, tercer y cuarto ignorantes oficiosos. Los gemelos formaban grupo en la clase de composición de Chumlig, pero parecían sentir un placer inocente observando los progresos de Robert, dando consejos más vistosos que los de Juan pero rara vez más útiles.

Y quedaba la quinta ignorante. Xiu Xiang se había acobardado y había abandonado composición creativa, pero seguía asistiendo a las otras clases de Fairmont. Y al igual que Robert, aprendía a vestir; últimamente vestía una blusa de volantes y cuentas… otro tipo de prenda Epifanía de iniciación. Allí estaba la tarde en que Robert y Juan se toparon con los chilenos. Fue en la pista que bordeaba el campo de atletismo. No parecía haber nadie más por las inmediaciones; pasaría un buen rato hasta que llegasen los equipos.

Miri —› Juan: ‹ms›¡Eh! Despierta, Orozco. Aviso ‹enum!›.‹/ms›

Juan —› Miri: ‹ms› Lo siento, no los había visto.‹/ms›

Miri —› Juan: ‹ms› También te los pasaste ayer. Responde antes de que cambien a los Radner. Te dije que pueden ser una buena práctica.‹/ms›

Juan —› Miri: ‹ms› ¡Vale, vale!‹/ms›

—Eh —dijo Juan de pronto—, doctores Gu i Xiu. ¡Miren! —Envió un permiso enum a la Epifanía de Robert. Era igual que los blancos con los que habían estado trabajando en días anteriores. El chico afirmaba que, si practicabas, esa interacción resultaba tan natural como mirar a una persona que te señalaban. A Robert Gu no le resultaba tan fácil. Se detuvo y miró el icono con los ojos entornados. Era un gesto que, por defecto, concedía el acceso. Nada. Tecleó en el teclado fantasma. Se dio cuenta de que Xiang, a unos pasos de distancia, hacía lo mismo.