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Robert mantuvo la vista fija en la acción. No respondió a la voz.

—No reconoces el juego, ¿verdad, profesor? Es fútbol Egan. Mira… —En su visión flotó una referencia, todo lo que alguien pudiera querer saber sobre el fútbol Egan. En el campo, tres chicos se habían caído y dos habían chocado—. Evidentemente —añadió la voz—, no es más que una aproximación.

—Ya me lo supongo —dijo Robert casi sonriendo. El tono del extraño era de confianza y afectación… y casi cada frase era una pequeña pulla. Resultaba agradable encontrarse con una persona a la que fuese capaz de comprender tan bien. Se volvió y miró el espacio vacío—. Vete de aquí. Te queda mucho para poder jugar psicológicamente conmigo.

—No juego, amigo. —Empezó iracundo, pero recuperó el buen humor paternalista—. Eres un caso interesante, Robert Gu. Estoy acostumbrado a manipular a la gente, pero normalmente lo hago por medio de intermediarios. Estoy demasiado ocupado para hablar directamente con los ocupantes de las capas más bajas. Pero tú me llamas la atención.

Robert fingió ver el partido, pero la voz siguió hablando.

—Sé lo que te reconcome. Sé hasta qué punto te molesta ser incapaz de escribir poesía.

Robert no pudo evitar el gesto de sorpresa. El extraño invisible soltó una carcajada; de algún modo había distinguido ese movimiento de los temblores naturales de Robert.

—No hay necesidad de que seas discreto. Aquí no puedes disimular tus reacciones. Los sensores médicos en terreno escolar son tan buenos que bien podrías estar enchufado a un detector de mentiras.

Debería irme de aquí. En lugar de hacerlo continuó mirando el partido de «fútbol». Cuando estuvo seguro de poder controlar adecuadamente la voz, dijo:

—Entonces, estás confesando un delito.

Otra carcajada.

—Más o menos, aunque es el delito de ser más hábil con la red. Puedes pensar que soy una especie de ser superior que obtiene su poder de todas las herramientas con las que los mortales han decidido volver inteligente el entorno que los rodea.

Debe de ser un chico. O quizá no lo fuese. Era posible que el visitante fuese invisible porque incluso su presencia virtual en los terrenos de la escuela atentara contra la ley. Robert se encogió de hombros.

—Estaré encantado de denunciar tu «habilidad con la red» a las autoridades pertinentes.

—No lo harás. Primero, porque la policía jamás podría identificarme. Segundo, porque puedo devolverte lo que has perdido. Puedo entregarte tu voz poética.

En esta ocasión, Robert se controló y logró reír de un modo convincente.

—Ah —dijo el otro—, cuánta suspicacia. Pero ¡también es el comienzo de la credulidad! Deberías leer las noticias o rebajar un poco tus filtros de anuncios. Antaño los atletas tomaban esteroides y los estudiantes anfetaminas. En gran parte eran falsas promesas. Hoy en día disponemos de sustancias que funcionan de verdad.

¡Un traficante de drogas, por Dios! Roben casi se río de verdad. Pero luego pensó en sí mismo, en su piel lisa, en su capacidad para correr y saltar sin apenas perder el aliento. Lo que ya me ha sucedido seria magia según los parámetros de mi vida pasada. Sí, podría tratarse de un traficante de drogas, pero ¿y qué?

—¿Qué beneficios tienen las drogas para recuperar una voz poética de gran categoría? —Robert pronunció esas palabras con el adecuado desenfado y luego se dio cuenta de lo mucho que revelaban. Quizá no Importase.

—¡Qué chapado a la antigua, profesor! —El extraño hizo una pausa—. ¿Ves esas colinas al sur? —Eran colinas cubiertas de casas—. A unos pocos kilómetros más allá se encuentra uno de los pocos lugares sobre la Tierra donde la presencia física sigue siendo importante.

—¿La UCSD?

—Casi. Me refiero a los laboratorios biotecnológicos que rodean el campus. Lo que hacen en esos laboratorios no se parece en absoluto a la investigación médica del siglo XX. Las curas modernas son asombrosas, pero a menudo específicas para cada paciente.

—Así no se puede financiar la investigación.

—No me malinterpretes. Las curas universales siguen dando mucho dinero. Pero incluso ésas emplean análisis personalizados para evitar los efectos secundarios. Sí, tú eres un caso aislado. La curación del Alzheimer a veces no es completa, pero los fracasos son idiosincrásicos. No hay otro gran poeta que tenga tu problema. Hoy, no hay cura. —Aquel payaso sabía combinar las pullas brutales con los halagos—. Pero vivimos en la era de las drogas mejoradoras, profesor, y muchas son aciertos únicos. Hay una posibilidad, bastante posibilidad de lograr que los laboratorios te encuentren una cura.

Magia. Pero ¿y si puede hacerlo? Esto es El Futuro. Y yo vuelvo a vivir y quizá… Robert sintió cómo la esperanza crecía en su interior. No podía evitarlo. Este hijo de puta me ha pillado. Sé que me manipula, pero no importa.

—Por tanto, ¿con quién estoy tratando, Oh, Extraño Misterioso? —Era una pregunta estúpida, pero se le escapó.

—¿Extraño Misterioso? Mmm… —Una pausa, sin duda mientras aquel paraalfabetizado buscaba la referencia—. ¡Vaya, sí, has pillado mi nombre a la primera! Extraño Misterioso. Es bueno.

Robert apretó los dientes.

—Y supongo que aceptar tu ayuda exige hacer algo peligroso o ilegal.

—Sin duda ilegal, profesor. Y quizá peligroso… para ti, claro. Lo que pueda curarte forzará los límites del territorio médico. Pero al mismo tiempo, vale mucho la pena, ¿no crees?

¡Sí!

—Quizá. —Robert evitó que su voz delatase la tensión y miró tranquilamente el espacio vacío a su lado—. ¿Cuál es el precio? ¿Qué quieres de mí?

El extraño rio.

—Oh, no te preocupes. Simplemente quiero cooperación en un proyecto en el que ya participas. Sigue viendo a tus colegas de la biblioteca de la UCSD. Participa en sus planes.

—¿Y te mantengo informado?

—Ah, no será necesario, amigo. Soy una nube omnisciente de sabiduría. No, son tus manos las que necesito. Considérate un robot que antes era poeta. Bien, profesor, ¿trato hecho?

—Me lo pensaré.

—Una vez que lo hagas, estoy seguro de que firmarás el acuerdo.

—Con sangre, supongo.

—Oh, qué chapado a la antigua eres, profesor. Nada de sangre. Todavía no.

El teniente coronel Robert Gu Jr. se había traído trabajo de la oficina. Al menos, como tallo consideraba cuando trabajaba durante los periodos de tiempo que tanto él como Alice creían que debían ser para ellos y Miri. Pero esa noche Miri tenía que estudiar por su cuenta y Alice… bueno, su última misión era la peor de todas. Vagaba por ahí con el rostro pétreo, tensa. A esas alturas cualquier otra persona en su situación habría estado muerta o loca de atar. Ella conseguía aguantar por algún método desconocido, incluso simulando en ocasiones algo parecido a su yo natural, y realizaba con éxito las tareas de su última misión. Es por eso que el Cuerpo de Marines le exige cada vez más.

Bob rechazó la idea. Tanto sacrificio tenía su razón de ser. De lo de Chicago había pasado casi una década. Hacía más de cinco años que no se producía un ataque nuclear con éxito sobre Estados Unidos ni cualquiera de los países de la organización del tratado. Pero la amenaza estaba siempre presente. Todavía tenía pesadillas con los lanzadores colocados bajo el orfanato de Asunción y lo que había estado a punto de hacer para eliminarlos y como siempre, la web estaba llena de rumores sobre nuevas tecnologías que harían que las armas clásicas quedasen obsoletas. A pesar de la seguridad presente en todas partes, a pesar de los esfuerzos de América, China y los indoeuropeos, los riesgos iban en aumento. Habría lugares que acabarían brillando en la oscuridad.