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—¿Te refieres a lo que Tommie definió como propaganda?

Rivera sonrió.

—Sí, pero en cierta forma es hermoso. De haberse realizado tras una digitalización benigna, me encantaría sin reservas.

Los guió, dejando atrás los ascensores.

—La entraba de la escalera es la que tiene mejor atmósfera. Winnie Blount hizo una mueca, pero Robert comprobó que los seguía.

La escalera no estaba muy bien iluminada. A simple vista las paredes eran de cemento, grabado aquí y allá con las líneas plateadas que había visto desde el exterior. Cuando cruzaron la puerta, la vista de Roben pasó a una especie de visualización estándar: la iluminación provenía de lámparas de gas empotradas en las paredes. Robert alargó la mano para tocar la pared y la apartó cuando tocó la piedra resbaladiza. ¡No era de cemento!

Rivera rio.

—Esperaba usted la decepción habitual, ¿no, doctor Gu? —Se refería a cuando el tacto contradecía la ilusión visual.

—Sí. —Robert pasó la mano sobre los bloques de piedra, deteniéndose en las zonas más blandas de líquenes.

—La administración de la universidad ha sido muy lista. Pidió ayuda a la comunidad de círculos de opinión… y los animaron a instalar pintadas sensotáctiles. Algunos de los dispositivos son impresionantes incluso sin las superposiciones visuales.

Bajaron dos tramos de escalera. Debía de ser el descansillo para la entrada del quinto piso, pero la puerta era de madera tallada, que relucía con la luz de gas. Rivera tiró del pomo de bronce y la puerta de más de dos metros se abrió; la luz al otro lado era azul actínico, un paso de lo tenebroso a lo dolorosamente brillante. Se oía el sonido de chispas. Rivera metió la cabeza y pronunció un encantamiento ininteligible. La luz mejoró y los únicos sonidos eran los de voces distantes.

—Está bien —dijo el bibliotecario—. Vamos.

Robert cruzó la puerta entreabierta y miró a su alrededor. Aquello no era el quinto piso de la biblioteca Geisel, planeta Tierra. Había libros, pero eran descomunales y estaban dispuestos en estantes de madera hasta el techo. Robert se inclinó hacia atrás. Las luces violeta seguían los estantes hacia arriba. Era como uno de esos bosques fractales de los gráficos de antaño. Al borde del campo de visión apreciaba más libros, diminutos debido a la distancia.

«Guau». Resbaló y sintió que Tommie lo sostenía con una mano en la base de la espalda.

—Genial, ¿no? —dijo Parker—. Casi me gustaría estar vistiendo.

—Sí. —Robert se afianzó agarrándose a un estante. La madera era real, gruesa y sólida. Miró el suelo a lo largo del pasillo. El camino entre los estantes era torcido… y no terminaba en la pared externa, que tenía que estar allí, a sólo diez o doce metros de distancia. En lugar de ventanas había escalones hundidos de madera. Era la típica carpintería a medida que tanto le gustaba de las librerías de segunda mano. Más allá de los escalones, los estantes parecían inclinarse, como si la gravedad apuntase en otra dirección.

—¿Qué es todo esto?

Los tres guardaron silencio un momento. Robert se dio cuenta de que vestían armaduras oscuras. El atuendo de Rivera tenía una especie de insignia muy elegante. Además, sus prendas se parecían sospechosamente a una camiseta y unas bermudas fabricadas con placas de acero ennegrecidas.

—¿No lo pilla? —dijo Rivera al fin— Ustedes son Caballeros Guardianes. Y yo soy un Bibliotecario Militante. De las historias Conocimiento peligroso de Jerzy Hacek.

Blount asintió.

—No las llegaste a leer, ¿verdad, Robert?

Robert recordaba vagamente a Hacek de la época de su jubilación. Tomó aire.

—Yo leía lo importante.

Recorrieron despacio el estrecho pasillo. Los senderos laterales no sólo llevaban a izquierda y derecha, sino también arriba y abajo. De algunos surgían siseos de serpientes. En otros, vio a Caballeros Guardianes inclinados sobre mesas llenas de libros y pergaminos, con el rostro bañado por la luz que emitían los libros abiertos. Eran verdaderos manuscritos iluminados. Robert se detuvo para echar un vistazo más de cerca. El texto era en inglés, impreso en una letra gótica demencial. El libro era de economía. Uno de los lectores, una joven de cejas espesas, miró brevemente al visitante y luego hizo un gesto al aire. Muy arriba sonó un golpe y una losa de un metro de anchura de cuero y pergamino cayó sobre él. Robert retrocedió de un salto y casi pisó a Tommie. Pero el libro acabó flotando al alcance de la estudiante. Las páginas se abrieron por sí solas.

Oh. Roben salió de allí con mucho cuidado.

—Ya entiendo. Esto es la digitalización de lo destruido hasta ahora.

—La primera pasada de la digitalización —dijo Blount—. Los cabrones de la administración moderna han logrado más publicidad favorable con esto que con todo lo demás. La gente lo encuentra ingenioso y mono. Y la semana próxima van a trocear la sexta planta.

Rivera los guió hacia los escalones de bajada.

—No todo el mundo está tan feliz. Los herederos de Geisel, del doctor. Seuss, no comparten el criterio de la universidad en este punto. —¡Bien por ellos! —Blount dio una patada a los muebles de madera—. Los estudiantes bien habrían podido ir a Pyramid Hill.

Robert hizo un gesto que se suponía que debía devolver la visión a la realidad sin mejorar, pero seguía viendo luz púrpura y manuscritos encuadernados en piel. Tecleó la señal explícita de reversión. Seguía sin tener realidad.

—Estoy pillado en esta vista.

—Sí. A menos que te quites las lentillas y declares una emergencia no puedes ver lo que hay realmente aquí. Y ésa es otra razón más para no usar Epifanía. —Tommie agitó su portátil abierto como si fuese un talismán—. Yo veo la ilusión, pero sólo cuando quiero. —El hombrecito tomó por otro sendero lateral, golpeando un libro que gemía en el suelo para luego meterse en una sala y ver qué hacían los visitantes—. ¡Este lugar es fantástico!

Cuando llegó a los escalones de madera, Rivera dijo:

—Con cuidado. Son un poco complicados. —Como a medio camino, los escalones se inclinaban y la perspectiva se deformaba. Winnie iba delante, vacilante.

—Lo he hecho antes —gruñó, hablando para sí más que nada— Puedo hacerlo. —Avanzó, hizo como si diese un traspié, y luego se irguió… pero inclinado en relación a Robert y compañía.

Cuando Robert llegó al portal, cerró los ojos. Lo normal era que Epifanía abandonara todas las superposiciones cuando «los ojos se cerraban», así que brevemente fue inmune a los trucos visuales. Dio un paso… ¡y en realidad no había inclinación, sólo un simple giro!

Tommie le siguió de inmediato. Reía como un loco.

—¡Bienvenido al Ala Escher! —dijo—. A los chicos les encanta. —Al pie de la escalera había otro giro de noventa grados. Parker dijo—: Vale, ahora caminamos hacia la zona de servicio del edificio, sólo que tenemos la sensación de seguir recorriendo pasillos de libros interminables.

Libros por delante y por detrás, y también a los lados, ocultos en pasadizos. Libros por encima de ellos, corno chimeneas perdiéndose en una luz púrpura. Incluso veía libros por debajo, allí donde las escaleras desvencijadas se hundían en las profundidades. Si Robert los miraba ligeramente de reojo, los textos de tomos y portadas emitían en violeta, casi demasiado oscuro para ser visible pero muy claro, los códigos crípticos de la Biblioteca del Congreso como si fuesen runas. Los libros eran los fantasmas —o quizá los avatares— de lo que había sido destruido.

Emitían sonidos: gruñidos, susurros, siseos. Conspirando. En las profundidades de los callejones, algunos libros estaban encadenados.