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—Hay que tener cuidado con El capital —dijo Rivera.

Robert vio uno de los volúmenes tirando de sus cadenas. Los eslabones resonaban con fuerza.

—Sí. El Conocimiento Peligroso ansía la libertad.

Algunos de los libros debían de ser reales, artículos sensotáctiles. Los estudiantes de un callejón amontonaban libros. Se apartaron, y los textos se acariciaron en una orgía de páginas agitándose.

—¿Eso es la síntesis bibliográfica?

Rivera siguió su mirada.

—Eh, sí. Todo esto empezó siendo lo que comentaba el decano Blount, algo para que el público aceptase el proyecto de troceado. Representamos los libros como objetos casi vivos, criaturas para servir y hechizar a sus lectores. Terry Pratchett y luego Jerzy Hacek llevan años jugando con ese tema. Pero realmente no apreciamos todo su potencial. En este caso tenemos la ayuda de los mejores círculos de opinión de Hacek. Toda acción sobre la base de datos tiene aquí una representación física, como pasa en las historias Bibliotecario Militante de Hacek. La mayoría de nuestros usuarios creen que es mejor que el software de referencia estándar.

Winnie los miró. Se había alejado tanto que se le veía achatado, como a través de una gran distancia usando un telescopio. Agitó la mano asqueado.

—Eso es una traición, Carlos. Los bibliotecarios no estáis de acuerdo con el troceado, pero mirad lo que habéis hecho. Esos chicos le perderán el respeto al registro permanente de la herencia humana.

Tommie Parker, que iba detrás de Robert, dijo con malicia:

— Winnie, los chicos ya le han perdido el respeto.

Rivera bajó la vista.

—Lo siento, decano Blount. Es trocear lo que está mal, no la digitalización. Por primera vez en la vida, nuestros estudiantes disfrutan de un acceso moderno al conocimiento anterior al cambio de siglo. —Señaló a los estudiantes—. Y no sólo aquí. Se puede acceder a la biblioteca desde la red, sin los trucos sensotáctiles. Huertas permite el acceso limitado gratuito, incluso durante el periodo de monopolio. N o es más que la primera pasada de la digitalización, y sólo de HB a HX, pero en la última semana hemos recibido más visitas a nuestros fondos anteriores al cambio de siglo que en los cuatro años anteriores. ¡Y gran parte de esas visitas son de profesores!

—Cabrones hipócritas —dijo Winnie.

Robert miró a los estudiantes. El sexo entre libros ya había concluido, pero flotaban sobre la cabeza de los estudiantes y las páginas llamaban con vocecita aguda a volúmenes todavía por consultar. «Metáfora encarnada.»

Fueron en pelotón hacia la zona de mantenimiento. Resultó estar mucho más lejos de lo que Robert recordaba. Los pasillos escalonados debían llevarlos al centro del cuarto piso.

Por fin llegaron a las puertas de dos metros y medio. Después de todo lo visto, la madera tallada era pura realidad cotidiana. Incluso el suelo se había aplastado para formar un terreno sólido de aspecto normal. Pero, a continuación, se movió bajo sus pies.

—¿Qué…? —Robert agitó los brazos y cayó contra la pared. Los libros se movieron en los estantes y recordó que algunos eran tan reales y pesados como parecían.

Se disparó un rayo formando arcos pulsantes.

Rivera gritaba en mandarín algo sobre un terremoto falso.

Fuese lo que fuese, el vaivén y el cambio eran reales.

De abajo llegó un gruñido y los murciélagos corrieron de un lado a otro. El vaivén disminuyó, como un bailarín ejecutando una giga.

Y se terminó. Las paredes y el suelo volvían a ser tan firmes como cuando Robert estudiaba.

Tommie se incorporó y ayudó a Winston Blount a levantarse.

—¿Todos bien? —dijo.

Blount asintió atontado, demasiado agitado para recurrir al sarcasmo.

—No había pasado nunca —dijo Tommie.

Carlos asintió.

Ãiya, duìbùq, w gng xing qlái tmen jntin shì xn dngx —dijo, algo sobre probar cosas nuevas.

Tommie tocó el hombro del bibliotecario.

—Chico, hablas en chino.

Rivera lo miró fijamente y luego le respondió, otra vez en mandarín, pero más rápido y más alto.

—Da igual, Carlos. No te preocupes. —Tommie guió al joven escaleras abajo.

Rivera seguía hablando, pero a ráfagas, repitiendo:

W zi shu yngy ma? Shì yngy ma? —¿Hablo en inglés? ¿Hablo en inglés?

—No te pares, Carlos. Estarás bien.

Robert y Winnie formaban la retaguardia. Blount entornaba los ojos con aquel gesto suyo tan exagerado.

—¡Ja! —dijo—. Los cabrones han usado los servos de estabilidad para agitar el edificio. ¿Lo ves?

Y, maravilla de las maravillas, por una vez Robert lo vio; tanto practicar daba sus frutos.

—¡Sí! —La biblioteca Geisel era uno de los pocos edificios que no habían sido reemplazados tras el terremoto de Rose Canyon. En lugar de eso habían instalado estabilización activa en la vieja estructura.

—Nos podríamos haber matado —dijo Blount.

Se encontraban en el tercer piso. Se acercaba un grupo de estudiantes; al menos, Robert dio por hecho que lo eran, porque se reían y la mayoría había escogido una forma monstruosa. Los dos grupos se cruzaron y los viejos guardaron silencio hasta que los estudiantes desaparecieron.

Tommie dijo:

—¿Qué ha provocado el terremoto, Carlos?

Rivera esquivó un armario empotrado. Gritó:

—¿Ya hablo en inglés?… ¡Sí! Oh, gracias a Dios. A veces sueño que me quedo atrapado para siempre. —Dio varios pasos, casi llorando de la alegría. A continuación las palabras fluyeron en torrente—. Sí, sí. Comprendo la pregunta: no estoy seguro de qué ha provocado el falso terremoto. Asistí a la reunión en la que decidieron usar de esa forma el sistema de estabilización. Se suponía que el detonante debía ser cualquier intento de «abrir» un libro que contuviese conocimiento «que la humanidad no debe saber». Claro está, es broma… menos cuando va tan en serio que Seguridad Interior llama a tu puerta. Así que creo que, simplemente, lo hemos provocado por casualidad. —Rivera siguió hablando mientras bajaban—. La bibliotecaria jefa es completamente fiel a esta idea. Ocupa una posición muy importante en el círculo local de creencia de Hacek. Quiere imponer penalizaciones tipo Hacek a los usuarios que violen las reglas de la biblioteca.

La mirada de preocupación de Tommie quedó reemplazada por una de interés técnico.

—Vaya —dijo—. ¿Los pozos de tortura de Hacek?

En el primer piso pisaron la moqueta estándar del vestíbulo de la biblioteca. Una hora antes, Robert y Sharif habían cruzado esa zona camino de los ascensores. Entonces Robert apenas había prestado atención al espacio abierto y limpio, a la estatua de Theodor Seuss Geisel. En aquel momento era un agradable símbolo de cordura. Atravesaron las puertas de vidrio hacia la luz del atardecer.

Winnie se volvió para mirar los pisos de la biblioteca.

—Han convertido este lugar en una amenaza. El terremoto ha sido, ha sido… —De pronto bajó la mirada—. ¿Estás bien, Carlos?

El bibliotecario agitó la mano.

—Sí. A veces quedarse atrapado es un poco como un ataque de epilepsia. —Se limpió la cara; estaba sudoroso—. Vaya. Éste ha sido de los peores…

—Debería verte un médico, Carlos.

—Ya está. ¿Ves? —Indicadores médicos surgían alrededor de su cabeza—. Me he asustado en la escalera. Al menos ahora hay un doctor de verdad vigilándome. Yo… —Vaciló, escuchando—. Vale, me quieren en la clínica. Me van a hacer un escáner cerebral. Ya nos veremos. —Vio la expresión de sus caras—. Eh, nos os preocupéis, chicos.

—Iré contigo —dijo Tommie.

—Vale, pero en silencio. Me están preparando para el escáner. —Los dos caminaron hacia la rotonda.