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Robert y Winnie los miraron. Blount habló con una incertidumbre impropia de él.

—Quizá no debería haberme metido con él por lo de Hacek.

—¿Va a ponerse bien?

—Probablemente. Cada vez que un veterano se bloquea permanentemente, el VA queda en muy mal lugar. Harán todo lo que puedan.

Robert reflexionó sobre todos los aspectos extraños de Rivera. Normalmente no decía en mandarín más que monosílabos, casi por esnobismo. Pero aquella vez…

—¿Qué le pasa, Winnie?

La mirada de Blount andaba perdida. Se encogió de hombros.

—Carlos es un ESR.

—¿Qué es eso?

—¿Eh? ¡Portados los ciclos, Gu! Búscalo. —Miró la plaza—. Vale. Vale. —Le dedicó una sonrisa forzada—. Lo lamento, Robert. ESR es fácil de buscar. Encontrarás muchas discusiones de calidad sobre eso. Lo importante es que no perdamos de vista nuestro objetivo. Vamos, es lo que Carlos querría. Muchas cosas dependen de que tú hagas lo correcto.

— Pero ¿qué es? ¿Qué…?

Winnie alzó la mano.

—Trabajamos en ese asunto. Pronto te daremos detalles.

De camino a casa, en el coche, Robert buscó «ESR». Había millones de resultados en medicina, en asuntos militares, sobre drogas. Escogió el resumen de Seguridad Global en «opinión en contra respetada»:

ESR, ((entrenamiento para la situación requerida» (también «entrenado para la situación requerida» cuando se refiere a una víctima del procedimiento). Terapia combinada de adresina y exposición intensiva a datos que imbuye de extensos conocimientos en menos de cien horas. Especialmente famoso por su uso en el ‹link› Conflicto sinoamericano ‹/link›, cuando 100.000 reclutas americanos recibieron entrenamiento en mandarían, cantonés…

Seguía a continuación una lista de cosas de las que Robert no había oído hablar nunca. En menos de noventa días los americanos habían resuelto sus problemas de idiomas. Pero luego habían aparecido los problemas:

Ese talento fue decisivo sobre el terreno; sin embargo, el precio humano del procedimiento quedó claro incluso antes del final de la guerra.

Robert Gu (y quizá todo estudiante) había soñado con los atajos. ¡Aprender ruso, latín, chino o alemán en una noche y sin esfuerzo! Pero ten cuidado con lo que deseas… Leyó las secciones sobre efectos secundarios: aprender idiomas o una especialidad profesional, cambia a la persona. Atiborra de esos conocimientos a alguien por las buenas y distorsionarás su personalidad. Un pequeño número de ESR no sufrían efectos secundarios. En algunos casos poco habituales, esas personas podían pasar otra vez por el proceso, e incluso una tercera, antes de que se manifestasen los daños. El rechazo consistía en una especie de batalla interna entre los nuevos puntos de vista y los antiguos, que se manifestaba en forma de ataques epilépticos y estados mentales alterados. A menudo, el ESR quedaba bloqueado de forma atenuada en uno de sus conjuntos de habilidades… Después de la guerra, había quedado el legado de los veteranos afectados por el ESR y del abuso continuo del mismo por parte de estudiantes estúpidos de todo el mundo.

Pobre Carlos.

¿Y eso es lo que me promete el Extraño Misterioso?

Definitivamente aquel día había sido uno de esos días de conmoción por el futuro. Robert bajó la ventanilla y disfrutó de la brisa. Iba en dirección norte por la 1–15. Le rodeaba por completo un barrio denso muy similar a las zonas más edificadas de la California del siglo XX, sólo que las casas eran un poco más sosas y los centros comerciales parecían más bien zonas de almacenes. Curiosamente, incluso en ese mundo del futuro quedaban centros comerciales reales. Había ido de compras a un par de ellos. En algunos comercios había mucha arquitectura sólida. Compras para «los que tienen el corazón en el pasado» era su lema; un lema que no habría funcionado en absoluto en el año 2000.

Robert descartó los misterios (y los miedos) y practicó con Epifanía. Veamos los adornos mínimos. Robert ejecutó el gesto ya familiar. Bien, de momento. Veía etiquetas simples. En todo, incluso en la planta de hielo situada al borde de la carretera, había pequeños rótulos alfanuméricos. Otro movimiento de los hombros y vio lo que los objetos que pasaban querían que viese, o más bien, para ser exactos, lo que los dueños de dichos objetos querían que viese. Publicidad. Los centros comerciales habían descubierto que era un viejo y habían adaptado los anuncios en consonancia. Pero no recibió el spam directo de algunas de sus primeras sesiones. Era posible que finalmente hubiese logrado configurar bien los filtros.

Robert se apartó de la ventanilla y buscó universos más amplios. Frente a sus ojos aparecieron mapas de colores. Había realidades geográficamente muy distantes que no se correspondían en absoluto con San Diego. Aquello debía de ser como la porquería de ciberespacio de los ochenta y los noventa. Finalmente dio con una ventana que le prometía «únicamente realidad pública local». Ya. Sólo que había doscientas mil opciones en esa parte del condado de San Diego. Escogió al azar. En el exterior del coche, las laderas de North County se desnudaron de edificios. La carretera sólo tenía tres carriles y los coches eran modelos de los sesenta. Vio que en el parabrisas de su coche (ahora un Ford Falcon) ponía: «Sociedad Histórica de San Diego.» Poco a poco iban reconstruyendo el pasado. Las personas que ansiaban tiempos menos complicados tenían a su disposición grandes trozos del siglo XX.

Robert estuvo tentado de quedarse en esa vista. Era de una época muy cercana a sus años de estudiante universitario. Era tan… consoladora. También se le ocurrió que aquellos aficionados a la historia podían ser partidarios del Proyecto Bibliotoma. Usando la base de datos de Huertas podrían avanzar todavía más rápido en su reconstrucción del pasado.

Hizo surgir la ventana de control. Había algo llamado «transversales continuas de paratiempo». Quizá debiera escoger a un escritor en particular. Jerzy Hacek, por ejemplo. Pero no, por un día ya había tenido bastante de Un poco de conocimiento.

¿Qué tal Terry Pratchett? Vale. Los edificios eran de adobe. El coche se había convertido en una alfombra exquisita, que descendía una ladera herbosa que un momento antes había sido la carretera de Mountain Meadow. En el valle que tenía delante había tiendas de colores con carteles en cursiva, una caligrafía que daba al alfabeto latino un aspecto vagamente árabe. Se veía una franja de océano al fondo del largo valle, al oeste. ¿Y aquello eran barcos?

Robert Gu había leído una novela de Pratchett. Lo que recordaba era que la acción transcurría en una ciudad similar al Londres medieval. Aquello era diferente. Intentó ver mejor la ciudad de tiendas…

Miri —› Lena, Xiu: ‹ms› ¡Le he recuperado! ¿Veis?‹/ms›

Xiu —› Miri, Lena: ‹ms› ¿Estás conduciendo a su lado?‹/ms›

Miri —› Lena, Xiu: ‹ms› No, es una vista que combina lo que se ve desde las colinas y desde varias cámaras de coche.‹/ms›

Xiu —› Miri, Lena: ‹ms› No parece que haga otra cosa que mirar a su alrededor.‹/ms›

Miri —› Lena, Xiu: ‹ms› Tengo bloqueado a Sharif. Tenemos a Robert para nosotras solas.‹/ms›

Lena —› Miri, Xiu: ‹ms› Esto es ridículo.‹/ms›

Miri —› Lena, Xiu: ‹ms› Bien, ahora soy Sharif y estoy sentada junto a Robert… Oh, ¡maldita sea!‹/ms›

Alguien tosió educadamente para llamar su atención. Robert se giró.

Era Sharif, sentado en el asiento del pasajero.

—No pretendía darle un susto, profesor. —La visión sonrió disculpándose—. He intentado reaparecer antes, pero había dificultades técnicas.