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—No pasa nada —dijo Robert, preguntándose vagamente si Tommie seguiría interfiriendo.

Sharif señaló el paisaje.

—Bien, ¿qué le parece?

Era San Diego con un poco más de agua. Y gente diferente, una civilización diferente.

—Creía haber entrado en una de las historias de Terry Pratchett.

Sharif se encogió de hombros.

—Ha entrado en el círculo de opinión principal de Pratchett. Al menos en San Diego.

—Sí, pero… —Robert señaló la hierba—. ¿Dónde está Ankh-Morpork? ¿Dónde están los barrios bajos, los antros y la guardia de la ciudad?

Sharif sonrió.

—En Londres y en Beijing, profesor. Es mejor adaptar las fantasías para que se correspondan un mínimo con la geografía subyacente. Pratchett escribe sobre todo un mundo. Esto de aquí es lo que se ajusta a San Diego. —Sharif lo miró un momento—. Sí, esto es Abu Dajeeb. Ya sabe, el sultanato situado al sur de Sumarbad en El cuervo en llamas.

—Oh— ¿El cuervo en llamas?

—Fue escrita después de que usted, ah…

Después de que perdiese la cabeza, sí.

—Es… es enorme. Puedo imaginarme a alguien escribiendo sobre un lugar como éste, pero ningún hombre ni ningún estudio cinematográfico sería capaz de reunir todo lo que… —Robert se apartó rápidamente de la ventanilla cuando pasó volando una mujer montada en una iguana alada. (Pasó a vista real y vio un coche de la policía de tráfico adelantándolo.)

Sharif rio.

—No es obra de un solo hombre. Probablemente sea el resultado de las contribuciones de millones de admiradores. Como pasa con muchas de las mejores realidades, fue también una empresa comercial, el cine externo de más éxito en 2019. Con los años ha ido mejorando. Una demostración de amor de los fans.

—Ya. —A Robert siempre le había parecido fatal que se dedicaran tantos millones a la industria cinematográfica y que los escritores se hicieran ricos con las películas—. Apuesto a que Pratchett se llevó un buen pellizco.

Sharif sonrió con satisfacción.

—Más que Hacek. No tanto como Rowling. Pero los micropagos acaban acumulándose. Pratchett es propietario de una buena parte de Escocia.

Robert abandonó la imagen Pratchett. Había otras: vistas de Tolkien y cosas que no podía reconocer ni siquiera leyendo las etiquetas. ¿Qué era SCA? Oh, en la visión SCA los suburbios se convertían en aldeas extramuros y había castillos en la cima de las colinas más altas. Las zonas verdes tenían un aspecto salvaje de bosque tupido.

Por lo visto, Sharif lo seguía en su paseo virtual. Señaló el parque del valle de Los Pumas, a la derecha.

—Debería ver las ferias renacentistas. Ocupan todo el parque, a veces se representan batallas entre los barones de las colinas. Es estupendo, amigo mío, verdaderamente maravilloso.

Ah. Robert se volvió y miró atentamente a Sharif. Era exactamente igual que sus apariciones anteriores, excepto por la sonrisa de listillo que tenía en la cara.

—y tú no eres Sharif.

La sonrisa se ensanchó.

—Me preguntaba si llegarías a darte cuenta. La verdad es que deberías aprender a ser más paranoico con las identidades, profesor. Lo sé, has visto a Zulfi Sharif en persona. Ése es el estudiante graduado que crees que es, y el pelota que aparenta ser. Pero no tiene demasiado control. Puedo aparecerme como Sharif siempre que me dé la gana.

—No es lo que has dicho hace un momento.

Sharif frunció el ceño.

—Eso ha sido por otra cosa. Tienes más admiradores. Uno de ellos no es totalmente incompetente.

¿Eh? Robert pensó un segundo y luego forzó una sonrisa.

—Entonces será mejor que acordemos una clave, no vaya a ser que le suelte tus secretos al Sharif equivocado, ¿verdad?

El Extraño Misterioso no parecía contento.

—Muy bien. Cuando diga «amigo mío» por primera vez se iniciará un intercambio de certificados. No tendrás que hacer nada. —El rostro de Sharif estaba verdoso y sus ojos poco tenían que ver con los asiáticos. Sonrió—. Verás a tu geniecillo de la lámpara y sabrás que soy yo de verdad. ¿Qué te parece el plan de Parker?

—Ah…

Sharif, el Sharif-Extraño, se inclinó hacia él, pero no hubo ninguna sensación de movimiento en el asiento de cuero falso.

—Estoy en todas partes y aparezco donde me da la gana para obtener el resultado que deseo. A pesar del ingenio de Tommie, yo estaba allí. —Miró fijamente a los ojos a Roben—. Eh. Te has quedado sin habla, ¿verdad, profesor? y ése es precisamente el problema, ¿no? Quiero ayudarte en ese asunto, pero antes tendrás que ayudarme a mí.

Robert se obligó a sonreír tranquilamente. No daba con una buena respuesta. Lo mejor que se le ocurrió decir fue:

—Me prometes un milagro sin mostrarme ninguna prueba. Y si me ofreces ESR, no me apetece. Eso no es creatividad.

Sharif se inclinó hacia atrás con una carcajada franca y agradable. —Muy cierto. El ESR es un milagro terrible. Pero hoy en día es posible lograr milagros felices. Y yo puedo hacerlos.

El coche había abandonado la autopista. Se encontraban a pocos minutos de West Fallbrook y la casa de Bob. El Extraño Misterioso pareció admirar el paisaje un rato. Luego dijo:

—La verdad es que quería avanzar hoy mismo, pero si insistes en tener pruebas sólidas… —Hizo un gesto y entre ellos saltó un destello. Normalmente eso indicaba el traspaso de datos—. Echa un vistazo a estas referencias. y aquí tienes la prueba de que fui yo el principal responsable del descubrimiento.

—Le echaré un vistazo y volveremos a hablar.

—Por favor, no tardes mucho, profesor. Lo que tus alegres camaradas están planeando será imposible sin tu ayuda. Y yo lo necesito para ayudarte.

El coche entró en Honor Court y se detuvo un poco más allá, frente a la casa de Bob. Todavía no eran las cuatro y media de la tarde, pero la neblina oceánica ya se había levantado y empezaba a oscurecer. Aquí y allá jugaban grupos de niños, a lo largo de la calle. Sólo Dios sabía lo que estarían viendo. Roben salió al aire frío y… allí estaba Miri pedaleando hacia él en bicicleta. Se miraron incómodos. Al menos Robert se sintió incomodo. Normalmente no se veían, a no ser en compañía de Bob y Alice. Antes no habría sentido ni un instante de malestar por haber machacado a esta niña. Pero, por alguna razón, la furia simultánea de Bob y Alice y la rígida cortesía de Miri le hacían sentirse incómodo. No puedo quedarme aquí, debiéndole algo a una niña que tendría que debérmelo a mí.

Miri se apeó de la bici y se quedó a su lado. Observaba el coche. Robert miró alejarse el vehículo. Veía a Sharif todavía sentado en el asiento trasero; quizá ella también le viese.

—Es Zulfikar Sharif —dijo Robert, apresurándose a dar una explicación, como el alma culpable que era—. Me entrevista sobre el pasado.

—Oh. —Perdió el interés.

—Eh, Miri, no sabía que tuvieras bici.

Miri pasó a su lado empujando la bici.

—Sí —respondió muy seria—. No es buena como medio de transporte, pero Alice dice que el ejercicio me sienta bien. Me gusta recorrer Fallbrook y probar las últimas realidades.

Gracias al milagro de Epifanía, Robert suponía a qué se refería

—De hecho, en realidad no es mi bici. Es la de Bob, de cuando era más pequeño que yo.

Las llantas parecían nuevas, pero… sus ojos recorrieron el cuadro de aluminio, la pintura verde y amarilla que empezaba a desconcharse. Dios. Lena había insistido en que le comprasen la bicicleta. Le asaltaron los recuerdos del pequeño Bobby, de cuando intentaba con todas sus fuerzas aprender a montar. Había sido un verdadero incordio.