El resto del camino hasta la puerta lo hicieron en silencio. Robert caminaba un paso por detrás de su nieta.
16
Durante los siguientes días, Winston Blount llamó un par de veces. Estaba ansioso por saber algo más sobre «eso de lo que hablamos». Robert le dio largas y se negó a hablar en privado. Casi podía oír los dientes de Winnie rechinando por la frustración… pero le dio otra semana.
Robert mantuvo varias entrevistas más con el verdadero (bueno, esperaba que lo fuera) Sharif. Eran recordatorios enternecedores de los Buenos Tiempos, completamente diferentes de sus encuentros con el Extraño Misterioso. El joven graduado tenía un entusiasmo casi inteligente, excepto cuando parecía gustarle la ciencia ficción. A veces. Cuando Robert lo comentaba, Sharif ponía cara de pena. Ah. El Extraño Misterioso atacaba de nuevo. O quizás hubiese tres… entidades… animando la imagen de Zulfikar Sharif. Robert estaba decidido a prestar atención a cada palabra, a cada matiz.
Las composiciones de Juan Orozco habían florecido. Podía escribir frases enteras intencionadamente. Por lo visto el chico creía por ello que Robert Gu era un profesor genial. Sí, y pronto incluso me admirarán los chimpancés. Pero esa idea no pasó de los labios de Robert… Juan Orozco se esforzaba hasta el límite. Estaba condenado a la mediocridad, como Robert, a quien ya no apetecía difundirlo.
El Extraño Misterioso se mantuvo alejado. Quizá pensaba que la necesidad de Robert era el mejor acicate. Menudo cabrón. Robert volvía una y otra vez a los informes que el Extraño le había facilitado. Describían tres milagros médicos ocurridos en los últimos diez meses. Uno era un tratamiento efectivo contra la malaria. No era nada del otro mundo porque curas más baratas existían desde hacía años. Pero los otros dos avances estaban relacionados con trastornos del ánimo y del intelecto. No eran ejemplos del «campo de minas celestial» aleatorio del que le había hablado Reed Weber. Los dos remedios habían sido encargados por los pacientes a los que habían curado.
¿Y qué? En aquella nueva época se producían milagros. ¿Qué prueba había de que el Extraño pudiese hacerlos? Cargó los documentos que el Extraño le había entregado. Visualmente parecían cartas medievales, con los sobres sellados con cera. Más allá de la representación metafórica era fácil ver las capas subyacentes, algunos megabytes de cifrado. Tonterías inútiles. Pero, si seguía con la metáfora, entonces daba con punteros a herramientas mágicas para usar los certificados y con otros punteros para las explicaciones técnicas acerca de lo que esas herramientas hacían con los datos subyacentes.
Robert llevaba tres días hurgando en aquellos artículos. El viejo Robert no habría sido capaz. Dios le había robado su único y verdadero talento y, de manera perversa, le había entregado a cambio aquel talento analítico. Jugar con los protocolos era divertido. Un par de días más y lo tendría… y descubriría las verdaderas intenciones del Extraño.
Mientras tanto, se iba retrasando en su trabajo con Juan para la clase de composición de Chumlig.
—¿Tendrás tiempo para mirarte mis sugerencias gráficas? —Le preguntó Juan una tarde— Quiero decir, antes de mañana. —Al día siguiente debían entregar el proyecto semanal.
—Sí, claro. —El chico se había portado estupendamente y hecho todo lo que Robert le decía. Se sintió un poco mal por no corresponderle—. Es decir, lo intentaré. Tengo un problema con otra cosa…
—Oh, ¿qué? ¿Puedo ayudarte?
Dios.
—Se trata de unos documentos de seguridad. Se supone que demuestran que un… bueno, un amigo mío realmente está implicado en la resolución de un… problema de juego. —Hizo que uno de ellos fuese visible para Juan.
El chico miró la cera, el color dorado y el pergamino.
—¡Oh! Un creditado. He visto certificados como éste. No hay más que… Oh, el tuyo tiene sobre, así que sólo tú puedes ejecutar todos los pasos, pero veamos… —Agarró el certificado y señaló lo que Robert debía hacer—. Primero pones tu propio sello y luego rasgas por la línea de servidor y verás un informe como éste. —Las transformaciones fantasmagóricas se extendieron a su alrededor— y si ese amigo tuyo no está echándose un farol, esto de aquí estará en verde y habrá una descripción textual de su contribución, respaldada por Microsoft, el Banco de América o algo similar.
Luego Juan se tuvo que ir a ayudar a su madre. Cuando ya se desvanecía, Robert repasó el ejemplo. Reconoció algunos de los pasos por las descripciones de los protocolos, pero:
—¿Cómo sabes todo eso?
Una pregunta tonta. El muchacho puso cara de sorpresa.
—Es… es intuitivo, ¿sabes? Creo que la interfaz está diseñada de esa forma. —y desapareció por completo.
En aquel momento no había nadie en casa, así que Robert bajó y se preparó un tentempié. Luego repasó los pasos que le había indicado el chico. No tenía ninguna excusa para posponerlo. Dudó un momento… luego siguió los pasos con cada uno de los «creditados»
Verde brillante. Verde brillante. Verde brillante.
Al Extraño Misterioso no le gustaba visitar a Robert cuando estaba en casa. Quizás el Cuerpo de Marines no fuese tan incompetente como afirmaba el Extraño. Robert comenzó a temer por anticipado los momentos que pasaba fuera de casa. Pronto tendría que decidirse. ¿Era la traición un precio que estaba dispuesto a pagar por recuperar su viejo yo?
Pasaron los días. Seguía sin haber contacto. El Extraño me quiere bien maduro antes de cosecharme.
Cuando al fin sucedió, Robert caminaba por el vecindario, dedicado a otra entrevista con Zulfikar Sharif. El joven vaciló en medio de una pregunta y le miró.
Miri —› Juan: ‹ms› ¡Estoy fuera!‹/ms›
Juan —› Miri: ‹ms› ¿Otra vez?‹/ms›
Miri —› Juan: ‹ms› ¡Sí, otra vez!‹/ms›
Los rasgos sinceros de Sharif adquirieron el aspecto macilento y ladino del Extraño Misterioso.
—¿Cómo va la cosa, amigo mío?
Roben logró responder con tranquilidad.
—Muy bien.
El Extraño sonrió.
—Pareces un poco nervioso, profesor. Quizás estés más cómodo si te sientas. —Un coche se detuvo junto a ellos. La portezuela se abrió y, cortésmente, el fantasma le indicó a Robert que entrase.
—¿Esto es más seguro? —dijo Robert cuando se alejaron de la acera.
—Este coche es más seguro. Recuerda que tengo poderes que superan los de tus amiguitos. —Se acomodó en el asiento orientado hacia la parte posterior del vehículo— Bien. ¿Estás convencido de que puedo ayudarte?
—Quizá puedas —dijo Robert, un poco orgulloso de lo tranquilo que parecía— He comprobado tus creditados. No pareces saber nada sobre nada, pero tienes la habilidad de reunir a la gente adecuada y estar presente cuando esa gente resuelve problemas importantes.
El Extraño agitó la mano con desdén.
—¿No sé nada sobre nada? Eres un ingenuo, profesor. Nuestro mundo está plagado de posibilidades técnicas. El conocimiento se amontona hasta alturas metafóricas de años luz. Dada esa situación, el auténtico don es el que yo poseo: saber reunir el conocimiento y las habilidades necesarios para obtener soluciones. Tu señora Chumlig lo comprende. Los alumnos lo entienden perfectamente. Incluso Tommie Parker lo comprende, aunque él ha entendido al revés un detalle importante. —Hizo otro gesto exagerado, con la mano apoyada en el cuello de la camisa—. En mí tienes la encarnación de ese don. Soy el mejor del mundo en el campo de «reúnelos y obtén respuestas».