Miri —› Robert: ‹ms› No te preocupes. No está enfadada contigo.‹/ms›
Miri seguía con la mirada perdida. Sus manos estaban a la vista, inmóviles. Era buena con la ropa. Vale, pero ¿qué coño pasa aquí? Ése era el mensaje que quería enviar, pero sin poder usar los dedos lo más que podía hacer era mirarla inquisitivo.
Alice seguía hablando, y Bob intervenía de vez en cuando, pero Robert ya no estaba completamente aterrorizado. Esperó tres o cuatro minutos y se disculpó.
Bob parecía un poco aliviado.
—No vamos a hablar más del bono, Robert. Hay otros…
—No, da igual. Tengo muchos deberes. —Robert forzó una sonrisa y se escapó. Notaba la mirada penetrante de Alice siguiéndole. De no ser por el mensaje silencioso de Miri, hubiese subido las escaleras corriendo.
De momento, Alice ni siquiera se había acercado al baño.
Tenía deberes. Juan se presentó y le distrajo media hora con sus explicaciones sobre perfiles de inmersión. Se suponía que Robert debía tener preparado uno de esos perfiles para la clase del día siguiente. Juan se fue encantado. También lo estaba Robert; había compensado varios días de falta de atención. Jugueteó con los esquemas de Juan hasta que fue capaz de llevarlo a cabo todo. Por Dios, deberían darnos matrícula en apoyo mutuo. La prosa del chico se había vuelto casi utilizable… y el perfil de inmersión que había construido era hermoso. Fue consciente de que Miri ayudaba a limpiar después de la cena y luego subía a su cuarto. Bob y Alice estaban sentados en el salón. Estableció una alarma de actividad para el primer piso y luego se dedicó a mejorar cada vez más los gráficos.
¡Dios! ¡Había pasado una hora! Echó un vistazo rápido. Nadie había ido al baño de abajo. Tenía un mensaje pendiente de Tommie Parker. El conciliábulo quería saber si iba a cumplir con su parte. Volvió a mirar escaleras abajo. Extraño. Ya no podía ver en el salón. Normalmente aparecía en el menú de la casa, pero en aquel momento era una zona tan privada como los dormitorios. Se puso en pie, se acercó a la puerta y la abrió silenciosamente unos centímetros, fisgando a la antigua.
¡Discutían! y Bob estaba lívido de furia. Alzaba cada vez más la voz, hasta gritar.
—¡Me importa una mierda si te necesitan! Siempre es una vez más. Pero esta vez tú…
Bob vaciló en medio de la invectiva. Robert se inclinó, con la oreja pegada a la puerta. Nada. Ni siquiera los murmullos de las palabras prudentes. Su hijo y su nuera se habían llevado la discusión a regiones más etéreas. Pero Robert siguió escuchando. Los oía moverse. En cierto momento se oyó el golpe de una mano. ¿Alice dándole un puñetazo a la mesa del comedor? Hubo medio minuto de silencio y un portazo.
La visión regresó un segundo después. Bob estaba a solas en el salón, mirando fijamente la puerta del despacho de la planta baja. Así permaneció unos minutos, luego dio la vuelta al salón y se sentó en su sillón favorito. Tomó un libro de la mesita. Era uno de los tres libros físicos del piso de abajo… y no era más que una imitación para lectura instantánea.
Robert Gu cerró silenciosamente la puerta del dormitorio y volvió a la silla. Reflexionó un momento y luego escribió:
Robert —› Miri: ‹ms›¿Qué ha sido eso?‹/ms›
Miri estaba a unos metros pasillo abajo. Por tanto, ¿por qué no dar unos pasos y llamar a su puerta o presentarse virtualmente? Quizá fuese por la costumbre de mantenerse alejado de ella. Tal vez era más fácil ocultarse tras las palabras.
A lo mejor él no era el único que se ocultaba. Pasó casi un minuto antes de que le llegase la respuesta.
Miri —› Robert: ‹ms› No están enfadados contigo.‹/ms›
Robert —› Miri: ‹ms› Vale. Pero ¿qué pasa?‹/ms›
Miri —› Robert: ‹ms› No pasa nada.‹/ms›
Eso fue todo, pero luego Miri envió otro mensaje.
Miri —› Roben: ‹ms› Alice se prepara para un trabajo. Para ella es siempre duro. Y Bob se pone furioso.‹/ms›
Otra pausa.
Miri —› Robert: ‹ms› Es un asunto del Cuerpo de Marines, Robert. Se supone que yo no sé nada, y que tú debes saber menos todavía. Lo siento. EOF.‹/ms›
EOF. Eso, en argot, significaba «sanseacabó». Robert esperó; no le llegó nada más. Pero era la conversación más larga que mantenía con Miri en dos meses. ¿Qué hacía la niña con sus secretos? Estaba claro que eran mucho más importantes de lo que él había supuesto. Miri disponía de mejores medios de comunicación que nadie del siglo XX, pero sus remilgos le impedían compartir el dolor. ¿O será que tiene amigos con los que hablar?
Robert Gu padre no tenía amigos, pero no le hacían falta; esa noche tenía crisis y suspense de sobra para entretenerse. Siguió vigilando el baño de abajo y la puerta del despacho. Bob continuaba leyendo y mirando de vez en cuando hacia el despacho.
—¿Es buen momento para que hablemos, profesor? —La voz provenía de su espalda.
La sorpresa le hizo dar un respingo. Se volvió.
—¡Jesús!
Era Zulfikar Sharif, que retrocedió, sorprendido.
—Podrías haber llamado —dijo Robert.
—Lo hice, profesor. —Sharif parecía un poco dolido.
—Sí, sí. —Robert todavía no había conseguido descifrar todos los detalles del «círculo de amigos» de Epifanía. Le hizo un gesto a Sharif para que se quedase—. ¿Qué tienes en mente?
Sharif lo hizo bastante bien sentándose en una silla sin hundirse hasta la mitad.
—Bien, esperaba que pudiésemos hablar. —Reflexionó un momento—. Es decir, podríamos continuar con mis preguntas sobre Secretos de las edades.
Abajo seguía sin pasar nada.
—Muy bien. Pregunta —¿Quién ha venido? ¿Era el Sharif verdadero? ¿El Sharif Extraño? ¿El Sharif Ciencia Ficción? ¿Alguna malvada combinación de lo anterior? Fuera quien fuese, era demasiada coincidencia que se hubiese presentado justo en aquel momento. Robert se apoyó en el respaldo y le escuchó.
—Veamos… no sé —¿Tan olvidadizo era? Pero de repente Sharif despertó—. ¡Ah! Algo que me gustaría incluir en mi tesis es el equilibro entre la belleza de la forma y la belleza de la verdad subyacente. ¿Son cosas independientes?
Una pregunta que debo responder con profundidad críptica. Robert hizo una pausa enfática y se lanzó a soltar vacuidades.
—Ya deberías saber, Zulfi, aunque no puedas crear poesía, que son inseparables. La belleza refleja la verdad. Lee mi ensayo en Carolingian… —Bla, bla, bla.
Sharif asintió con sinceridad.
—Entonces, ¿espera que alguna vez se acabe una y por tanto la otra? Me refiero a la belleza ya la verdad.
¿Eh? Vaya, era una pregunta tan extraña como para desconcertarlo. Robert reformuló y volvió a reformular la estupidez. «¿Se le acabará la belleza?» y la respuesta en mi caso es que sí; ya no puedo crear belleza. Quizá no fuese más que Sharif Extraño dándole caña mientras esperaban a que la cajita gris actuase.
—Supongo… que podría haber un final —Luego reflexionó acerca de la otra parte de la pregunta— Demonios, Sharif, la verdad… la verdad nueva… se acabó hace mucho tiempo. Los artistas nos sentamos sobre un montón de restos que tiene diez mil años de espesor. Buscamos y rebuscamos, y algunos lo hacemos brillantemente, pero no es más que un refrito deslumbrante. —¿Acabo de decir lo que he dicho?
—Y si están relacionadas, entonces, ¿la belleza también ha desaparecido? —Sharif se había inclinado hacia delante, con los codos sobre los muslos, la barbilla apoyada en las manos. Tenía los ojos muy abiertos y una expresión seria.