Robert apartó la vista. Finalmente habló.
—Todavía hay belleza. Yo la traeré. —La recuperaré.
Sharif sonrió, tal vez porque interpretó la afirmación de Robert como fe en el futuro de la humanidad.
—Es maravilloso, profesor. Esto supera su ensayo en Carolingian.
—Efectivamente. —Robert se arrellanó, preguntándose qué estaba pasando.
Sharif vaciló un momento, como si no estuviese seguro de cómo continuar.
—Y la biblioteca de la UCSD, ¿cómo va su proyecto allí?
Seguía sin pasar nada abajo. Robert dijo:
—¿Ves alguna relación entre mi obra y… Bibliotoma?
—Bueno, sí. No quiero entrometerme, pero últimamente lo que hace usted en la UCSD parece una declaración de principios sobre la situación del arte y la literatura en el mundo moderno.
Quizá se tratase de Sharif Ciencia Ficción, intentando descubrir lo que tramaba Sharif Extraño. Si pudiese enfrentarlos entre sí. Dedicó al visitante un asentimiento juicioso.
—Lo comentaré con mis amigos. Quizá podamos reunirnos.
Lo que pareció bastar a quien fuese. Acordaron otro momento para reunirse y Sharif se fue.
Robert desactivó el acceso al círculo de amigos. No quería ninguna visita sorpresa más esa noche.
Y abajo seguía sin pasar nada. Miró a través de la pared durante casi quince minutos. Vaya un uso más productivo del tiempo. Piensa en otra cosa, mierda.
Levantó la cubierta de la casa y miró West Fallbrook. Sin mejoras, era un lugar muy oscuro, más parecía un pueblo abandonado que un barrio habitado. El San Diego real estaba menos iluminado que en 1970, por lo que recordaba. Pero aparte de la vista real había interminables alternativas, toda la diversión del ciberespacio imaginada por la generación de Bob. Ahí fuera, esa noche, había cientos de millones jugando. Robert percibía (Epifanía se lo hacía percibir) el pulso de la actividad, llamándole. Usó una orden que Chumlig había mencionado; aquí y allá, por todo North County, se encendieron lucecitas. Ésos eran los alumnos de su clase, al menos los que estaban estudiando esa noche y sentían algún interés por lo que hacían los demás. Veinte pequeñas luces. Más de dos tercios de sus compañeros, un tipo especial de círculo de opinión, uno dedicado a hacer avanzar todo lo posible sus puntuaciones de cooperación. Nunca se había dado cuenta de lo mucho que trabajaban esas personitas de tercera categoría.
Robert flotó como un fantasma sobre los suburbios hacia la luz más cercana. Nunca había usado las opciones «extracorporales» de Epifanía. No tenía ninguna sensación de que el aire fluyese a su alrededor, ni tampoco de movimiento. N o era más que un punto de vista sintético desplazándose sobre el paisaje. Todavía notaba el trasero pegado a la silla de su dormitorio. Y, sin embargo, comprendía por qué las instrucciones precisaban que la actividad debía realizarse estando sentado. El punto de vista recorría el valle a una velocidad que mareaba.
Se deslizó hacia una ventana amistosa. Juan Orozco, Mahmoud Kwon y un par más estaban reunidos en el cuarto de estar, conjurando posibilidades para el intercambio del día siguiente con Ciudad del Cabo. Alzaron la vista y dijeron «hola», pero Robert sabía bien que no veían mucho más que su icono flotando en la habitación. Podría estar presente virtualmente, quizás incluso parecer tan «real» como Sharif solía ser. Pero Robert se limitó a flotar y escuchar lo que decían y…
¡Aviso de alarma!
Cortó la conexión y regresó al cuarto.
Abajo, Bob había salido del salón. Se acercó a la puerta de Alice y llamó con suavidad. Por lo que Robert pudo ver, no hubo respuesta. Al cabo de un momento, Bob bajó la barbilla y se giró. Robert le siguió escaleras arriba. Oyó los pasos por el pasillo. Bob llamó a la puerta de Miri, como hacía casi todas las noches. Se oyó una conversación apagada y la voz de Miri diciendo:
—Buenas noches, papá. —Era la primera vez que Robert la oía llamar así a Bob.
Los pasos de Bob se acercaron; se detuvo frente a la puerta de Robert, pero no dijo nada. Robert le vio a través de la pared: Bob se volvió y se lo tragó la intimidad del dormitorio principal.
Robert se apoyó en la mesa y miró abajo. Alice casi nunca se quedaba levantada hasta mucho más tarde que Bob. Evidentemente, ésa no era una noche habitual. Qué desastre. Uno hace acopio de valor para traicionar a la familia… y luego el destino no hace más que apilar problemas sobre esas intenciones tan deshonrosas. Pero, incluso en el caso de que Alice se quedara a dormir en el despacho, tendría que acabar yendo al baño, ¿no?
Pasaron veinte minutos.
Alice abrió la puerta. Salió, fue hacia las escaleras. Maldita sea, usa el baño de abajo. Se dio la vuelta y cruzó furiosa el salón. Cada movimiento era preciso y potente, como los de una bailarina o una fanática de las artes marciales. No se movía como la Alice Gong Gu del vestido, la de la tranquila cara redondeada y las batas informes. Y, sin embargo, era la vista real. Era su rostro real, aunque estuviera tenso de dolor y sudoroso. ¿Eh? Robert trató de examinar de cerca su danza deslizante. Estaba empapada de sudor. Tenía el vestido tan mojado como si acabase de terminar una carrera larga y frenética.
Igual que Carlos Rivera.
No podía ser. Alice nunca se quedaba atrapada en una lengua extranjera o en una especialidad concreta. En una especialidad concreta. Pero recordó lo que había leído sobre ESR. ¿Qué había de esas personas extrañas a las que podían «entrenar» más de una vez, que adquirían múltiples talentos hasta que los efectos secundarios acaban destrozándolas? ¿En qué se quedarían «pillados» esos desgraciados si había decenas de posibilidades entre las que elegir?
Alice acabó por detenerse. Se quedó inmóvil un momento con la cabeza gacha, los hombros subiendo y bajando. Luego se volvió y entró en el baño.
Al fin, al fin. Ahora debería sentirme muy aliviado. Pero en cambio la revelación lo tenía en vilo. Explicaba muchos pequeños detalles. Contradecía varias cosas de las que estaba seguro. Quizás Alice no fuese por él. Quizá nadie en la casa fuese su enemigo.
A veces las cosas no son lo que parecen.
Todo estaba en silencio. En la vieja casa de Palo Alto se oían crujidos y golpes, y de vez en cuando el PC de Bob reproduciendo música robada. Aquella noche… sí, había sonidos esporádicos, de la casa haciéndose al fresco de la noche. Espera. En la vista de mantenimiento podía comprobar que uno de los calentadores de agua se había encendido. Oía el agua corriendo.
Y por primera vez se preguntó qué tipo de magia contendría la cajita gris. N o había alertado a los guardianes de la casa. Quizá no fuese electrónica, sino de engranajes del siglo XIX movidos por resortes. Y además había desaparecido de la vista de Robert. Era algo nuevo, no un truco visual. Quizá la cajita hubiese criado patitas y hubiese salido corriendo. Pero, fuese lo que fuese, ¿qué haría? Quizás el Extraño no quería un poco de sangre. Quizá le convenía más un montón de sangre. Robert se quedó sentado completamente inmóvil un segundo y luego se puso en pie de un salto… y volvió a quedarse inmóvil. Estaba desesperado. La credibilidad no es excesivamente importante si la víctima ansía creer que la verdad tiene que ser exactamente lo que el mentiroso afirma. Así que el Extraño se había burlado de la idea de que para hacer daño a Alice no valían la pena tantos preparativos. Y yo, desesperado, sonreí y quedé convencido.
Robert había salido de su cuarto y volaba escaleras abajo. Cruzó corriendo el salón y golpeó la puerta del baño.
—¡Alice! ¡Al!