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—Ya… veo. —Guardó silencio un momento, leyendo más—. Lo hiciste bien. Pero eso fue hace años, Alfred. Ésta será una misión muy técnica y muy dependiente de la red.

Alfred aceptó la crítica con un asentimiento.

—Cierto. Ya no soy joven. —Mitsuri y Braun creían que tenía cincuenta y pocos años—. Por otra parte, mi especialidad en la AIE son los asuntos de red, por lo que no estoy desfasado.

Una sonrisa de sorpresa destelló en el rostro de Keiko.

—Y conoces esta operación mejor que nadie. Por lo que estando sobre el terreno puedes facilitar elementos importantes sin entregárselos a Conejo…

—Exacto.

Günberk seguía sin estar satisfecho.

—Sin embargo, se trata de una operación extremadamente peligrosa. Las Grandes Potencias competimos, es cierto. Pero cuando se trata de la amenaza de las Armas, debemos mantenernos unidas. Es la primera vez en mi carrera que se rompe el pacto.

Alfred asintió con solemnidad.

—Debemos descubrir la verdad, Günberk. Podríamos estar equivocados con respecto a San Diego. Si es así, nos retiraremos aliviados y en silencio. Pero sea cual sea la fuente de esa arma, debemos descubrirla. Y si resulta ser San Diego, lo más probable es que los americanos nos den las gracias.

Mitsuri y Braun se miraron largamente. Al final asintieron y Keiko dijo:

—Apoyaremos la infiltración del Cabecilla Local, presumiblemente la tuya. Haré que nuestros planificadores preparen las estrategias por si quedas expuesto. Ofreceremos apoyo de red y análisis. Será cosa tuya administrar los datos críticos sobre el terreno…

—¡Y evitar que el señor Conejo se quede con todo! —dijo Günberk.

Cuando sus amigos se hubieron marchado, Alfred se quedó varios minutos sentado en su despacho. Había estado cerca.

Cuanto más estaba en juego, mayores eran las amenazas. El Plan Conejo era la operación más delicada en la que el Gobierno indio hubiese participado nunca (sabiéndolo); no había sido fácil lograr el apoyo del primer ministro. Keiko y Günberk habían estado a punto de desmantelarlo con tanta contundencia como podría haberlo hecho el primer ministro. En cuanto a Conejo, bueno, una IA podía ser una fantasía, pero Conejo era una amenaza tan grande como temían Günberk y Keiko.

Alfred se relajó un poco, permitiéndose sonreír. Sí, las amenazas se habían multiplicado como, bueno, como conejos. Pero aquel día se había enfrentado a algunas y las había neutralizado. Llevaba semanas planeando su papel de Cabecilla Local. Al final, Günberk y Keiko le habían ofrecido la excusa lógica para presentarse sobre el terreno en San Diego.

18

El conciliábulo seguía reuniéndose en el sexto piso de la biblioteca, pero ahora se había convertido en un lugar muy diferente. Robert subió en ascensor, evitando a los hacekeanos y sus Bibliotecarios Militantes. Aun así, ceñirse a la realidad resultaba difícil Theodor Geisel seguía controlando el vestíbulo, pero la administración iba cediendo espacio táctil y mental por todas partes. Los personajes Scooch-a-mout habían infestado el sótano. Se decía que los de H. P. Lovecraft acechaban más abajo, en almacenamiento permanente.

Y el sexto piso… estaba vacío, con los estantes totalmente desnudos. Desde la puerta del ascensor, en el centro del piso, Roben veía entre los estantes esqueléticos las ventanas. Las troceadoras de libros habían estado allí y se habían ido. En la esquina sureste, los conspiradores estaban agazapados como el bloque socialista del siglo XX, maquinando en medio de su evidente decadencia.

—Pues bien, ¿qué impide la invasión de Bibliotecarios Militantes? —dijo Robert mientras señalaba la realidad desolada de los estantes vacíos.

Carlos le respondió:

—La explicación oficial es un retraso en la instalación de los nuevos sistemas hápticos. En realidad, es pura política. Los defensores de Scoochi quieren este piso para su universo. Los Bibliotecarios Militantes se resisten. Puede que la administración los decepcione a todos y haga que este piso sea una simulación del aspecto que tenían antaño las bibliotecas.

—Pero con imágenes falsas de los libros, ¿no?

—Sí. —Tommie sonreía—. ¿Qué esperabas? Mientras tanto, tenemos el piso para nosotros solos.

—No nos han derrotado, caballero. —El rostro de Winnie era todo seriedad—. Hace semanas que sabemos que esto era inevitable. Hemos perdido una batalla importante. Pero no es más que la primera batalla de la guerra. —Miró a Tommie.

Parker señaló un LED del ordenador.

—La zona muerta está en marcha. Es hora de continuar en serio nuestra conspiración criminal. —Sonreía, pero fue mirándolos a los ojos uno a uno—. Vale. Yo he terminado mi investigación. Conseguiré que entremos en los túneles de mantenimiento. Incluso he preparado celebraciones que sacarán de nuestro camino al personal de laboratorio. Sé llegar hasta los contenedores de troceado y tengo la cola en aerosol. Podemos causar mucho daño al Proyecto Bibliotoma y a Huertas en concreto. Claro está, no evitará que estas situaciones sigan dándose en otras bibliotecas, pero…

Winnie gruñó.

—Ya hemos acordado que una parada permanente es imposible.

Pero si podemos conseguir parar los pies a los imbéciles que usan los métodos más destructivos… bien, tendremos que conformarnos con eso.

—Vale, decano. Eso es exactamente lo que haremos. Todo está listo, a falta de un elemento muy importante. —Miró a Robert.

Tal es el poder del sentido común que Robert vaciló casi un tercio de segundo antes de meterse la mano en el bolsillo y sacar la caja de plástico que el Extraño le había entregado.

—Compruébala, Tommie.

Parker arqueó las cejas.

—Eh, estoy impresionado. Esperaba una servilleta de papel o algo similar. —Miró la pantalla del portátil y luego tomó la caja—. Parece un kit de biomuestras. —De hecho, en aquel momento la caja tenía etiquetas de colores que anunciaban precisamente esa función—. ¿Cómo lo has hecho?

Sí, ¿cómo? A Robert no se le ocurrió ninguna verdad ni mentira que tuviese sentido.

Tommie tomó el silencio por lo que no era.

—No, no me lo digas. Debería ser capaz de deducirlo por mi cuenta. —Tommie sonrió mirando la caja y, a continuación, se la guardó en el bolsillo.

—Vale. Estamos listos. Ahora tenemos que decidir el momento de actuar.

Rivera se inclinó.

—Pronto. Entre cuatrimestres hay mucha construcción en el laboratorio.

—Sí. Y hay otros inconvenientes. No creeríais los preparativos que he tenido que hacer. Estoy hundido en consultores hasta arriba. No te preocupes, decano, ninguno de ellos ve más que una minúscula parte de lo que hago. Empiezo a ser un verdadero experto en la afiliación. —Tommie se lo estaba pasando de fábula—. ¡Conseguiré que salga bien, chicos! Eh, será como en los grandes días de antaño… bien, quizá para ti no, Carlos; tú ni siquiera habías nacido. —Sonrió a Winnie y a Robert. Robert había participado a menudo en aquellos paseos por el subsuelo. Era impresionante recorrer cientos de metros de túnel para desembocar en edificios oscuros, vacíos y sin terminar. A veces había escalones en los pozos, y a veces no.

Winnie Blount también sonreía un poquito.

—Sí, la Sociedad Espeleológica Miasténica. —Frunció el ceño, recordando más—. Tuvimos suerte de no partirnos el cuello. —Ese comentario provenía del lado de la mesa donde Winnie había pasado gran parte de su vida: del administrador que sufría pesadillas sobre responsabilidades y demandas.