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Mientras tanto, en los laboratorios GenGen…

Sheila Hanson se presentó media hora después del comienzo del turno de noche.

—¿Estás listo, Tim?

Tim Huynh se apartó de la mesa e hizo un gesto a sus pequeños ayudantes.

—Estamos listos, jefa. —En el pasillo siguió las flechas que Sheila marcaba sobre el suelo. Ella y el resto del personal del laboratorio ya estaban reunidos alrededor de la entrada superficial. Cuatro o cinco recién graduados, y el resto, como el propio Timothy Huynh, estudiantes que trabajaban—. ¿Estás segura de que no vamos a perder el trabajo? —Los juegos de círculos de opinión estaban muy bien fuera del trabajo, pero a Huynh jamás se le habría ocurrido aquella aventura si su propia supervisora no la hubiese sugerido.

Hanson rio.

—Ya te lo dije. GenGen considera esta batalla un servicio público. Además, será una vergüenza para Huertas International. —La mirada de la mujer los incluía a todos, a todo el equipo nocturno de GenGen excepto los de regulómica. A Tim le bastaba con la explicación de Sheila. En otra época había ansiado trabajar en GenGen. ¿Cuánta gente lograba ver con sus propios ojos el equipo de laboratorio sobre el que se sustentaba su carrera universitaria? Sin embargo, lo habitual era que su trabajo se redujese a desbloquear robots de limpieza demasiado entusiastas y a transportar carga. Sí, a veces había problemas y había que hablar con los usuarios y ayudarlos a seguir las especificaciones para su montaje experimental. Pero a continuación se pasaba días inventando sistemas automáticos para evitar que precisamente eso volviese a pasar. Todos los miembros del equipo, incluso los que no eran unos fanáticos de los Scooch-a-mollt, parecían encantados de tener una distracción esa noche.

—Vale, todo el mundo —dijo Sheila—, vamos a formar como es debido. —Todos adoptaron sus formas de scoochis. Había pofu-longs y dewlbs y un enorme shima-ping. El shima-ping era Sheila. Dio una ojeada a Huynh—. Tú no puedes ser Grandioso Scooch-a-mollt, Tim. Está reservado.

—Pero los bichos están a mi mando. —Indicó los robots ayudantes que le habían seguido escaleras arriba.

—Tú los guías, Tim. Puedes ser Pequeño Scooch-a-out.

—Vale. —Cambió de forma. Eran todos diseños de primera nunca vistos. Dudaba mucho de que alguno siguiese siendo privado durante mucho tiempo, pero, si Sheila quería jugar a creencias estrictas, él no iba a romper el círculo.

Salieron en tropel por la puerta hacia la noche. Todavía había cierto color por encima de los eucaliptos. Al sur, al otro lado de los barrancos, la meta era una enorme pirámide doble, con la parte superior de vidrio y oscura y cubierta de enredaderas por abajo. ¡Y era así a simple vista! La biblioteca Geisel. Mientras avanzaban, Sheila y los otros fueron superponiendo su visión al mundo. No lo habían practicado. Tenía que ser una sorpresa para los hacekeanos, pero aún más para el mundo que pronto acudiría a mirar. Uno a uno, los eucaliptos, en pequeños estallidos, se transformaron en dondiegos de noche con las hojas fluorescentes a la luz del crepúsculo.

—Nos han detectado —dijo alguien.

—Claro que sí. Estamos por todas partes. Hay s'nices y got-a-runs viniendo desde el edificio de literatura.

—¡Hay fweks y liba-loos que salen volando del sótano de la biblioteca!

Y cada aparición enviaba una diminuta fracción de penique que subía por el árbol de creación de Scoochi. Por una vez, a Tim no le importó el gasto excesivo. La afiliación Scooch-a-mout era de las grandes. Incluso el hardware ilegal del fin del mundo se beneficiaría de las regalías.

Hanson —› Turno de noche: ‹ms› Ocultad el material tanto como podáis.‹/ms›

La imagen real de las cámaras locales revelaría que algunos de los scoochis ocultaban bichos de verdad. Así que por el momento Sheila quería toda la intimidad posible. Que los hacekeanos se enterasen sólo de lo que provenía de los puntos de vista públicos y de sus ojos. Huynh dejó que Rick Smale y los demás se encargasen de eso. Se concentró en controlar los bichos: todos los robots con autonomía y flexibilidad suficientes para ir hasta la biblioteca. Aquellos aparatos se ocupaban de la limpieza rutinaria y el recambio de módulos. No estaban diseñados para correr alocadamente por el exterior.

Pero GenGen había dado permiso para que saliesen y Timothy Huynh se lo estaba pasando de fábula. Primero, decidió la apariencia de los robots. Había queeps y chirps, echando chispas y disparando en todas direcciones. En realidad, se trataba de sus cuatrocientos manipuladores móviles… que en el negocio se conocían como «robots prensiles». Apenas eran lo suficientemente rápidos para mantenerse a la altura de los humanos. También había megamunches, xoroshows y salsipueds… en este caso robots limpiadores y portadores de muestras. Detrás acechaban los robots más grandes del laboratorio de Huynh, combinaciones de elevadores e instaladores de equipo pesado, que de momento iban disfrazados de ionipods azules de asta gris. Él mismo había suministrado las especificaciones físicas dos semanas antes, cuando la posibilidad de que esa aventura se materializara había empezado a difundirse por el laboratorio. Los diseños resultantes eran espectaculares y se ajustaban a la realidad física de los robots y los dispositivos sensotáctiles que Huynh había instalado en las carcasas. Si acariciabas el xoroshow en los cuartos traseros, notabas los músculos moviéndose bajo el pelaje suave, justo lo que tus ojos te decían. Siempre que sólo tuviesen que responder a un solo par de manos humanas, los sistemas hápticos tenían la capacidad de mantener la ilusión. Eran mejor que cualquier cosa que hubiese tocado en Pyramid Hill. Claro está, el público remoto no se beneficiaría demasiado de aquello, pero daría moral a los scoochis presentes y desanimaría a los hacekeanos.

El enemigo ya estaba formando. En la terraza este de la biblioteca había cinco Caballeros Guardianes y un Bibliotecario acechaba en el camino de la serpiente.

—¿Eso es todo lo que tienen?

—Por ahora —dijo Sheila, el shima-ping—. Sólo espero que no estemos demasiado fragmentados.

—Sí. —Ésa era la virtud y la debilidad de la visión del mundo scoochi. Scooch-a-mout se distribuía en fragmentos, a trocitos. Se adaptaba a los deseos de los niños, no sólo en las Grandes Potencias, sino también en los estados fracasados del fin del mundo. Los scoochis tenían innumerables creaciones diferentes. Los hacekeanos abrazaban la creencia del conocimiento extendiéndose hacia el exterior, una visión que exigía la consistencia de todas las cosas. y en aquel momento lo consistente era su control casi absoluto de la biblioteca.

El shima-ping dio saltos sobre sus tres patas. Sheila le gritaba al enemigo con lo que debía de ser un altavoz externo, ya que Huynh notaba la potencia del sonido a su alrededor.

—¡Apartaos de nuestro camino!

—¡Queremos nuestro espacio!

—¡Queremos nuestra biblioteca!

—¡Y sobre todo, queremos libros ! —Esa última exigencia era un buen eslogan, aunque no se correspondía muy bien con el trasfondo fin-del-mundo scoochi.

La banda de Sheila se lanzó al ataque gritando, pero decenas de hacekeanos se unieron a los cinco Caballeros Guardianes. Por supuesto, la mayoría eran virtuales, pero el ajuste a la realidad era perfecto. No era ninguna sorpresa: ambos bandos sabían que aquella situación se produciría. Era un combate de círculos de opinión. Se trataba de convencer a todo el mundo por medio de imágenes de que Scooch-a-mout era una visión más importante.

Ambos bandos creían saber lo que se avecinaba. La verdad era que Tim había preparado algo especial.

Los hacckeanos aullaron sus amenazas al ejército scoochi, a los chirps y queeps ya las moles apenas visibles que venían detrás. Creían que sólo eran jugadores humanos e imágenes ingeniosas. Luego el primero de los ionipods de asta gris aplastó el asfalto y la gente de Hacek comprendió que el sonido que emitía era real. Al mismo tiempo, uno de los salsipueds, un transporte de muestras, salió corriendo y le mordió el tobillo a un Caballero. En realidad no fue más que una pequeña descarga eléctrica, pero los hacekeanos se echaron atrás, aullando: