—¡Tramposos! ¡Tramposos!
Y, cierto, era trampa, pero Huynh veía en las estadísticas de red que el apoyo a su bando se había duplicado. Además, es por una buena causa. Timothy Huynh tampoco usaba demasiado la biblioteca física, pero lo que allí había pasado le dolía.
La terraza quedó momentáneamente despejada, pero Sheila vaciló.
Hanson —› Turno de noche: ‹ms› No me gusta que sea tan fácil. Creo que nos tienen preparado algo.‹/ms›
—¡Sí! ¡Mirad! —gritó Smale a todo pulmón, y señaló a las vistas por encima de la entrada de la biblioteca. Esas cámaras mostraban seres como arañas que protegían el último tramo hasta la puerta de la biblioteca. Eran criaturas tan gruesas que casi tapaban el mosaico. Luego las vistas se desactivaron.
—Vaya, ¿estas criaturas son reales?
—Creo que algunas lo son —dijo Sheila.
—No puede ser. Ni siquiera ingeniería eléctrica dispone de tantos robots. En esta contienda, ¡nosotros tenemos superioridad numérica!
Pero ¿y si el enemigo se había traído muchísimos robots construidos por aficionados? Si sólo la mitad de esos mecanismos eran reales…
Sheila se detuvo, atendiendo a los consejos que podían estar llegando desde todos los puntos del globo. Rugió.
—¡A los árboles!
Emitieron un grito cacofónico. Lo que surgió de los sintéticos fue un rugido de respuesta, potente, barroco y totalmente scoochi. Fueron hacia los arbustos, al sureste de la biblioteca. Las imágenes virtuales se convirtieron en artísticos difuminados para ocultar el hecho de que la cobertura de red no era del todo completa.
Los robots más pequeños, limpiadores, transportes de muestras y prensiles, no tuvieron demasiados problemas para avanzar sobre el terreno cubierto de materia orgánica. Los elevadores sí. Se hundieron en la tierra blanda. Los monstruos avanzaron lentamente. Aquello se parecía bastante a algunas de las tareas que tenían que realizar en el laboratorio. Pero era el momento de quejarse un poco.
Huynh —› Hanson: ‹ms› Esto no servirá de nada, Sheila. Los robots araña se limitarán a seguirnos hasta aquí.‹/ms›
Hanson —› Huynh: ‹ms› Ten fe en mí. Esto saldrá bien. Mira lo que… ‹/ms›
Sheila soltó un chillido de sorpresa y la frase quedó incompleta. Los scoochis virtuales avanzaron un par de pasos más, dependiendo de las distintas latencias, pero al final el turno de noche de GenGen al completo se detuvo. Todos se congregaron y las imágenes mejoraron y salieron de la espesura.
Pero ésa no era la razón de la parada súbita. Todos miraban a… un hombre y un conejo. El primero era real, el segundo virtual. No se ocultaban precisamente; estaban de pie en el claro, pero completamente rodeados de maleza. Hasta que los scoochis no habían llegado allí no tenían ningún punto de vista en aquella zona.
El conejo no tenía nada de particular, un dibujo animado. La mirada descarada estaba muy lograda, había que admitirlo.
Sheila el shima-ping vaciló un segundo para luego dar un par de pasos amenazadores hacia el conejo.
—Estás fuera de lugar.
El bicho le dio un mordisco a la zanahoria y movió las orejas.
—¿Qué te importa a ti, doctora?
—No soy doctora… todavía —dijo el shima-ping.
El conejo rio.
—Entonces, sueñas que lo eres. Estoy aquí para recordaros que esta noche no sólo combatís vosotros y los de Hacek. También actúan otros poderes superiores. —Gritó la última palabra y levantó la pata blanca con la zanahoria.
Huynh —› Turno de noche: ‹ms› Vamos, Sheila, siempre hay mirones.‹/ms›
Smale —› Turno de noche: ‹ms› Con pararnos aquí sólo conseguimos que se resienta nuestra reputación.‹/ms›
Pero Sheila hizo caso omiso de las objeciones. Esquivó diestramente al conejo descarado y se acercó al humano presente físicamente. Aquel tipo… era descaradamente normaclass="underline" de unos cincuenta años, quizás hispano, vestido con gruesas prendas de faena. Era la imagen perfecta de un profesor de la UCSD, aunque excesivamente abrigado. Vestía, pero hasta cotas muy bajas: ni siquiera enseñaba información de cortesía. Sus ojos siguieron con tranquilidad al shima-ping, lo que, Huynh se dio entonces cuenta, resultaba un poco desconcertante.
Luego Huynh vio lo que Sheila veía. El extraño proyectaba una imagen. Era muy sutil, de un tono lavanda que casi no se veía. Una neblina surgía de los zapatos del extraño y se volvía brillante a medida que fluía hacia los árboles.
Hanson —› Turno de noche: ‹ms› Pasad a la vista de mantenimiento.‹/ms›
Los diagnósticos de mantenimiento de GenGen eran difíciles de usar fuera del laboratorio, pero mucho más sofisticados que los que venían con las prendas Epifanía. En la vista de mantenimiento… el tipo estaba muy bien equipado. El color lavanda lo daba a entender, pero ahora Huynh podía ver el centelleo del enlace láser de alta capacidad que surgía de la ropa de aquel individuo.
Sin la pista del lavanda, tal vez jamás se hubiesen dado cuenta. La máxima expresión de teatralidad consistía en fingir haber fingido sin éxito ser inocuo.
Smale —› Turno de noche: ‹ms›¡Eh! Este tipo… está conectado a la gente de BolIywood desde aquí mismo, en el campus.‹/ms›
Se miraron con alegría. Tenía que ser un verdadero magnate de Bollywood. Los círculos de opinión eran el combustible que mantenía en funcionamiento la industria del cine.
Hanson —› Turno de noche: ‹ms› Os lo había dicho, enfrentándonos a los hacekeanos nos haremos famosos.‹/ms›
Echar a los hacekeanos de la biblioteca era más importante que nunca.
—¡Adelante! —gritó Hanson, en voz alta y para todo el mundo—. ¡Abajo Hacek! ¡Abajo la Amenaza Bibliotoma!
Los virtuales y casi todo el turno de noche siguieron avanzando por el bosque. Huynh se retrasó unos segundos, asegurándose de que ningún queep o chirp se quedara atrapado en las hojas y de que los elevadores tuvieran espacio suficiente para pasar entre los árboles. Y luego todos avanzaron.
—¡Queremos nuestro espacio!
—¡Queremos nuestra biblioteca!
—Y, sobre todo, ¡queremos libros !
Huynh no esperaba sorprender a los robots araña. ¿Qué se guardaba Sheila en la manga de shima-ping?
21
Alfred Vaz contempló cómo se iban los trastornados.
A su lado, Conejo se agitaba siguiendo el ritmo de sus gritos de batalla. Por una vez, el bicho parecía impresionado por alguien que no fuera él.
—Je —dijo, saludando con la zanahoria—. Me muero por ver sus caras cuando descubran quién lucha en el otro bando.
Vaz miró las orejas peludas.
—Desactiva tu presencia pública. —El objetivo era no llamar la atención.
—Te preocupas demasiado. —Pero el conejo dio un último bocado y tiró las hojas, que se evaporaron antes de llegar al suelo.
—Vale, viejo. Soy sólo para tus ojos. ¿Ahora qué?
Vaz gruñó y se puso a caminar hacia el sur. En realidad el descaro de Conejo le irritaba más que le preocupaba. Si esa noche las cosas salían como debían, los americanos no relacionarían la operación con Conejo y menos aún con la Alianza Indoeuropea. Si los americanos se ponían a mirar de verdad, rápidamente descubrirían el papel de Alfred en todo aquello… le viesen con Conejo o no. La gente de Keiko había desarrollado un complejo programa de decisión, un «árbol de contingencias» que indicaba lo que podría seguir negando y lo que podría lograr dependiendo de ciertos fallos. Veinte años antes, Alfred se habría reído de semejante planificación automatizada, pero ya no. Sus equipos secretos de analistas habían desarrollado su propio árbol de contingencias. Crecía a partir del de Keiko hasta los desastres peores… como el desenmascaramiento de su proyecto TQC.