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Bandera roja de análisis. Alguien repasando vídeos anteriores había captado algo. Alfred pidió el informe. Eran diez segundos de uno de los móviles situados al norte de Gilman Drive: dos niños en bicicleta. Estaban junto a la carretera y miraban algo que podía ser un mecanismo aplastado. Son los dos que he visto antes. Planteó las preguntas: ¿quiénes eran esos niños? ¿El móvil era de Alfred?

Llegaron las desagradables respuestas.

Conejo no tenía acceso a los analistas indoeuropeos, pero de pronto la criatura se puso en pie y soltó un silbido de admiración.

—Bien, ¡que me aspen! Tenemos compañía, viejo.

Miri dejó su bici en la reja exterior de Pilchner Hall. Juan insistió en entrar con su avanzada bici plegable. Cuando Miri le comentó lo absurdo que era eso, se encogió de hombros.

—Mi bici es especial.

Lena y Xiu ya no eran visibles, pero la voz de Lena los siguió cuando cruzaron las puertas abiertas de par en par.

—Debería haber más seguridad, Miri. Esto no me gusta.

—Es el comportamiento de sobrecarga del sistema, Lena. Las habitaciones en las que no hay nadie siguen cerradas. Las otras están abiertas.

Lena dijo:

—Y ya no os vemos.

La súbita caída de datos resultaba muy extraña, pero Miri no estaba dispuesta a decirlo. Repuso en cambio:

—Apuesto a que el redireccionamiento de alta transferencia no tiene alimentación más que alrededor de la biblioteca.

Xiu dijo:

—Sí, de allí todavía tenemos unas vistas espectaculares.

Los pasillos principales de Pilchner Hall tenían puntos de vista que se podían examinar. Se vislumbraba el reciente paso de Robert. Era suficiente para guiarlos escaleras abajo. Pero en algunos puntos Juan y Miri sólo podían hablar entre sí.

—Es como una casa encantada. —Juan hablaba en voz baja. Agarró la mano de Miri; ella no se soltó. Necesitaba a Juan para seguir tranquila. Perder la conectividad en un edificio de oficinas era siniestro.

Doblaron una esquina y hubo un destello de conectividad, suficiente para la mensajería silenciosa.

Miri —› Banda de Miri: ‹ms› Creo que nos acercamos.‹/ms›

Lena —› Banda de Miri: ‹ms› Primero hemos perdido el vídeo. Ahora apenas podemos hablar. Salid de ahí.‹/ms›

Miri —› Banda de Miri: ‹ms› Es temporal Estoy segura de que wikiBell está redirigiendo cobertura extra a esta zona.‹/ms›

Un disturbio por entretenimiento no podía llegar muy lejos, ¿no?

Miri supuso que Lena mantenía una discusión similar con la doctora Xiang, en cierto coche que se movía por la zona norte del campus. La abuela parecía ansiosa.

Xiu —› Banda de Miri: ‹ms› Estoy de acuerdo con Miri. Pero enviad a Lena informes regulares.‹/ms›

Lena —› Banda de Miri: ‹ms› ¡Sí! Incluso si eso significa tener que retroceder. ¿Dónde está ahora Robert?‹/ms›

Miri —› Banda de Miri: ‹ms› Muy cerca. Puedo hacerle un ping directo.‹/ms›

El pasillo sinuoso estaba muy iluminado, justo lo que cabía esperar durante un apagón parcial de red. La bici de Juan se desplazaba casi en silencio, plegada en la configuración de portabilidad. No tenía más que darle un empujón de vez en cuando. Los únicos sonidos eran sus pisadas y el débil susurro de las ruedas. Doblaron otra esquina. El pasillo se estrechaba y se cruzaba con otros frecuentemente. Era una de esas remodelaciones temporales que tanto gustaban a los arquitectos aficionados lunáticos.

A lo largo de algunos metros dispusieron de conectividad de alta capacidad. En las paredes aparecieron anuncios y notificaciones; a la izquierda, un proyecto de investigación médica se alzaba como un monstruo. Miri ofreció a Lena y Xiu vídeo continuo mientras doblaban otra esquina… y perdieron toda conectividad externa.

Juan redujo el paso, y Miri se detuvo.

—Esto está realmente muerto.

—Sí —dijo Miri.

Avanzaron algunos pasos más. Exceptuando el enlace con Juan, bien podrían haber estado en la otra cara de la Luna. Y delante tenían otra esquina. Miri obligó a Juan a avanzar.

Más allá de aquella esquina el pasillo acababa en una puerta cerrada. —Ya no puedo hacer ping a tu abuelo, Miri.

Miri estudió el mapa que había guardado.

—Tienen que estar aquí, Juan. Si no podemos pasar, nos limitaremos a llamar a la puerta. —De pronto, ya no le importaba nada avergonzar a Robert y sus amigos. Todo aquello era muy extraño.

Pero la puerta se abrió y de ella salió un hombre vestido con ropa oscura. Podía ser un conserje o un profesor. En cualquier caso, no parecía muy amistoso.

—¿Puedo ayudaros? —dijo.

—¿Cómo nos han encontrado?

Conejo hizo un gesto de advertencia.

—No grites, viejo —susurró—. Es posible que puedan oírnos. —Conejo miró por encima del hombro de Alfred—. Yo diría que siguen al abuelo de la chica.

Vaz se fijó en los motones de ropa que había junto al pozo. Envió un mensaje silencioso en formato de voz:

—Esa ropa sigue transmitiendo.

—Sí, claro. Para el exterior, da la impresión de que los viejos están por aquí sentados, quizá jugando a las cartas. Yo lo estoy falseando todo, incluso sus constantes médicas.

Alfred se dio cuenta de que le rechinaban los dientes.

—Esa niña Gu es un incordio —añadió Conejo—. A veces creo que…

Alfred agitó una mano y la criatura desapareció… junto con todas las comunicaciones de la red pública. Había un completo silencio local, era una zona completamente muerta.

Pero su milnet seguía activa, una cadena frágil que pasaba por sus móviles, llegaba al aerobot invisible y, de ahí, atravesaba el Pacífico. El grupo de analistas de Alfred en Mumbai estimaba que faltaban sesenta segundos hasta que la zona muerta llamase la atención de la policía del campus y los bomberos.

Braun —› Mitsuri, Vaz: ‹ms› Esto no se puede mantener, Alfred.‹/ms›    

Vaz —› Braun, Mitsuri: ‹ms› Retiraré la zona muerta dentro de unos segundos.‹/ms›

Ésa era la razón por la que las misiones con éxito tenían un Cabecilla Local. Comprobó los móviles que habían entrado en el edificio: los niños estaban a unos diez metros dentro de la zona muerta, y seguían avanzando. Podía oírlos a través de la pared de plástico. Miró la puerta; estaba atrancada. Quizá pudiese fingir que la habitación estaba vacía mientras ellos llamaban. No, simplemente volverían atrás y llamarían a la policía.

Vale, es hora de actuar directamente. Alfred puso en movimiento los dos móviles más cercanos. Eran robots de superioridad de red sin capacidad para actuar contra las personas, pero servirían como distracción. Luego abrió la puerta y salió al pasillo para enfrentarse a dos niños y una bicicleta plegada.

—¿Puedo ayudaros?

Miri intentó mirar al viejo con furia. Cuesta fingir indignación petulante cuando has entrado sin permiso e intentas que se te ocurra una buena mentira. Y su conexión con el mundo exterior seguía totalmente muerta.

Juan avanzó y se limitó a soltar la verdad.