Luego pisaron de nuevo cemento. Delante tenían otra caverna, casi vacía. Territorio Huertas.
Miri corrió, pero un punto de luz la siguió. No, era la iluminación normal del túnel. Redujo el paso, se detuvo, se apoyó contra la pared… y miró atrás. No la seguía ningún humano. El agujero de entrada era la única otra luz y estaba a cierta distancia. ¡Juan!
Lo miró y prestó atención. Nadie iba tras ella, lo que podía significar que allí abajo seguía funcionando la seguridad de la UCSD.
Intentó sondear las paredes. Llamó al número de emergencia. Otra vez. Nada. Quizás el Tipomalo hubiese freído permanentemente su Epifanía. Hizo un gesto para activar algunas rutinas de comprobación. No, no estaba muerta. Podía consultar sus propios archivos pero los nodos locales pasaban de ella. Luego se dio cuenta del chispazo rosa en el límite del diagnóstico, una respuesta inalámbrica que su Epifanía normalmente habría rechazado por demasiado remota, demasiado errática. Pasó un segundo, Dios sabe cuántos reintentos, y obtuvo una identificación. Era Juan, su vestible.
Miri —› Juan: ‹ms›¡Por favor, responde!‹/ms›
No tuvo respuesta y no podía comprobar el estado de salud de Juan sin tener más derechos de acceso. Abruptamente la luz de Juan aumentó de brillo y murió. Miri contuvo el aliento. El señor Conserje/Profesor seguía allá arriba. Había vuelto a pegar al pobre Juan. No, para ser precisos: había vuelto a pegar al hardware de Juan, quizá para impedir que Miri lo usara para comunicarse. Por un momento, Miri dudó de sí misma. No era muy buen resultado que toda su planificación y su liderazgo hubiesen acabado así. Alice no tenía jamás esos problemas. Siempre sabía qué hacer a continuación. Bob… a veces Bob cometía errores. A él era a quien siempre parecía faltarle seguridad. ¿Qué pensaría Bob de todo esto? Me pregunto qué haría Juan.
Miri encaró el túnel que se alejaba de la entrada. Estaba oscuro, pero el silencio no era absoluto. Le pareció oír voces charlando, sin llegar a entender las palabras. Robert y sus amigos de la biblioteca estaban allí abajo, seguro que perseguidos por el señor Conserje/Profesor. ¿Cómo puedo detener los planes del malo? Miri corrió con cuidado por el túnel, todavía atrapada en su propio cono de luz. No había ni rastro de Robert y ninguna de las voces apagadas sonaba bien. Pasó por algunos cruces. Cosas diminutas corrían a toda velocidad por los tubos transparentes.
Algunos minutos más tarde seguía sin ver ni rastro de Robert. Miri leía mientras corría; había guardado mucho material sobre la UCSD y los laboratorios de biotecnología: material de seguridad y privado que ella no podía tener, pero… Los túneles laterales llevaban a laboratorios concretos. ¡Un millón doscientos mil metros cuadrados repartidos en diecisiete cámaras distintas!
Miri dejó de correr y se puso a caminar hasta detenerse, rendida.
Robert podía estar en cualquier parte. ¿Cuánto control tenía el Tipomalo allí abajo? Quizá debería ponerme a gritar.
Muy lejano, a su espalda, oyó un sonido diferente. Martillos blandos golpeando un tambor de metal. Pero la cadencia era como de pasos. Y de pronto tuvo una idea bastante clara de dónde estaban los otros. Sólo tenía que saber dónde estaba ella. Miri volvió sobre sus pasos.
24
El turno de noche de Sheila Hanson salió del bosquecillo siguiendo el camino de la gran serpiente del conocimiento, al este de la biblioteca. Las arañas Hacek ya estaban allí y ocupaban el terreno elevado. Tim Huynh se movió e hizo avanzar su ejército robótico directamente hasta las fuerzas enemigas.
Huynh —› Turno de noche: ‹ms› Vaya. ¡Son de verdad!‹/ms›
Es decir, las arañas. La mayoría de los humanos también eran de verdad. Los Caballeros y Bibliotecarios hacekeanos ocupaban mucho espacio detrás de sus robots.
Del lado norte de la biblioteca llegaban más refuerzos scoochis, desde la biblioteca oceanográfica y el instituto Scripps. Pero los hacekeanos disponían también de refuerzos. Por las cámaras que volaban sobre la biblioteca, Huynh veía a unos recién llegados persiguiendo a los de Scripps. De momento no se habían producido demasiados daños a la propiedad. Los mecas tenían un aspecto muy siniestro, y los humanos, sobre todo, se dedicaban a juntarse ya gritar. A Sheila le iba muy bien con su «¡Queremos libros !».
Algo enorme y virtual surgió en tromba del bando hacckeano y llegó a la tierra de nadie robótica. Medía casi cuatro metros de altura y era el mejor Conocimiento Peligroso que Timothy Huynh hubiese visto nunca. Medio Bibliotecario, medio Caballero Guardián, la criatura representaba la paradoja central de Hacek. Se aproximó casi hasta el límite de las líneas scoochis y adoptó una expresión grotesca, con una lengua larga y en punta como la de un demonio maorí. Y cuando gritó, todos los scoochis le oyeron, pero el mensaje iba adaptado al receptor.
—Eh, Timothy Huynh, te crees Pequeño Scooch-a-mout. ¡Pues pequeño sí que eres! ¡Vuestras marionetas scoochis sólo son basura infantil, superficiales e indignas en comparación con nuestra profundidad! —Conocimiento Peligroso saludó a las criaturas Hacek.
Ése era el insulto habitual contra la mitología Scooch-a-mout, y siempre enfurecía a los scoochis porque la afirmación podía engañar al público ingenuo. Los scoochis lanzaron su desafío en respuesta.
—¡Hacek no es más que un Pratchett de imitación! —Eso puso furiosos a los Hacek, ya que evidentemente era la pura verdad.
Huynh dejó atrás a Sheila, a Smale y al resto del turno de noche para situarse al frente de todos. De cerca, aquel Conocimiento Peligroso era todavía más espectacularmente detallado. Sus botas con talones se hundían artísticamente en el lodo junto al sendero de la serpiente. Los robots araña zumbaban y saltaban alrededor de su patrón.
Los robots araña eran reales. ¿De dónde habían sacado los hacekeanos objetos tan ingeniosos y en tan poco tiempo? Les hizo un ping; no se sorprendió al no tener respuesta. Poseían casi una agilidad vital en su forma de moverse, lanzándose y retrocediendo. Los dispositivos parecían fusiones personalizadas de los últimos modelos de lntel y Legend. La regulómica de GenGen se actualizaba a algo parecido. Volvió a hacer un ping, en esta ocasión con la autoridad de técnico de GenGen.
¡Por lo más sagrado!
—¡Eh! —gritó Huynh—. ¡Los cabrones de Hacek han robado equipo de GenGen! —Ahora que prestaba atención al otro bando, ¡reconoció a compañeros de trabajo! Allí estaba Katie Rosenbaum. La mujer blandió el hacha de batalla y le miró burlona.
Rosenbaum —› Huynh: ‹ms›¡Sólo lo he tomado prestado, cariño!‹/ms›
El día anterior había almorzado con Katie y sus amigos. Sabía que en regulómica había simpatizantes Hacek, así que él se había callado sus planes. Y claro, ¡los traidores hacekeanos habían hecho lo mismo!
Conocimiento Peligroso seguía bailando alegremente entre el enjambre de arañas, burlándose de la sorpresa que se habían llevado los scoochis. Gritó:
—¿Indignados os sentís, Huynh? ¿Posible será que hicieseis trampa sin usar demasiada imaginación? ¡Lo que habéis traído es antiguo y lento, perfecto para la mezquindad de vuestras imágenes!
El arte empleado en Conocimiento Peligroso era asombrosamente bueno, sin precursores. Pero quien fuese que estaba manejando los hilos era todavía más impresionante, un actor de los mejores del mundo, sin duda. Por un momento los scoochis vacilaron y su multitud de apoyo virtual comenzó a evaporarse. En la vista desde arriba, Huynh vio todavía a más hacekeanos congregándose en los otros lados de la biblioteca. Si el equilibro se desplazaba demasiado, los scoochis acabarían humillados y derrotados.