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Bob se inclinó hacia delante y habló.

—¡Todos los pelotones! ¡Pasad a alerta de lanzamiento!

Las posibilidades de un lanzamiento real seguían siendo prácticamente nulas, pero eso obligaría a los suyos a meterse en las naves de asalto. Más importante aún, acapararía su atención. Los nodos de los marines se alejaron de las elucubraciones y se pusieron a coordinar la preparación de lanzamiento. Bob miró un momento más al conjunto de analistas distraídos. Alice ya los estaba apartando de la biblioteca. Los ingenieros de estructura ya no eran el centro de la masa. La biblioteca había caminado. Por tanto, ¿qué se estaba tapando? El deber de sus marines era proteger de las grandes sorpresas más temibles. Por ejemplo: ¿los laboratorios biológicos seguían siendo seguros? ¿Qué sucedía en el resto del suroeste del territorio continental de Estados Unidos?

Se volvió y salió corriendo del búnker hacia el estrecho túnel que le llevaba a su propio lanzador. La representación de análisis le siguió, colgando a la derecha. Alice había pillado a otros mil quinientos analistas, más personas dedicadas a las ciencias biológicas y la investigación farmacéutica.

Al final del túnel, el techo se curvaba hacia abajo. La nave de asalto era un vehículo diminuto, con un diseño resultado de un compromiso entre el tiempo de recorrido hasta el blanco y el deseo de hacer que el coordinador local de combate fuese invisible. Desde el túnel de acceso sólo eran visibles la escotilla abierta y parte del fuselaje negro oscuro. Ocupó su puesto, pero no cerró.

¿Qué hace Alice? Vio que el equipo de analistas iba creciendo. Ya era más grande que para la mayoría de las operaciones de ámbito mundial. Pero concentraba toda su atención en los laboratorios biológicos que había alrededor de la UCSD. Cierto, la situación era muy extraña. Aunque la seguridad de los laboratorios estaba en verde, el personal formaba parte del disturbio. Eso de por sí justificaba prestar atención, pero también hacía que la vigilancia de los laboratorios fuese todavía más fácil. ¡Maldición! Alice estaba quedándose con analistas encargados del seguimiento de cargas por todo el suroeste del territorio continental de Estados Unidos.

Que alguien fisgara a su principal analista era una mancha para cualquiera, pero no había forma de evitarlo. Incluso en combate, semejante monomanía habría resultado ridícula.

Alice actuó primero, sin embargo. En todas las vistas saltaron las banderas de emergencia. La escotilla de la nave de asalto se cerró y su protección de aceleración se abrochó por sí sola. pasó frente a sus ojos y apareció un reloj que marcaba una cuenta atrás de treinta segundos. Se trataba de una toma de control por parte de la analista, la situación dramática que se produce cuando los analistas deciden que sus propias fuerzas van a sufrir un ataque atómico en el búnker. Todo sucedería a la vez y se resolvería en pleno vuelo.

Pero el equipo de análisis no indicaba tal amenaza.

El blanco del lanzamiento era la UCSD.

La protección de aceleración se inflaba a su alrededor. El reloj estaba en veinticinco segundos. Invocó una vista de la analista jefe.

—¡Alice! Explica la razón para el lanzamiento.

Los ojos de Alice estaban abiertos como platos.

—Es muy simple. Al principio ha sido lento, pero ahora las ideas se han saturado. Éste está sufriendo una integración alarmante. Los senderos neuromoduladores Gat77 han sido subvertidos. La cascada de señales tiene demasiados puntos de control para el análisis MCog, pero la referencia (un puntero a arXiv) demuestra la progresión. —Frunció el ceño y de pronto se puso a gritar—. ¿No lo comprendes? ¡Éste está fallando! ¡Los cambios conformacionales están impidiendo la respuesta adaptativa! Éste…

Diez segundos para el lanzamiento. Las constantes vitales de Alice Gu se salían de las gráficas.

Ocho segundos para el lanzamiento. Bob contraordenó el lanzamiento y relevó a la analista jefe: . La protección de aceleración se relajó a su alrededor. Apenas se dio cuenta. Alice había agachado la cabeza pero seguía hablando, desesperada. La baba le caía sobre la blusa. Y él tampoco se dio cuenta de eso. Ascendió a la segunda al mando, una espía de la CIA que esa noche había estado demasiado pasiva. Pero, claro está, ¿qué podía haber hecho cuando una estrella como Alice se desmoronaba?

La espía hacía lo posible.

—Estaremos preparados dentro de dos minutos, señor.

Mientras tanto, Bob Gu quedó cegado y la guardia no fue más que un grupo reluciente de gente contemplando un millón de fuentes de datos. Una de esas fuentes era médica: Alice habría sufrido un ataque de ESR, el más violento y súbito de su carrera. A pesar de toda su desesperación por comunicarse, estaba atrapada en la biología molecular.

La analista de la CIA volvió a hablar.

—Señor, ¿está bien?

—Yo… estoy bien. —Bob contempló la representación del análisis. La espía había separado la operación del resto de guardias del territorio continental de Estados Unidos. Buscaban respaldos. Grandes fragmentos de la red de Alice no estaban conectados adecuadamente, pero la espía lo iba corrigiendo, forzando conexiones y posibles correlaciones. Quizás estuviese todavía demasiado centrada en la UCSD. Parecía creer que las últimas palabras de Alice indicaban una acción enemiga en la universidad. Vale, después de todo lo sucedido aquella noche, habría que investigarlo—. Estoy bien.

Durante las últimas doce semanas, Conejo había aprendido un montón; había crecido, podía decirse. Esa noche, todo había encajado. En la superficie, el disturbio estaba en su apogeo… mejor que el mejor sexo, de eso Conejo estaba seguro. ¡Soy el brazo de realidad del círculo de opinión scoochi, sí! También se había llevado sorpresas. El acontecimiento había dado vida, al menos era la primera vez que notaba su presencia, a una criatura que podía ser su igual. Alguien muy creativo controlaba a Conocimiento Peligroso, alguien que esa noche se divertía tanto como el propio Conejo. Así que tenía millones de nuevos afiliados, algunos todo lo capaces que podía ser un humano. Y encima había encontrado a un nuevo amiguito especial.

Su disturbio era muchísimo más elegante que la operación tonta de espionaje que debía proteger. Resultaba divertido que, a pesar de las hojas de zanahoria y todas las demás pistas generosas ofrecidas por Conejo, Alfred y compañía no hubiesen comprendido el origen de sus poderes o lo vastos que eran. Pero algo le decía a Conejo que lo que sucedía en el subsuelo también sería importante a la larga. Alfred jugaba allá abajo a su juego misterioso. Aquél era el momento que Conejo había planeado para descubrir qué pretendía Alfred… eh… y quizá sacar tajada.

Aquél era el momento, pero Conejo estaba desterrado. Maldito Alfred. El enlace de fibra estaba justo detrás de la milnet de Alfred. A menos que llamase al Departamento de Seguridad Interior, y destruyera la maravillosa broma que había planificado tan cuidadosamente, Conejo tenía las manos atadas. ¡Je! Pero ¿a qué hablaba la milnet de Alfred? ¡Pues a unos cuantos miles de inteligentísimos analistas indoeuropeos! y no se volvían tan listos ocultándose en agujeros gubernamentales. Cada uno de ellos tenía su propia vida creativa. Conejo saltó de Bruselas a Niza, de Mumbai a Tokio y, naturalmente, escuchó su propio yo interior. Obligado a reflexionar acerca de ello, comprendió cómo usar los trucos que había empleado contra la seguridad americana. Conejo modificó mil afiliaciones y escuchó más de un millón de conversaciones que no tenía intención de repasar conscientemente. Una última pieza de magia EHS y voila: ¡Conejo había entrado en la milnet! Descendió a través del aerobot invisible de Alfred y… una vez más se encontraba en el glorioso centro de control de Vaz en Pilchner Hall. Conejo echó un vistazo a las constantes vitales de Orozco. Seguía vivo. El viejo Alfred no era un monstruo, excepto cuando lo exigían los principios. ¿Qué buscaba? ¿Puedo pillar una parte?