Había instantes en los que el dolor remitía y su corazón era una mariposa agitando las alas en su pecho. Durante unos segundos se le aclaraban las ideas y luego se desmayaba… Seguían cargando con él, aunque el paseo era un poco accidentado. El viejo Robert se movía como si tuviese asuntos pendientes con la caja de su cinturón.
—Vale. Alto —susurró. Habría querido gritar, pero no le quedaban fuerzas.
Le oyeron. y enseguida estuvo tendido sobre el frío y duro cemento.
La voz de Winston le llegó de arriba. —Bien, ¿dónde está la puerta? ¡Ya veo!
El ruido de Winston trasteando con la tarjeta llave. Algo grande se apartó y apareció un muro de luz tenue, quizás el cielo nocturno. Sintió la brisa fría en la cara. El sonido de la autopista era como las olas lejanas. —No hay alarmas —dijo Winston.
—Quizá… sean silenciosas —logró decir. Aquella salida había sido en el plan original una vía de escape de emergencia.
Winston era una sombra recortada contra el cielo. Tecleaba.
—¡Tengo a la policía, Tommie! —Hablaba con alguien a quien Tommie no oía, contándole que un hombre había tenido un ataque al corazón.
—¡Están de camino, Tommie! Quieren tus registros médicos.
El concierto de rock había empezado una nueva canción en su pecho.
—Apuesto a que… el registro médico… está frito. —Se esforzó para apoyarse en los codos. Había cosas más importantes—. ¡Cuéntales lo del laboratorio, Win!
—Se lo he contado. Yo misma he llamado a la policía. —Era la nieta de Robert. Tenía los pies junto a su cabeza. Se alejó, se convirtió en una segunda sombra, junto a Winston. Se volvió de un lado a otro, como hacen los chicos cuando juegan con sus vestibles—. Esto no me gusta —dijo al cabo de un momento.
—Ya has oído a la policía de autopistas, niña. —La voz de Winston era tensa, como si estuviese profundamente preocupado— Envían un coche. No tenemos más que esperar unos momentos.
El marcapasos de Tommie se dirigía al siguiente crescendo. Vale, unos segundos más y el dolor remitiría… o se le pararía el corazón.
Oía intermitentemente las palabras de la niña.
—… es una emergencia. Deberían llevárselo por aire. Y la red funciona mal. N puedo llegar hasta mis… amigos, ni siquiera con mensajería silenciosa. Creo que alguien se ha hecho con el control de los nodos locales y…
Tommie se echó de lado y el dolor le impidió escuchar el resto de la frase.
Alguien le sostenía por los hombros. ¿Carlos?
—Todo irá bien, profesor Parker. —La voz se apartó de él—. Yo también tengo problemas de acceso. Pero los mensajes de error tienen sentido. Creo que el disturbio de la biblioteca está consumiendo demasiados recursos.
La niña le preguntó con desdén:
—¿Tantos que ni siquiera puedo enviar un mensaje silencioso?
—¿Qué tal un enlace láser directo a la autopista? —Ése era Robert.
La sombra de la niña repitió el extraño baile.
—No la alcanzo bien desde aquí. —Guardó silencio un momento—. Estamos haciendo lo que los malos quieren. Tomad. Mirad este pdf.
Winston insistió:
—¡Vendrá un coche! Si no aparece dentro de cinco minutos, nosotros… nosotros llevaremos a Tommie colina abajo.
El corazón de Tommie se había detenido. No, volvía a estar en modo mariposa. Tendría unos segundos de claridad. Probablemente la niña tuviese razón, pero de ninguna forma lograría bajar esa colina. Los otros debían irse, ver si podían alejarse lo suficiente para disparar alguna alarma de verdad. O quizá debieran volver a los laboratorios y sorprender al enemigo. En el interior de su cuerpo se elevaba la oscuridad. Pronto ya no sería problema suyo. Y sus amigos eran demasiado estúpidos para abandonarle allí. Quizá pudiese liberar a algunos de ellos.
¡Escuchadme! Pero la voz de Tommie apenas superó el suspiro.
—Chicos… tenernos que separarnos. —Y la oscuridad le anegó.
27
Xiu Xiang miró las colinas oscuras.
—Me siento muy inútil, Lena.
—¿Tú te sientes inútil? —Lena Gu se rebulló irritada en la silla de ruedas.
El plan consistía en ser la presencia móvil en cualquier lugar donde pudiera aparecer Robert. Esa noche estarían sobre el terreno y nadie podría impedírselo. Pero la acción estaba en otra parte. Ni siquiera el transporte cooperaba, porque obedecía las «reglas de situaciones especiales» en todas las zonas cercanas a la UCSD. El coche se movía tan despacio como podían hacerlo ir, pero faltaban sólo treinta segundos para que alcanzara el extremo sur de aquel antiguo pedazo de asfalto, momento en el que, por mucho que protestasen, giraría a la izquierda en el cruce en T alejándose de la colina para llevarlas de vuelta a la autopista. Luego, si ellas lo deseaban, iría al norte hacia la autopista Ted Williams, giraría y volvería de nuevo al mismo punto.
Xiu miró las laderas oscuras. Y no vio nada.
—Tanto como he practicado y no consigo que las lentillas funcionen bien.
Lena dijo:
—La verdad es que no hay mucho que ver. Esas laderas deben de ser el terreno público menos inteligente cercano al campus.
Había algunas luces de verdad. Perfilaban las colinas e iluminaban las nubes bajas; todavía reinaba la locura alrededor de la biblioteca.
Unos minutos antes, Lena había guiado a Xiu por algunas de las vistas. Celebración o disturbio, fuese lo que fuese, las estadísticas de red eran impresionantes. Xiu ya no podía ver nada.
Vale, admito la derrota. Metió la mano en la mochila que tenía junto a los pies. Contenía sus proyectos de taller. Se había dicho que esa noche podrían serle de utilidad. Lo cierto era que no imaginaba de qué modo, pero esos cacharros eran la prueba de que Xiu Xiang todavía podía crear. En la mochila había algo útil, aunque no fuese uno de sus cacharros. Sacó la página visor y disfrutó de la aparatosa comodidad de la interfaz antigua. Recurrir a ella era como haber perdido el favor de los dioses… pero en aquel momento estaba demasiado nerviosa para usar Epifanía.
De pronto Lena dijo:
—¡Tenernos más audio de Juan!
La voz del chico era casi un susurro.
—Seguimos en Pilchner Hall. Estamos esperando a que el abuelo de Miri vuelva del sótano.
La voz de Miri llegó lejana al micrófono.
—No hacen nada.
—Déjame hablar con Miri —dijo Lena.
Xiu prestó atención un momento. No podía recibir vídeo y la Epifanía de Miri había sufrido un error 3030. (Xiu lo había consultado; el «3030» era un código genérico para un punto muerto del sistema producido por un conflicto de licencias.) Así que de momento sólo recibían mensajes de voz muy breves de Juan.
—Tengo que irme —susurró Juan, y la sesión terminó.
Lena guardó silencio, limitándose a mirar el ya familiar paisaje oscuro que pasaba.
—Quiero ver a los chicos. Les hace falta un buen interrogatorio… ¿Hay alguna probabilidad de que el enlace fuese falso?
—Juan es un chico cuidadoso. Sería casi imposible falsificar su certificado de Epifanía…
Lena se aclaró la garganta.
—Me parece que eran sus voces, pero hablaban en susurros y no decían mucho aparte de que todo es aburridamente seguro.
Era raro que si los niños necesitaban pasar desapercibidos y usar una tasa de transferencia baja no utilizaran la mensajería silenciosa. A lo mejor alguien creía que podía engañar a un par de ancianas. Más todavía, teniendo el vestible de Juan, ¡yo podría falsificar sesiones como ésta!, pensó Xiu. Miró a Lena.